lunes, 19 de octubre de 2015

DE LO HUMANO A LO DIVINO, II: CONTEMPLACIÓN

Completamos ahora las impresiones de este verano, con la parte dedicada al segundo concepto del título, la contemplación. El término requiere cierta explicación para despejar algunos riesgos interpretativos, aunque esas significaciones que no encajan en la que nosotros asignamos al vocablo, casi pueden darse por supuestas.

En principio, me parece importante decir que contemplar no es un acto meramente pasivo, estático. Es la fase final de un proceso sensorial, mental y existencial que tiene, a mi entender, cinco pasos: Ver, Mirar, Asombrarse, Admirarse y Contemplar. Cuando nos hallamos ante determinadas realidades tangibles, perceptibles por los sentidos, en especial el de la vista, se produce una serie, a menudo insensible, que pasa por esas fases antes dichas. Hay que precisar también que el fenómeno de la contemplación se da ante una realidad que afecta al oído, la música. Y como, digamos, nivel supremo, puede y se da de hecho ante las realidades que, por así decir, 'escapan' a los sentidos porque se encuentran fuera de su área de inserción, son las realidades trascendentes, que afectan al mundo del espíritu, de la vida interior y al 'sobremundo', o mundo sobrenatural, que tiene su 'sujeto' más propio en Dios y su misterio. Son expresivas de este significado las experiencias de muchos santos, pongamos ahora, en estos días celebrativos del V Centenario de su nacimiento, como cierto paradigma de la contemplación divina, a Santa Teresa de Jesús. Las frecuentísimas experiencia místicas de esta mujer absolutamente excepcional, incluso en el amplio y denso panorama cristiano, situaciones que ella narra en sus abundantes escritos, sobre todo el 'Libro de la vida'.
Por tanto, el 'panorama' dilatadísimo de la contemplación tiene dimensiones que dan para un extenso tratado, como en realidad existen.

Yo me quiero limitar a una dimensión más modesta de la contemplación, que se centra especialmente en el terreno del sentido de la vista, que es del que se quiere ocupar esta 'comunicación' de mis experiencias veraniegas. En el transcurso de estos meses, y con la muy grata compañía (excepto un caso) de esos amigos a que me refería en la primera parte, y, como añadido, de una hija, he (hemos) tenido ocasión de pasar por poblaciones, lugares y paisajes que han propiciado el disfrute visual, y en muchos casos contemplativo, de esas realidades. Por ello debo explicar lo que entiendo con tales términos y cómo se va procediendo de un paso a otro.

Ante todo, 'ver'; un fenómeno simple como es tener ante los ojos las cosas que vamos encontrando en nuestro camino, en este caso, parajes, templos, ermitas, claustros, salas capitulares y demás 'objetos' que se ofrecen al viajero. Vemos lo que tenemos delante (aunque a veces no lo veamos, y, desde luego, no lo ven igual mis ojos que los de mis amigos).

Pero con lo que simplemente 'se ve', pasa igual que dice el refrán: "Las palabras se las lleva el viento". Hay que 'mirar', y esto ya implica el pararse, aunque sea un momento. Es 'fijarse en', 'darse cuenta de'. Dice el libro de Job una frase llena de intención: "He hecho un pacto con mis ojos, de no fijarme en las doncellas". Ahí está la diferencia entre ver y mirar, entre el mero percibir pasajero y el fijarse. Ya hay un inicio de contemplación.



Dos imágenes que causan asombro y admiración: un abrirse el día y un crepúsculo, con nubes, 
sobre una ciudad iluminada en el anochecer

Sin embargo, antes de contemplar, cuando nos hallamos ante una realidad valiosa por su aspecto o características (seguimos en el plano del sentido de la vista, y aún el del oído), puede, o no, suceder otro fenómeno que precede a la contemplación: el asombro. La realidad, el monumento arquitectónico, la escultura o el lienzo, nos 'sorprenden' y, en cierto modo, 'fascinan' (igual en música, como describe y analiza cuidadosamente Alfonso López Quintás en su breve y sustanciosa obrita "La Novena sinfonía de Beethoven"). El asombro, su cualidad 'sorpresiva', captadora de al atención, deben darse necesariamente para llegar al plano contemplativo. Por ello en el proceso de esa, digamos, 'técnica' o, mejor dicho, práctica monástica que es la 'lectio divina', se insiste en que el lector, ante el texto que esté leyendo, lo repase sin prisa; se trata de ofrecer la posibilidad de que surja el asombro ante esa palabra revelada. Asombro, preámbulo del paso siguiente.

