martes, 10 de enero de 2017

LA NAVIDAD EN LA PINTURA RENACENTISTA ITALIANA

NAVIDAD DE LA BELLEZA Y EL RECOGIMIENTO.

Amigo lector: Este artículo sobre la Navidad en el arte ha venido a tener una extensión algo fuera de lo habitual, Pero el tema tratado es de tal magnitud que a este blogero le ha sido imposible reducirlo más de lo que ha conseguido, Y no me parece oportuno dividirlo en dos entradas porque se pierde el nexo conductor. Espero, sin embargo, que el 'hechizo' del arte italiano en los muy pocos genios elegidos, con las ilustraciones aportadas, logre captar y mantener tu interés hasta el final. 
Muchas gracias y vamos con el asunto.




¿Hay área o sector del arte pictórico, cuando nos referimos a la Navidad, en el que podamos prescindir o minimizar el concepto de belleza? Nos parece que en absoluto. Si la capacidad perceptiva y expresiva del artista de cualquier época (aunque haya más de uno que deba asociarlo a una visión del arte que es más bien 'antiarte', o bien haya periodos históricos en que la falta de pericia del artista le haga caer en falta de ese concepto), si tal capacidad se vuelca en algún mundo de realidad, hay que convenir que, por excelencia, tiene directa relación con el de la Navidad. Porque éste es un mundo tan repleto de ternura, de maravilla en su sencillez, que toca directamente con la belleza. Valga esta explicación como preámbulo.

Hemos emparentado la belleza del tema navideño en el arte pictórico con el infinito mundo artístico italiano y en especial con su periodo tal vez más propiamente 'italiano', como es el Renacimiento en sus orígenes, en su paso desde la suave exquisitez del gótico a la fascinante excelsitud formal y expresiva del Renacimiento; emparentar ambas realidades, Navidad y pintura italiana renacentista, en su época dorada del cuatrocento e inicios del cincuecento, lleva indefectiblemente a pensar y adentrarse en el ámbito supremo e inabarcable de la belleza. Hablamos del sentido de lo bello visto y percibido no sólo como perfección formal, como pureza de líneas y composición, sino como un absoluto de valor insuperable, que debe colocarse junto a otros valores supremos como son el bien y la verdad. Aludimos a tal valor como rasgo característico del mundo habitado por Dios: "Señor, yo amo la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria" (S 26, 8). Belleza en directa relación con la cualidad más 'específica' de Dios: su gloria.

Pues bien, en el mundo del arte, el país donde la belleza se da como algo connatural es, ciertamente, Italia. Y parece que así es aceptado por una gran mayoría. De modo que vamos a dejarlo con esta cualificación, a la que he añadido otro término que me haya parecido oportuno al contemplar una gran cantidad de lienzos de artistas italianos. He añadido a la belleza la cualidad del recogimiento. Ha sido la contemplación, en especial, de lienzos con la figura de la Virgen, lo que me ha sugerido ese vocablo, muy utilizado en la literatura religiosa para aludir a una actitud descollante en el modo de vivenciar la relación del ser humano con la realidad divina y para hacer posible el mejor mantenimiento de esa relación. 'Recogimiento' hace referencia a la interioridad del ser humano, un ámbito recóndito de la personalidad, o, tal vez con más propiedad, del alma, en el que se desarrolla esa misteriosa realidad de la relación divino-humana, la que, en lenguaje teresiano, caracterizaríamos como 'trato de amistad con Dios'. Dicho trato exige el recogimiento con factor 'ambiental' imprescindible. Pues bien, tal rasgo de la vida interior aparece de manera excelente en las obras de arte italianas de este periodo, y de manera destacada en la de tema navideño. Por último, digamos que hemos de limitar nuestro análisis para mantenernos en una discreta extensión en estos artículos. No vamos a reducir a muy pocos autores, aunque muy significativos, dejar constancia de esas cualidades de la obra artística de nuestro interés.


FRAY ANGÉLICO.

Si hemos de abrir nuestra contemplación de los genios del cuatrocento italiano con una personalidad descollante, hay que traer como figura genial y excepcional al fraile dominico, además ya canonizado, conocido como fray Angélico, que ha dejado una obra ingente en diversos lugares de su Italia matriz, entre los que destacan por la abundancia de pinturas ejecutadas, el convento de San Marcos de Florencia. Fray Angélico es un pintor al que también puede denominarse 'evangélico'. Su obra está inspirada y da testimonio de los textos sagrados en los que los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento dejaron la doctrina donde se condensa la revelación cristiana en la persona humano-divina de Jesús de Nazaret. Con el frecuente añadido devoto de la presencia en las escenas efigiadas de santos y santas muy diversos, aunque con predominio de Santo Domingo de Guzmán y muchos de sus hijos, algo propio de un fraile perteneciente a esa ilustre familia de la Orden de Predicadores, el santo artista dominico despliega una amplísima panoplia de escenas que relatan sucesos de la vida de Jesús y otras referidas a textos sagrados, como el Apocalipsis de San Juan, o a verdades del dogma católico. Sus pinturas del Juicio Final y de la gloria de Dios y de la coronación de Nuestra Señora son temas característicos de su quehacer artístico.

La belleza que brilla con rutilante primacía en la obra pictórica de fray Angélico tiene lugar destacado en sus pinturas navideñas, que no sólo son escenas de Belén. Ante todo, hemos de fijarnos en sus varias 'Anunciaciones', en las que destaca, junto a la belleza, la actitud recogida de María ante el saludo y mensaje del Arcángel. De las varias anunciaciones que pintó nos quedamos, ¿como no?, con la que atesora el madrileño Museo del Prado, llena de datos y detalles plenos de significado, que el artista repetirá en otras  pinturas del mismo tema.

Contemplamos la referencia al pecado original, con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, con vestidos textiles y no de hojas; el haz de luz que proyecta oblicuamente su fulgor sobre María, en el que desciende una fina paloma del Espíritu Santo, y la imagen del Padre Eterno en un medallón de la arcada; pero, además, añade el artista el delicioso detalle de la golondrina posada en la barra del arco sobre la Virgen. María y elArcángel aparecen con las manos cruzadas sobre el pecho, en gesto de mutua reverencia (que en el Greco se transfigura en adoración de Gabriel). Pero es el rostro de María el que nos transmite la actitud de sumisión ("Aquí está la esclava del Señor") ante el inexplicable mensaje, que, ciertamente, la joven nazaretana no comprendió pero aceptó sin reservas. Humildad, recogimiento, entrega  incondicional se reflejan en el bello rostro mariano de ojos ensimismados, mientras el ángel esboza una sonrisa con infinito respeto.  El azul del manto de la Virgen y el rosa de la túnica angélica imprimen al conjunto una calidez y belleza absolutamente insuperables.




Más sobria es la escena pintada en una celda del florentino convento dominicano de San Marcos, que omite las figuras de los primeros padres de la humanidad y el haz de luz, como el medallón con la imagen del Padre Eterno. Algo apagados los colores, blanca túnica y  manto azul oscuro en María y un suave rosado en la túnica del Ángel, que luce también unas refulgentes alas multicolores. Pero idénticas actitudes en los dos personajes, similar recogimiento en María y reverencia respetuosa en el Ángel.



En ambas pinturas se sitúa a los protagonistas en un escenario de elegante arquitectura, con arcos de medio punto en la de Madrid, que nos hablan ya del periodo renaciente en que debemos situarlo, mientras que en la del convento de san Marcos se mantiene una cierta referencia goticista en la ligera ojiva que forma los arcos. Y en los dos se crea una sensación de perspectiva ambiental que imprime profundidad y amplitud a la escena, gracias al idealizado diseño del recinto hogareño (nada humilde por cierto, en contraste con lo que debió ser la muy sencilla casa de María, son las licencias de la devoción y el clima artístico), así como el bello jardín de la casa donde ocurre el prodigio.



La maestría del Angélico en las más propias escenas de Navidad, la adoración al Niño sobre todo, aúna los aspectos esenciales de las figuras adorantes con un entorno de singular sencillez en el que se muestra una arquitectura con detalles ruinosos para ser fiel a la narración, aunque en ningún caso se representa la tosca gruta del campo de Belén en la que sucedió el hecho; se representa un establo como serían los de la época del pintor. Suele incluir el artista la presencia de los dos animales, asno y buey, para ser fiel a la tradición franciscana que los introduce en el escenario sagrado.