Porque del asombro puede y frecuentemente sucede, se llega al siguiente fenómeno anímico o psíquico: la 'admiración'. ahora ya no estamos simplemente 'fascinados', 'sorprendidos', como captados por lo que pudiéramos calificar de 'magia' que emana del fenómeno artístico (plástico o sonoro). Lo que surge en este momento es la 'entrada' consciente y sensible del ser que somos nosotros mismos en la 'interioridad' del fenómeno que se nos ofrece. Ahora sí que comenzamos a estar ya en el ámbito de lo contemplativo, aunque no del todo. La admiración puede cautivarnos y suscitar nuestra 'adhesión', tal vez hasta 'entusiasmo' ponderativo. Pero puede pasar. Sucede sobre todo cuando se discurre por las salas de un museo. La sucesión de obras que se nos ofrece puede llegar a admirarnos, pero vamos 'de una a otra', que tal vez nos admira igualmente o nos deja indiferentes, tal vez algo 'conmovidos', pero no más. La admiración da paso al último 'estado' vivencial cuando, ante la obra vista y admirada, se produce una como 'detención' de la totalidad del ser, que penetra silenciosa y admirativamente en la 'interioridad' del fenómeno que tenemos delante, de modo que, en cierta manera, lo hacemos nuestro y, a la vez, nos sentimos adsorbidos por sus rasgos entitativos y nos hacemos 'suyos'. Es la 'mecánica' o la 'magia' (con el insuficiente significado de estos términos para expresar lo experimentado) de la contemplación. En el 'estado contemplativo' nos adentramos en la realidad profunda del ser contemplado, vivencia que nos sume en un silencio en el que ya no se pondera ni se 'interpreta' nada, sino que todo el ser queda en suspenso, pero de modo 'activo', ante esa realidad. Esto se verifica por excelencia cuando lo referimos a la contemplación espiritual, cuando 'entramos' y, a la vez, somos absorbidos por la realidad trascendente del ser divino o de sus seres anexos, pertenecientes a su 'mundo'. Es difícil de explicar, pero me parece que se entiende aceptablemente.

Tras este dilatado 'preludio' explicativo, estamos en condiciones de referirnos a lo experimentado en las visitas veraniegas a los recintos monásticos, monumentos románicos y la ciudad de Ávila y sus lugares teresianos, junto, y como parte de ello, a las "Edades del hombre" en su 'edición' igualmente teresiana.

El asombro, la admiración y el sentimiento contemplativo se han manifestado ante los monasterios, los monumentos de arte románico y el denso mundo teresiano abulense. Y no sólo en casos de monumentos de excepcional categoría artística, como la colegiata de Santa María de Aguilar, el monasterio de San Andrés de Arroyo, la catedral o la basílica de San Vicente, de Ávila, o el fastuoso pórtico de Rebolledo de la Torre, sino ante pequeñas iglesias rurales con rasgos de una belleza sorprendente, asombrosa, y cautivadora del ánimo en muda contemplación. Hay ciertamente lugares que por su 'poder cautivador', por la excelsitud que 'emana' de su realidad, sumen a la persona en ese estado contemplativo más que otros.


Vista parcial del claustro de Santo Domingo de Silos y el ciprés

Pero la vivencia de lo singular es igualmente sugestiva para el que se encuentra en tal situación. Con objeto de no prolongar en exceso una enumeración que se haría prolija mencionaré sólo algunos de estos lugares, momentos y situaciones que han constituido para el 'peregrino del silencio' (como se estima este bloguero) acontecimientos que lo han sumido en tal grado de suprema vivencia. En los monasterios hay que citar los claustros de El Paular, de Silos y del Parral, junto a otro no habitado por monjes, como es el de la colegiata de Aguilar de Campoo, si bien hay gran diferencia entre aquellos y ésta.