BOTTICELLI Y FILIPO LIPPI

En el firmamento del arte florentino del cuatrcento se multiplicaron los artistas, muchos al servicio de la lujosa corte medicea, y llegan a Roma a demanda de papas y cardenales. Nos vemos obligados a limitarnos a algunos descollantes, y hemos optado, en función del tema, por dos de ellos: Botticelli y Filipo Lippi. Los dos son maestro de las madonnas, con el Niño y a veces San Juanito, que preceden a Rafael. Sus pinturas -frescos, lienzos, tablas- de la Virgen Madre son de tal variedad y cantidad que superan cualquier límite. Además, en ambos artífices hay numerosas pinturas de la Natividad y de la adoración del Niño, en las que destaca, por su carácter adorante y la finura y belleza de su figura, la imagen de María arrodillada ante su Hijo, dejado en el suelo sobre un lienzo o un haz de pajas, sin pesebre.



Botticelli fue tenido por un visionario, y no está descaminado el calificativo. En sus pinturas suele mostrar aspectos inusuales y fantásticos. Si nos limitamos a las navideñas, hay una de ellas que muestra rasgos justificativo de tal estimación. Sobre un portal de trazos rústicos se hallan situados tres ángeles en movida actitud, y por encima contemplamos un rompimiento de gloria en el que un nuevo conjunto angélico danza mientras entona el cántico del 'Gloria in excelsis Deo'. Otros ángeles forman grupo con los pastores adorantes. Pero lo más original y sugerente es la escena ante el portal, en la que el pintor muestra lo que se puede considerar como la realización del mensaje angélico navideño. Tres parejas de personajes se abrazan, a la vez que casi parecen danzar; de ellos uno es hombre y otro ángel. ¿No podría estimarse que tal abrazo es la plasmación de la gloria de Dios, anunciada por los ángeles, y la paz proclamada por ellos para los hombres que reconocen la condición gloriosa del recién nacido? Es, realmente, una visión sublime y de extraordinaria originalidad.



Este es Botticelli, que configura una imagen de María de singular belleza y figura, muy propia de la exquisitez estética del arte cuatrocentista florentino. Y no prescinde en sus figuras de la Virgen del segundo rasgo con el que hemos calificado nuestro comentario, el recogimiento. La imagen de María de las pinturas botticellianas trasmina recogimiento, concentración en su interior, de donde emana la actitud adorante de la Madre ante su Divino Niño.

Mas si en Botticelli nos podemos complacer en la contemplación de la belleza y el recogimiento, no menos intensamente nos encantan las pinturas de otro supremo artista del 'siglo de oro' florentino, Filipo Lippi, un personaje de condición religiosa, pero de vida muy diferente en sus actitudes y comportamiento del modélico santo artista dominicano que abre nuestra galería, fray Angélico. No es éste lugar ni ocasión de extendernos en datos biográficos, pero el parangón de las personalidades de Lippi, fraile carmelita, y el dominico santo Angélico, es tan chocante y divergente que no podemos omitir su referencia, porque es un aspecto que influye en su prolífica obra, en la que hay un sugestivo predominio del tema mariano. Y se explica, pues la exquisita belleza y finura del rostro y la imagen de la Virgen en la pintura de Lippi no son sino la plasmación de las que poseyó la joven que sirvió de modelo al artista, y no sólo de modelo sino de compañera de su vida.



Lippi se enamoró perdidamente de la joven monja Lucrecia Buti, hasta el extremo de sacarla del convento y convertirla en su compañera. Pinturas y dibujos de una calidad excepcional (hasta el punto de obtener el mayor aprecio de un mecenas tan exigente como Cosme de Medici, el Viejo), con el tema de la Virgen o, simplemente denominados 'cabezade mujer', como la que mostramos, pueblan la ingente obra de Filippo Lippi, padre del también fino artífice Filippino Lippi, fruto de su relación amorosa con Lucrecia. Tal 'desmadre', que marcó un tanto negativamente la vida del artista, se halla muy lejos de la absoluta fidelidad a su vocación monacal que tuvo fray Angélico.




Pero estamos tratando de Navidad en la pintura italiana. Y Lippi es uno de los maestros en este tema, además de otros muchos, pues tuvo encargo de varias catedrales para pintar grandes retablos. La Navidad en Lippi tiene como protagonista a María que adora al Niño (figura de enorme lindeza), con o sin san José en la escena. Y la imagen de la Madre de Jesús reúne con sobrada excelencia las dos cualidades que deseamos destacar: la belleza y el recogimiento. La belleza, con un rostro de tal finura que se puede poner en parangón con los de su coetáneo Botticelli y con el posterior genio de Rafael (aunque respecto a éste con diferencia de estilo, más de carácter todavía un tanto goticista Lippi respecto al genio de Urbino. Es un rostro el de María lleno de delicadeza, de rasgos finísimos (no olvidemos a la modelo), que aparecen en pinturas de madonnas y en dibujos donde aboceta la posterior pintura.



En una de sus escenas de adoración del Niño aparece San José como un anciano, también absorto en la contemplación de Madre e Hijo, algo similar a otro de los cuadros de Botticelli. La idea antigua de José como anciano procede de la tradición del icono de Navidad y la liturgia oriental, y es común a toda la iconografía navideña de Occidente. El arte centroeuropeo y flamenco, así como el italiano y español van a mantener esta imagen de anciano en el santo esposo de María, como signo de garantía de la virginidad de la Madre de Cristo, y no se 'desmontará' tal idea, para sustituirla por la de un hombre maduro pero con juventud evidente, hasta que el Concilia de Trento, así como una clara influencia teresiana, remueva esa discrepancia y esa ideología en la imagen josefina.

PINTURICCHIO Y RAFAEL

El tema del arte italiano y la Navidad es tan descollante y rico que nos hemos de extender, a pesar de los límites impuestos. Pero, como final, traemos, por su arte eminente la referencia a dos insignes artistas del periodo de gran plenitud renacentista, que se adentra en el siglo XVI, en cuya obra destaca la belleza y actitud de recogimiento en la figura de María. El primero, algo cercano a los dos anteriores y más alejado del gran fray Angélico, es el conocido con el sobrenombre de Pinturicchio
(Bernardino di Betto di Biagio). Es artista de numerosas obras. Pero sólo nos vamos a ocupar de una de ellas, en la que la belleza y el recogimiento de la Virgen Madre brillan de manera eminente. Es la pintura del retablo 'La adoración del Niño', que se encuentra en la basílica romana de Santa María del Popolo.



De esta bellísima composición, de amplio vuelo y profunda perspectiva, una obra en la que el arte renacentista italiano se muestra en toda su relevancia, nos centramos en la imagen de María, que aparece a la derecha del conjunto, cubierta con amplio manto azul, arrodillada y con las manos suavemente unidas, absorta en la contemplación de su Hijo, que se halla a los pies, sobre el suelo y con actitud movida.


Es el rostro de la Virgen el que nos hechiza, nos fascina con su exquisita belleza y concentración interior. El artífice ha logrado una figura de tal belleza que puede competir con todos los demás pintores. El cabello, de un rubio oscuro, sencillamente recogido, pero con mechones a los lados, deja caer doradas hebras de singular finura, que dan a la imagen una naturalidad carente de toda sofisticación. Y, sobre todo, aparte de una boca de bellísimo dibujo, destacan los ojos, medio entornados y fijos en el pequeño Infante a sus pies. La imagen nos habla de un sentimiento que seguramente embargó el espíritu de aquella jovencilla de Nazaret al contemplar, nacido de ella, el que milagrosamente concibió por obra del Espíritu Santo. Lo inexplicable, lo sobrehumano, lo divinamente realizado embarga la vivencia de aquella elegida, que únicamente se puso en manos de Dios y lo dejó actuar. La Virgen adorante del retablo de Pinturicchio es un mensaje sublime del misterio de Navidad, más que muchas prédicas y tratados eruditos.

Pues bien, para concluir, como broche áureo de esta contemplación navideña, hemos de traer aquí otra suprema, sublime (no importa la redundancia en el término), genial imagen de la Virgen María, podemos decir 'superconcentrada' en el incomprensible Misterio obrado en ella. Y lo hacemos de la manos de una de las tres cúspides del Renacimiento italiano: Rafael Sanzio de Urbino. Es temeridad tratar de mostrar, siquiera ligeramente, la excelencia creativa del más joven de los tres genios renacentistas italianos, él, Miguel Ángel y Leonardo. Ni lo intentamos. El pintor por excelencia de las madonnas, las figura maternales de María, es imposible de abarcar, y bastante lo han tratado infinidad de estudiosos y críticos de arte.