El conjunto monástico de El Paular visto desde la huerta


Los monasterios habitados, en los que hemos vivido serena y relajadamente su realidad, ambientada, realzada más bien, por el hecho de la liturgia monástica, así como la estancia en los jardines y huertas de esos monasterios, constituye un 'summum' de altura contemplativa. Allí el espíritu se solaza y se expande sin prisas, con toda pausa y 'santa demora'. Hay una percepción de hallarse inmersos en la realidad trascendente, y hasta 'sacramental', que llega al nivel de sublimidad ambicionado para todo ánimo que busque la paz y la plenitud existencial. El paso por el claustro y el magnífico templo de la colegiata de Aguilar fue tranquilo, sin prisa, y llega a suscitar el sentido contemplativo, pero es algo transitorio, aunque deje una huella perdurable.

De semejante calidad es la contemplación de la catedral de Ávila, su templo y claustro, el pórtico excepcional de la basílica de San Vicente y el interior de la misma, incluida su cripta. También ante estos lugares, vistos al brillo de la luz diurna o bajo la iluminación artística en la noche, surge el espíritu contemplativo y se llega a adueñar del ánimo del peregrino. Algo similar, aunque no tan intenso, ocurre ante la maravilla de la muralla abulense, con su serenante sucesión de torreones, como una 'teoría' del equilibrio inalterable.

Pero no olvidemos hechos vivenciados que poseen enorme valor contemplativo: Es la liturgia, tanto la suprema de Silos, con la solemnísima celebración de la fiesta del día de San Benito, la también solemne de El Paular en el Día de los Amigos y la normal, cotidiana, del Oficio de las horas, compartido con los monjes, en cualquiera de los tres monasterios citados arriba, con su pacificante salmodia y demás ritos, o las horas de personal estancia orante en las capillas monacales, sumidas en el silencio y la penumbra suscitadores de actitud reverente y recogida. Es una experiencia  de enorme valor restaurador del ánimo delque puede venir abrumado por ruidos desquiciantes.


Vista parcial del interior de la iglesia rupestre de Olleros de Pisuerga (Palencia)

Asombro y encanto admirativo han suscitado también los demás monumentos visitados, tal vez por destacar fenómenos singulares, la elegante sobriedad visigótica de San Juan de Baños, las ermitas rupestres de Olleros y Santa María de Valverde, como también muchos paisajes que se ofrecían a la vista en el transcurso de nuestros viajes y paseos. La visión de Ávila desde los Cuatro postes, algo muy conocido, pero que no debe ser omitido, es algo fascinante, en cuanto hecho en el que la historia y el arte se han detenido afortunadamente, puesto que supimos del proyecto municipal de un Concejo 'progresista', típico del nefasto siglo XIX, que decidió derribar la muralla de la ciudad castellana, algo que no pudo acometerse por falta de numerario..., ¡gracias a Dios!. Las Corporaciones siguientes se dieron cuenta del valor que ese recinto medieval tenía como atractivo de visitantes.


Vista general de Ávila desde los Cuatro postes

Contemplación y amistad, amistad y contemplación en suma, integrados en vivencias altamente sugestivas. Cálida relación interpersonal y acercamiento a lugares de enorme valor, que han supuesto para los que hemos experimentado estos hermosos fenómenos un auténtico enriquecimiento de nuestra condición humana. Gracias a Dios.              

           

sábado, 27 de junio de 2015

EL SILENCIO VIVO

EL SILENCIO VIVO, RASTRO DE DIOS.



Y del prometido escrito sobre el silencio, ¿qué?. Porque se va posponiendo al aparecer algún acontecimiento que llama la atención, y la promesa (y propósito) sigue sin cumplirse.

Si el autor se ha autodefinido como 'peregrino del silencio' por algo será, algo habrá en esa sugerente palabra, tan propicia para hacer disquisiciones y peroratas, que la intención no debe ser aplazada por más tiempo. Adelante pues.

Por lo pronto, al término sustantivo, 'silencio', se le ha añadido en el título un predicado, 'vivo', y más aún, la rotulación de esta 'entrega bloggera' añade una expresión verbal, 'rastro de Dios',  que de algún modo, da una cierta pista acerca de lo que se desea glosar.