Por nuestra parte y en función del propósito que nos hemos trazado, basta una sola obra, tal vez no muy difundida en los tratados de arte, pero que, además, tenemos la suerte de poseer en España, en el magno museo del Prado. En su gran galería de la planta baja, dedicada a la pintura italiana, descuella el conjunto de lienzos del genio de Urbino. Y de ellos, aunque no el de más tamaño, nos llama la atención de manera sobresaliente el que representa la escena de la Visitación de la Virgen a su prima Isabel, en avanzado embarazo de Juan, el Precursor de aciaga historia, hecho del que María tuvo noticia, como es sabido, por el propio Arcángel Gabriel en la breve conversación donde el mensajero divino le expuso el propósito de Dios sobre su plan de redención mediante la encarnación de Verbo eterno. Como nos relata Lucas evangelista, nada más saber este acontecimiento milagroso, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña de Judea, donde habitaban Isabel y Zacarías. La historia del encuentro entre ambas parientas está repleta de sorpresa, admiración y gozo.

Este pasaje evangélico suele representarse con la escena del abrazo entre María e Isabel. Pero Rafael ha optado por otro modo: no un abrazo sino el estrecharse las manos las dos primas, en un gesto de enorme afectividad y gozo, que rezuma finura expresiva. ¿Qué nos muestra Rafael en su espléndido lienzo, qué percibimos en estas imágenes? Desde luego, y para empezar, la genialidad compositiva de la escena y el marco de amplísima perspectiva donde la sitúa, en el que aparecen, incluso, en planos alejados, imágenes relacionadas con el asunto del encuentro, como son el Padre eterno en vuelo sostenido por ángeles, en la parte superior izquierda, y, menos destacado aún, la escena del bautismo de Jesús en el Jordán, cuyo amplio vado cubre parte del fondo del lienzo. Son los dos personajes sagrados que se hallan en ese momento en el seno de sus madres.



Pero la admiración, el asombro y la fascinación que progresivamente nos van invadiendo se producen al detenernos en la figura de las protagonistas, al dejarnos aprehender por la expresividad de sentimientos que ambas manifiestan. Es un incomparable estudio de expresión psicológica y religiosa. La mirada de las dos parientas, rebosante de asombro admirado la de Isabel al estrechar la mano que María deja entre la suya, el sereno dinamismo que transmiten ambas en la posición de sus pies, en el sosegado avance del encuentro, son aspectos que imprimen a la escena rasgos de hondura y plenitud insuperables.

Para ilustrar las dos cualidades raíz de nuestra contemplación, la belleza y el recogimiento, nada, nada supera a la imagen mariana. Rafael ha logrado en esta efigie uno de los más sublimes y supremos aciertos de su inabarcable producción artística. María aparece (y es una concesión que el artista se hace, tal vez por ignorancia o para dar mayor verosimilitud a la imagen), en estado avanzado de su embarazo, algo que no coincide con la narración evangélica. La indumentaria, como la de Isabel, sus plegados y color, son de una sencillez excepcional, y destaca la juvenil pujanza de la figura de la joven nazaretana, que deja su mano derecha suavemente entre la de su prima.




Mas lo que nos fascina y hasta emociona es el gesto asombroso de la joven madre. La belleza de este rostro y cabeza, con exquisito peinado de enorme elegancia (ciertamente impropios de una sencilla muchacha judía), que deja al descubierto el esbelto cuello de la joven visitante, revelan la maestría del artista. María inclina su cabeza y entorna los ojos en un gesto de infinito recogimiento en un interior pleno de presencia divina, del que dará testimonio en el celestial cántico del Magnificat. 

Son muchas las pinturas geniales que encontramos en los artistas de todos los siglos. Pero la profundidad, la hondura expresiva de actitudes que sobrepujan lo cotidiano, lo habitual, aún con belleza y sabiduría artística, no es fácil conseguirla si no se tiene una capacidad superior para intuir el misterio de la interioridad humana, y, más aún, si esa interioridad se percibe en directa conexión con el supremo ámbito de la trascendencia, y no visto de manera abstracta, como una idea, sino en su realidad más personal, el contacto del ser humano con su Dios, intuido como Plenitud y Sentido de la vida y la existencia. El lienzo de la Visitación nos descubre a un Rafael en el formidable dominio de esa expresividad donde se muestra la riqueza de la relación interpersonal y, a la vez, la excelsa unión de lo humano y lo divino. Pocas son las pinturas donde esta facultad expresiva se manifieste de manera tan patente. En este Rafael hallamos a un artista insuperable en plenitud de sus geniales dotes.         

     

       

lunes, 2 de enero de 2017

LA NAVIDAD EN EL ARTE

LA NAVIDAD CONTEMPLADA EN EL ARTE

Los dos acontecimientos capitales del mensaje cristiano, de la realidad histórica que constituye el núcleo originario y, diríamos, absoluto del mensaje cristiano, la Redención operada gracias a la encarnación, vida , pasión y muerte del Logos, el Verbo Hijo intemporal de Dios, al hacerse hombre y tomar la condición humana herida por el pecado de origen y todos los subsiguientes y con-siguientes derivados; este hecho sucedido en un momento determinado de la historia humana (en cuyos detalles no vamos a entrar por exceder con mucho del motivo de esta mención). Los dos acontecimientos capitales de ese hecho son: por un lado, y primeramente, el nacimiento del Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, en Belén de Judea, cuna del rey David, su ascendiente según la carne y la ley mosáica, hecho que constituye el conjunto de celebraciones que englobamos con el nombre de 'Navidad', y, segundo, el conjunto de acontecimientos que constituyen el terrible drama del rechazo definitivo y frontal de ese Jesús de Nazaret por parte del pueblo judío, el pueblo elegido mediante una alianza de Dios con los patriarcas de los que nace dicho pueblo, y que en el mundo cristiano y universalmente conocido, se agrupa bajo las fiestas de Semana Santa, en especial el Triduo Pascual, donde Jesús es condenado muerte y ejecutado en la cruz, pero a quien, según la fe predicada por los apóstoles, Dios resucitó de entre los muertos, vivió un breve tiempo en esa nueva condición, apareciéndose a sus más íntimos discípulos, quienes, según propia confesión, pudieron estar, vivir y comer con él hasta el día en que por propia virtud ascendió al cielo, donde permanece, junto a Dios (el Padre, a su derecha) hasta la segunda y definitiva venida a clausurar la historia humana y el cosmos, e inaugurar el mundo nuevo ("un cielo nuevo y una tierra nueva, donde habite la  justicia").

Pues bien, estos dos acontecimientos, en los que se condensa el misterio de la redención, Natividad y Pasión-Muerte-Resurrección de Jesucristo, han sido objeto, desde los inicios del arte cristiano, de un especial tratamiento y expresión en multitud de obras del más diverso tipo y materia, algo que sobrepuja con mucho cualquier otro tema del que el arte se haya ocupado a lo largo de los siglos. En los veinte siglos de historia cristiana se ha constituido el conjunto de obras de arte más relevante de toda la historia de las representaciones plásticas que se han dado en el mundo.


Natividad. Retablo mayor de la catedral de Sevilla 


De los dos grandes temas cristianos, deseamos ocuparnos, de manera limitada, naturalmente (porque es tarea casi imposible abarcar todo lo que el mundo artístico ha producido a lo largo de la historia), del correspondiente a la Navidad, ya que acometemos este intento en los días de esta festividad. Navidad en el arte. Pero, ¿en qué área del arte, en qué sector o mundo artístico? Nos ceñimos al arte español, con una excepción, Italia en su periodo renacentista más brillante, el 'cuatrocento', calculado éste con cierta flexibilidad cronológica. Y nos imponemos otra limitación: vamos a contemplar este Misterio sólo en el arte pìctórico, posiblemente el área artística en donde se han producido mayor número de obras referidas a la Navidad, aunque la abundancia de retablos en los que se incluye algúna escena navideña es ingente.  


Botticelli: La Virgen y el Niño (det)

Navidad en el arte pictórico italiano y español, y dentro de éste último, nos autolimitamos a dos grandes pintores, uno de área andaluza, y otro del mundo, no castellano, sino español por antonomasia, ubicado en el centro mismo de la España de siempre. De Andalucía, y más aún, de Sevilla, un pintor culmen del barroco, Bartolomé Esteban Murillo. Y el segundo, que cronológicamente es el primero, un genio universal, irrepetible, el cretense-toledano Doménico Theotocópuli, el Greco. Con estosdos artífices, junto a los cuales traeremos la memoria del renacimiento italiano en su conjunto, queremos dialogar e indagar su secreto impulso creador para mostrarnos el misterio de la Navidad, tan hondamente vivido por el sentido cristiano en sus respectivos periodos vitales, que pueden resumirse en uno solo, en el que la fe en la acción redentora de Dios por Jesucristo impregna de sentido y contenido no sólo el arte sino la existencia en su integridad. Arte como vibración existencial de la fe, este es el hálito animador y el hilo conductor de unas vidas consagradas en su casi totalidad a expresar el sentido de la vida y del mundo.