¿Qué se quiere dar a entender con la expresión 'silencio vivo'?. Y, ¿por qué se la pone en referencia a eso que es denominado 'rastro de Dios'? ¿Es que Dios deja algún rastro, puede 'rastrearse' el paso de Dios por la existencia, y, más aún, tiene que ver ese 'rastreo' con el silencio, con alguna forma de silencio que facilita el 'encuentro' con ese misterio inabarcable e insondable que llamamos 'Dios'?. Nos hallamos, por tanto, abocados al ámbito de lo Divino, de los dos a que se refiere el título de este blog, pero la inmersión en ese ámbito se realiza desde la otra esfera aludida por dicho título, la de lo humano. El ser humano se asoma, o mejor, pretende asomarse, al infinito mundo propio de lo Divino. ¿Es posible atreverse a semejante 'aventura'?. Y si lo fuera, ¿existe una vía que facilite tal propósito, o tal vez 'despropósito'? ¿Acaso es el silencio, un cierto modo de estar silenciado, la senda adecuada para atisbar la impredecible huella de Dios?

Indaguemos en los maestros del espíritu, a ver qué no dicen sobre el silencio y su relación con la 'huella' de Dios. Baste, como indicador, con uno que puede estimarse eminente entre los grandes pensadores religiosos de esta época: el cardenal Joseph Ratzinger, que es hoy el papa emérito Benedicto XVI. Hemos encontrado en una de sus más sugerentes meditaciones litúrgicas sobre la Navidad unos párrafos que responden cumplidamente a nuestra inquietud. Aquí están:

"El silencio es el ámbito del nacimiento de Dios. Sólo si nosotros mismos entramos en el ámbito del silencio llegamos al lugar donde acontece el nacimiento de Dios. En esa invitación resuena una de las afirmaciones primordiales de la liturgia navideña, la frase del libro de la Sabiduría que dice: <Mientras un sereno silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba en mitad de su carrera, tu omnipotente Palabra desde los cielos, desde tu trono real, se lanzó sobre la tierra>".
  
 



Esta sugerente imagen, con la luna y el lucero del anochecer sobre una ciudad de Jaén casi completamente nocturno (próximo a la mitad de la carrera de la noche), puede ilustrar esos párrafos evocadores de una realidad que nos sobrepasa y cautiva con su misterio.

Sobre el silencio vivo, pues, queremos hacer nuestra reflexión, consideración, hasta meditación. Porque hay otras varias formas del silencio: el silencio de los cementerios, el silencio cerrado de la incomunicación interpersonal que reduce a las persona a una soledad opaca, despojada de ternura y cercanía, aunque se conviva bajo el mismo techo. También hay silencios ante los fenómenos y los ámbitos naturales, que dicen algo en su fascinante magnitud, a veces terrible, como puede ser una tempestad arrasadora, una erupción volcánica, un tsunami marino o un terremoto. Estos fenómenos suscitan pavor, que se traduce en ruidos tumultuosos. Lo hemos visto en las recientes escenas del terremoto de Nepal o las frecuentes inundaciones provocadas por lluvias torrenciales, tan frecuentes en Estados Unidos y zonas del golfo de Méjico. Muy diferente es el silencio ante el espectáculo de la noche sosegada, cuando una clara atmósfera carente de niebla, permite contemplar el cielo estrellado; como también la visión de un amplio paisaje marino o de montañas en dilatado horizonte. Este silencio tiene mucho del sentido que se quiere sugerir con el predicado 'vivo'.

El 'silencio vivo' tal vez no pueda ser descrito con un lenguaje diríamos 'normal', en términos correctamente delimitados y acotados por conceptos de diccionario. Nos parece que hay que acudir al lenguaje poético, que ofrece, con sus metáforas, símbolos y expresiones inusuales para el lenguaje coloquial o prosaico, aún culto, posibilidades de expresión, un tanto imprecisas, de acuerdo, un tanto ambiguas en su significado, pero susceptibles de ser captadas por un espíritu 'despierto', 'avisado', 'alerta', dispuesto a 'flotar' en un ámbito que roza las altas esferas de lo impalpable. Por ello y para no alargar estos párrafos con rebuscadas digresiones, vamos a trasladar aquí unos versos que fueron sugeridos por vivencias teñidas de misterio. El poema canta el amor del autor por el llamado 'silencio vivo', en contraste con otro tipo de silencio, carente de 'entidad', silencio vacío y, más aún, muerto. Es un poema compuesto en un día de gran silencio sagrado, el Sábado Santo, a la sombra de una gran cruz, del Valle de los Caídos y en el clima recogido de la Semana Santa, del gran Triduo Pascual:



CANTO  AL  SILENCIO


Amo el silencio,
mas no el silencio del vacío oscuro,
el silencio carente de sentido,
hosco y amenazante, preñado de pavores,
y no el silencio aislado
que evita
cualquier entendimiento con los otros.

Amo el silencio vivo,
que envuelve como aura serena
y llena las entrañas hasta el fondo
con su luz creadora,
el silencio repleto de Presencia
callada,
sin palabras,
que actúa con impulso tierno y fuerte
al infundir su Vida en nuestras vidas.

Amo el silencio de siglos y milenios
en el que eres
antes de que existiera cualquier tiempo,
Dios inefable,
desde el que infundes
la íntima alegría
de tu felicidad inextinguible;
el silencio que presidía la noche
en la que tu Palabra
descendió hasta la tierra
para tomar nuestra dañada carne
y levantarla a tu infinita altura,
libre de su miseria,
tras de guardar la espera misteriosa
del gran silencio santo en el sepulcro.
                                                    
Quiero el silencio desde el que te adentras
en las profundidades del espíritu
y dispensas tan plena confianza
que el alma se anonada
al experimentar tu cercanía.                              

Dame vivir los ámbitos
en donde tu silencio se condensa,
como suave lluvia
que desciende hasta el ánimo estragado
por tanto ruido y verborrea insanes,
para ser renovado interiormente
por ti,
Señor de la Palabra silenciosa,
que das el gozo puro
al regalar tu música callada.


     Abril, Sábado Santo de 1994,
     Abadía benedictina del Valle de los Caídos (Madrid).


¿He conseguido dar idea, siquiera imprecisa, de lo que considero como 'silencio vivo'?
Así lo deseo, amable lector.



     

martes, 9 de junio de 2015

PERFECTA CONJUNCIÓN ARQUITECTURA-MÚSICA



Comentario a un concierto memorable, que aúna lo humano y lo Divino.

La sacristía de la catedral de Jaén fue escenario el pasado 28 de mayo de un acontecimiento artístico de primer nivel: el concierto de la Capella Prolationum y el Ensemable la Danserye, que ofrecieron la Misa "Mille Regretz", del insigne compositor  renacentista sevillano Cristóbal de Morales, como final del ciclo "Los jueves de la Catedral".

Los intérpretes actuaron con la elegancia y empaque de un conjunto propio de la época de esa famosa composición, haciendo su entrada desde el la antesacristía en 'sonora' procesión animada por una fanfarria expuesta donosamente por los instrumentos de antigua factura y sonido: trombones, cornetto, chirimía, sacabuche, etc. La interpretación de la misa fue igualmente impecable, con un aliciente visual añadido: Se utilizó como partitura un facsímil de la original, que fue colocado en un gran atril. Magníficas la voces de todos los cantantes, muy bellas y bien conjuntadas.

Pero lo que más me interesa destacar es la admirable conjunción de dos áreas eminentes de las bellas artes: la música y la arquitectura. Escuchar esta hermosa obra musical en el marco donde se interpretó, la insuperable obra vandelviriana, como es la sacristía de la catedral de Jaén, fue una experiencia que no se vive frecuentemente. Ese espacio arquitectónico, de factura y proporciones asombrosas, con la doble fila de tres arcos en los paramentos frontal y trasero, contrastados o más bien equilibrados por los cinco arcos de los laterales, arcos de alternada anchura, y todo ello soportado en pares de columnas en paredes y de cuatro en los rincones; todo este despliegue de genialidad de diseño y construcción expresa con tal perfección la suprema elegancia de la concepción espacial renacentista exhibida por Vandelvida, que suscita una sublime sensación de paz y armonía en el contemplador, algo que llega a lo inefable. Porque si la catedral de Jaén ha sido en cierto modo definida o calificada como "armonía perfecta" por el arquitecto jaenés Dr. Ortega Suca, ese calificativo encuentra su más plena justeza y autenticidad en el espacio de la sacristía, que reúne las máximas cualidades de perfección armónica del recinto catedralicio. Y si a tal impresión visual se unen los sonidos exquisitos de un genio compositivo como fue Cristóbal de Morales, en una misa compuesta en honor del emperador Carlos V, inspirada a partir de una 'chanson' del gran Josquin des Pres, miembro de la capilla palatina del gran monarca español y europeo; en tal coincidencia la conjunción de ambas artes, cultivadas a un nivel de perfección como pocas expresiones de las misma cabe hallar, el ánimo del contemplador es elevado a estratos de emotividad y hondura que permiten imaginar cuál fue el ambiente que se pudo disfrutar en aquel periodo en el que el arte español alcanzó cúspides de insuperada altura al reunir en muchos de sus espacios hispano y americano esta conjunción perfecta. Y todo ello guiado por una motivación de la máxima altura, pues las artes en sus diversas formas y manifestaciones se dedicaron por antonomasia a la mayor gloria de Dios (dicho con expresión de otro supremo personaje de aquel tiempo de suma magnificencia, Ignacio de Loyola: "ad maiorem Dei gloriae").