Cada uno de estos mundos artísticos (del arte italiano no nos sentimos capaces ni deseamos limitarnos a un artista), mirado desde el punto de enfoque de lo expresivo-psicológico, tiene un rasgo que impregna y da sentido a la creatividad de sus autores, más allá de la capacidad del artífice, y por ello hemos elegido un subtítulo para calificar, y en cierto sentido identificar, a los personajes, sin que tal adjetivo excluya otras cualidades o intente establecer una comparación de unos respecto a otros.



Fray Angélico. Adoración del Niño

Iniciamos la 'ronda' con el más temprano en el tiempo: Italia en su época de genialidad tal vez más brillante, el 'cuatrocento'; a este mundo densísimo de personajes geniales lo identificamos con un concepto que igual puede aplicarse a los demás que hemos seleccionado, pero que, dado además el carácter 'corporativo' del mundo que estudiamos, merece con absoluta propiedad: la belleza: La Navidad en el Renacimiento cuatrocentista italiano o la Navidad de la Belleza. 




El Greco: Adoración de los pastores (det).

Para el mundo artístico del Greco nos quedamos con el rasgo que, en nuestra opinión, cualifica por excelencia a este artista sin igual, extraño, excéntrico, pintor de lo visible y lo invisible: La navidad con el Greco es para nosotros la expresión de una actitud ante una realidad que supera todos los límites: Éxtasis ante el MisterioHay un aliento de unción sagrada en el arte del Greco, que emana de todas sus imágenes navideñas y le imprime un hálito de trascendencia realmente sublime.




Murillo: Adoración de los pastores

Y para cualificar el arte de Murillo, hemos optado por el rasgo que, en nuestra opinión, mejor lo caracteriza y que se muestra sobre todo en sus lienzos navideños. La de Murillo es la Navidad de la Ternura. Realismo, naturalismo, sí, pero, ante todo, en las escenas navideñas de su arte, de sus personajes, la ternura, la 'humanidad más humana' del Misterio de la Encarnación.

Este es el propósito que nos lleva a contemplar esa misteriosa y a la vez cercana realidad que celebramos en estos días: la humanización del Verbo eterno, Hijo de Dios, hecho así al mismo tiempo como Él se designó con frecuencia, Hijo del hombre.           

lunes, 21 de noviembre de 2016

TIEMPO ESCATOLÓGICO

TIEMPO Y ACTITUD ESCATOLÓGICA

           
            Una especie de salto en el vacío damos respecto al amable y casi idílico tema que nos ha ocupado en las últimas 'apariciones'. Pero no tanto. Hay más de apariencia que de realidad. Del 'paraíso en la tierra', que constituye el segoviano monasterio del Parral, al trasfondo de lo que, enmarcados por la belleza de su recinto, la abundosa grandiosidad de sus jardines y el misterioso ambiente que la luz y la oscuridad de la noche y el amanecer imprimen a aquel reducto de sosiego y hondura espiritual; de todo eso saltamos a la contemplación de lo que tan propicio ámbito nos evoca: el encuentro con la realidad suma e insoslayable, que en ningún momento se nos aparece con mayor patencia como en el lapso temporal de finales de año.    

            Nos hallamos en tiempo que va mirando al término del año, tanto civil como litúrgico; más cercano el segundo, que suele situarse a finales de noviembre. La festividad de Jesucristo, Rey del Universo, coincidente con el XXXIV domingo del año litúrgico, pone punto final al tiempo celebrado como memoria del decurso histórico del acontecimiento de la salvación operada por Jesucristo y realizada, digamos virtualmente, a lo largo de año cronológico. La necesidad de acomodarse a la celebración de la Navidad, con las cuatro semanas preparatorias que la preceden (el Adviento) produce esta diferencia.


           Pues bien, la proximidad del final de ambas percepciones del tiempo, que en último término es sencilla cronología, pero con diferentes implicaciones existenciales, ha traído la idea de la finitud temporal y vital a la memoria o, por mejor decir, a la consciencia de la memoria (que es como un gran archivo del que tomamos nuestras vivencias pretéritas y la percepción del existir como un proceso global que integra infinidad de aspectos); de ese archivo, con el recuerdo del pasado, tomamos consciencia de la realidad insoslayable del carácter finito de la existencia humana, social y cósmica. Persona, sociedad global y aún la totalidad cósmica de lo existente, se hallan abocadas a un final, igual que tuvieron un comienzo, sin entrar ahora en teorías sobre el modo como pudo suceder ese principio, aunque sí nos interesa mirar de frente, de hito en hito, hacia el otro extremo del 'continuum' de la existencia, desde el cosmos a la persona.