Todo en la España imperial se orientó a tal empeño y dio lugar a 'hazañas' (a pesar de sus innegables limitaciones) como el alumbramiento y cristianización de un nuevo mundo, en cuya plasmación tuvieron mucho que ver los creadores de las artes plásticas y los del ámbito musical, como muestran las obras que han quedado a ambos lados del océano Atlántico. Esta admirable y suma conjunción de música y arquitectura nos fue dado disfrutar a los asistentes a aquel afortunado evento.              

sábado, 16 de mayo de 2015

LA INTERIORIDAD, EL SÉPTIMO CONTINENTE.



EL SÉPTIMO CONTINENTE, ÁMBITO NATURAL DEL SILENCIO



He escogido esta imagen fascinante de luna llena entre ramas de árbol, como símbolo de lo que sigue.

En mi última entrada ofrecí, como una cierta promesa, referirme a una realidad difícilmente perceptible, al menos en apariencia, y que puede tener diversos significados o modo de entender: el silencio. Sin embargo, al pensar y conectar con recuerdos personales, vivencias relacionadas con el mismo, me dí cuenta de que hablar de esa realidad resulta algo abstracto, como teórico o propicio para teorizar, si no la situamos en algún ente que constituya algo así como un ámbito, un cierto 'espacio', pero sin dar a esta palabra un significado propiamente 'espacial', mensurable. Prefiero hablar de 'ámbito', como un cierto entorno donde pueden hallarse, además de otras, esa realidad que llamamos 'silencio'. Hablemos, pues, a modo de pórtico, de este ámbito en donde surge y florece, o se 'oscurece' y anula el silencio como planta de singulares cualidades.

Hace algunos años participó este autor en un ciclo de conferencias organizadas, como se hace anualmente, en torno y con referencia a una de las figuras más descollantes del mundo humano y hasta divino, una mujer de excepcionales condiciones, que le han dado la fama mundial de que goza con toda justicia: Santa Teresa de Jesús. Se trata de la "Semana teresiana", que tuvo lugar en su ciudad natal, Ávila, que este año en que nos hallamos se encuentra en la mayor actualidad, al celebrar el quinto centenario del nacimiento de la santa.

Aquel ciclo, dedicado a "La interioridada", se subtitulaba: "En busca del sexto continente". Era una idea sugestiva, si se tenían en cuenta los cinco continentes clásicos, de Europa a Oceanía. Pero, en realidad, no hay en el planeta Tierra sólo cinco continentes geográficamente localizados, sino seis, pues la Antártida posee tierra firme, como sabemos por las exploraciones y estudios. No así la zona ártica, que sólo es un gran aglomerado de hielo, sin base de tierra sólida. Por tanto el sexto continente es la Antártida. Y en consecuencia, al pensar en ese ámbito de la interioridad, donde se desarrolla y cultiva el silencio, estimo que se debe hablar del 'séptimo continente'. Y la exigencia objetiva me agrada porque así traemos a colación el número siete, con toda su connotación simbólica, que aparece en infinidad de textos, entre los que descuellan los sagrados, de modo especial en ese libro donde el simbolismo llega a sus más altos niveles, el Apocalipsis, final y culminación del Nuevo Testamento: Siete son los candelabros entre los que se pasea el Viviente, Autor de la suprema revelación (que eso significa el título del libro, como es sabido); siete son las estrellas que porta en su mano el mismo Viviente, y son siete las iglesias a las que dirige sus inquietantes y portentosas cartas repletas de datos identificativos del propio Viviente y de cada iglesia; siete son los sellos que mantienen cerrado el rollo o 'libro' que tiene en su mano el Señor que ocupa el trono, y que sólo entrega al Cordero, único capaz de romper esos sellos para saber el contenido profético del misterioso documento; siete son las trompetas que sonarán antes de cada acontecimiento calamitoso, como siete son las copas de la ira divina que se vertirán sobre la tierra, y siete las plagas finales que serán anunciadas. En sentido negativo y catastrófico, son siete las colinas sobre las que se asienta la ciudad, a la vez fiera, sobre la que cabalga la prostituta, madre de todas las rameras de la tierra.

Número siete, con su simbolismo sagrado: buena cifra para designar ese inmaterial continente en el cual se cultiva el silencio. Es el continente de la interioridad, el repliegue más íntimo de la personalidad humana, en donde se generan, se suscitan y se esconden los más secretos sentimientos, las más arraigadas actitudes y las posibilidades más determinantes de la existencia humana.

La interioridad se encuentra en toda persona, pues forma parte, sutil y misteriorsa, de toda personalidad. Sin embargo, no en todas las personas se manifiesta ese 'reducto secreto', al menos en un amplio desarrollo de sus posibilidades. La interioridad es un 'potencial', dicho en términos un tanto economicistas, y como todo potencial es susceptible de crecer y expandirse continuamente, o bien sólo a medias y hasta puede ser anulada en cierto modo y medida, como obstruida, de igual manera que una acequia o canal, que tiene como función ser medio para que el agua discurra por su cauce, puede verse obturada por el cieno o materiales de arrastre, que impiden el libre curso del liquido elemento, y no llega a regar las plantas e impide por tanto que crezcan los frutos a los que el agua hace vivir. Igual ocurre con la interioridad. Puede ser un cauce limpio y despejado, en el que el agua de las corrientes del espíritu discurren y llegan a la sustancia y sustrato anímicos en la que puede arraigar y crecer la misma interioridad y todos sus contenidos; mas también ese cauce puede obturarse, como hemos dicho, y por tanto, impedir el desarrollo de la misma interioridad y todo cuanto en ella surge y se manifiesta. De la preeminencia de esa limpieza o 'atasco' del cauce anímico depende el que encontremos personalidades de muy diversa 'entidad' y 'calibre', característica que va a determinar su modo de relacionarse consigo misma y con los demás, desde la fluidez y apertura más transparentes a la 'opacidad' y dureza más insuperables, aunque tal 'insuperabilidad' no debamos considerarla como algo absolutamente 'cristalizado' e incapaz de experimentar un proceso de apertura; depende de que el cauce llegara a despejarse o permanezca en su estado de obstrucción.   

No vamos a extendernos en más disquisiciones sobre esta dimensión fundamental de la persona, a la cual hemos de referirnos necesariamente en otras ocasiones. Sólo basta concluir con la afirmación de que el medio que permite con más autenticidad que el cauce se vea expedito y permita la fluida circulación de cuanto contribuye al mantenimiento y desarrollo de la interioridad es el silencio. No es el único medio, pero su valor es de tal calibre que 'impregna' y potencia, por así decir, la realidad de los demás medios que integran la interioridad, y es el que incluso posibilita la 'limpieza' y 'desatasco' del cauce. Pero la referencia y exposición de qué entendemos con ese término merece un tratamiento exclusivo. Quédese tal empeño para la próxima comunicación.

Gracias por la paciencia dispensada a todo lo anterior. Un cordial saludo. Carlos María.              

viernes, 1 de mayo de 2015

ACONTECIMIENTOS DE UN PEREGRINAJE

ACONTECIMIENTOS DE UN PEREGRINAJE. 1 de mayo de 2015.


La escueta 'declaración de intenciones' que encabezaba este blog, deja ese objeto u objetivo muy limitado, a causa del condicionamiento impuesto por las 'exigencias del guión', es decir, por los límites a que obliga la plantilla informática con la que se abre un blog. Resulta oportuno, pues, ampliar esa somera exposición con algunos rasgos que permitan al lector hacerse una mejor idea de qué pretende el autor, antes de entrar en cuestiones concretas.

He titulado esta segunda 'asomada', que puede tomarse como capítulo introductorio,
"acontecimientos de un peregrinaje". Al hablar de "peregrinaje", un término referente a caminar, ir hacia alguna parte, etc., pensé inicialmente en denominarlo "etapas", pero lo he desechado porque con ese otro término induciría al lector a estimar lo que pueda decirse en el futuro como fases o fragmentos de un recorrido, algo demasiado limitativo.
Por ello me he decidido a llamar a 'lo que venga' con este otro vocablo, que admite una gran multiplicidad de significados. En un peregrinar (y ante todo me siento en el deber de exponer lo que quiero decir con esta palabra, digamos, tan expresiva del discurrir y transcurrir existencial de una persona), en un peregrinaje, repito, cualquier situación,  circunstancia, hecho, encuentro, hallazgo, etapa, forman parte del acontecer de la existencia. Así pues, este blog se va a ocuparse, o va a ofrecer comentarios y reflexiones sobre aconteceres, pasados o presentes, que se han podido o se están pudiendo hallar en el transcurrir de una existencia. Y basta de circunloquios enrevesados. Pasemos a lo concreto.

Van a aparecer en estos escritos temas muy diversos, desde antiguos recuerdos (y la glosa de su contexto), hasta sucesos recientes, acontecimientos tal vez de breve duración, pero que encierran un significado para el autor. Mas, sobre todo, son los grandes campos del vivenciar humano los que serán objeto de atención, bien de modo general o con referencias fechables. El arte, la música (es un arte también, pero de tal entidad que merece ser mencionado separadamente, frente a las que podemos llamar 'artes visualizables' o plásticas), el pensamiento, el mundo de las ideas, con su expresión literaria, la historia y sus inquietantes circunstancias, y, de modo muy señalado, cuanto se refiere al mundo trascendente (lo Divino aludido en el rótulo-título del blog) y sus incontables manifestaciones, casi siempre empapadas de misterio y extraña fascinación, pero también con cualidad de ser plasmadas en el mundo visible. Prosa como instrumento expresivo predominante, pero también, y ¿cómo no?, poesía, como  objeto de atención y como 'elemento' comunicador.

Si hablamos de 'peregrinaje' y sus acontecimientos habría que concluir identificando al autor como un peregrino, y así es. La consciencia de hallarse en camino, de haber tomado en un momento de la existencia la decisión de caminar, pero no sólo por la materialidad de andar por un sendero, sino de 'encaminarse' hacia un final que a la vez es fin, término de llegada que da sentido al dinamismo del cubrir etapas, y ello a causa de haber captado también que ese caminar tuvo un origen que imprime igualmente sentido en la medida en que tal sustrato vital es objeto de consciencia. Esa condición existencial, que caracteriza la esencia del existir, hace que se viva con una determinada actitud. El autor se considera peregrino, ante todo, de la existencia como un caminar con sentido. Y, además, por la peculiar, digamos, 'impregnación' de esa condición peregrinante, se considera peregrino del silencio... ¡Ah!. ¿Cómo, entonces, se lanza a expresar en palabras, vivencias de aconteceres experimentados en su ya prolongado existir? ¿No es contradictorio este expresarse a través de un medio de comunicación como es un blog con la tendencia al silencio? Podría pensarse que sí. No obstante, la tendencia o la querencia hacia el silencio, pone un sello a cuanto en estas páginas pueda exponerse. No deseo caer en una cháchara insustancial, en un bla-bla-bla con sabor a cotilleo. Las comunicaciones que aquí aparezcan desean tener una carácter de serena confidencia, de amistoso acercamiento hacia el lector, sin ánimo de enseñar, adoctrinar o dar lecciones, aunque no pueda excluirse la manifestación de opiniones propias, a veces con énfasis no exento de apasionamiento. Mas todo ello en un clima de sosiego y cercanía que favorezca la comunicación íntima de talante silenciado.

Y, ya que ha surgido la cuestión del silencio como cualidad del estilo con que desearía abordar la múltiple temática de este blog, tal vez sean unas digresiones sobre ese rasgo humano, el silencio, el objeto de mi próxima 'aparición'.


Vale ya como página inicial en este comienzo del mes florido por antonomasia, día uno de mayo, en una primavera bien entrada. Otro sugestivo tema para abordar: la serena contemplación de las flores como apertura desde lo humano, lo terreno, hacia lo Divino, pues no en balde la tradición cristiana denomina a este mes con el subtítulo de 'mes de las flores', con referencia y como homenaje hacia la que ese mundo considera su Flor por excelencia, la Doncella y Madre María de Nazaret.