            Este es el punto sobre el que deseo reflexionar y compartir contigo, amigo lector, en parte por tendencia espontánea, cada día más presente en el plano de lo consciente personal, es el referente al final, a la ultimidad de lo existente. Hay un término, un vocablo de origen clásico, si bien ha sufrido una lamentable tergiversación, que denomina con exactitud este ámbito de realidad: es el de 'escatología'. Por ello estimo conveniente ofrecer el significado del término, y de su 'vesión adulterada', tal como lo expone el diccionario ideológico de Julio Casares, de la Real Academia Española.

            Escatología: "Conjunto de creencias y doctrina referentes a la vida de ultratumba". Este es el sentido originario estricto, derivado del término griego 'eskhaton' o 'eschaton', que significa 'ultimidad', y hace referencia a la vida futura del ultramundo, más allá de la muerte. Tiene, además, una derivación vulgar y retorcida, que también recoge el diccionario ideológico de Julio Casares, que refiere el término a las 'cosas excrementicias', sin duda por su relación con la podredumbre del cuerpo muerto y los desechos alimenticios.

            Aquí vamos a utilizar el vocablo en su sentido auténtico, referido a la ultimidad de la existencia y su tránsito, es decir, paso o 'pascua', al 'más allá', a la 'vida después de la vida' (¿la hay realmente, se preguntarán hoy muchos?... La fe cristiana y la 'intuición' o el sentido del sobrevivir casi universal dicen que sí), y al tiempo que la precede en el más acá, que incluye ese momento terrible, aunque otros lo llamen 'esperanzado', que es el final preciso, la muerte, así como, también en términos de fe judeocristiana, el juicio, la comparecencia ante el Juez, que valorará las obras de cada uno según la medida que de diversas maneras y con la imagen de algunas parábolas, recoge el Evangelio. Este conjunto de 'acontecimientos' es el que evoca ese himno impresionante, utilizado en la liturgia católica de difuntos hasta las reformas derivadas del Concilio Vaticano II, conocido con sus dos palabras iniciales, "Dies irae" (Día de la ira), lo que supone una idea de algo terrible, pero en realidad tiene origen evangélico, aunque su visión terrorífica arraiga en la Edad Media y va creciendo hasta los tiempos del Romanticismo, en cuyo periodo se constituye en eje de obras literarias y musicales. La contemplación de una obra tan significativa como genial, que es el Juicio Final, con el que Miguel Ángel cubrió el enorme testero frontal de la Capilla Sixtina vaticana, nos ofrece una imagen insuperable de ese 'pavor' que evoca el canto del Dies irae.


             El ademán de Jesucristo dominador, Juez absoluto, llena de espanto hasta a los mismos bienaventurados, que exhiben el trofeo de su martirio (así el asombroso ejemplo de San Bartolomé que muestra a Cristo su piel arrancada), y hasta la imagen de la Virgen María aparece como asustada, con la cabeza vuelta hacia otro lado.



             La concepción más actual de ese momento como un encuentro con Jesús y el Dios Padre misericordioso, algo ciertamente grave, pero deseable para los que han vivido en la fe, ha desplazado de la liturgia posterior, aunque se haya perdido una invocación, un clamor  formidable a esa misma misericordia. Como imagen artística expresiva de este otro modo de percibir ese momento final, un artista contemporáneo del genio florentino y no menos genial, como es el Greco, no ofrece la visión que corona el espléndido lienzo del entierro del Señor de Orgaz, donde Cristo aparece como un Juez de  misericordia en medio de la Gloria.



            Los aconteceres escatológicos, que en la doctrina cristiana se conoce como 'postrimerías' y se concreta en cuatro 'momentos' o 'situaciones', muerte, juicio, infierno y gloria, ha tenido una enorme influencia en la cultura inspirada por el cristianismo, de modo que, por así decir, inunda el pensamiento occidental, al que ha servido 'material' de profundas consideraciones, tanto en el campo de la filosofía como de la poesía y la narración. Y en las artes, como nos muestran las ilustraciones que traemos, ha sido uno de los temas fundamentales, por la enorme fuerza de sus asuntos, como también en el ámbito de la música, tanto sagrada como profana. Esta relación da pie a 'enjaretar' ensayos que tendrían cabida en nuestras 'páginas de blog'. Y no renunciamos a entrar en ello, pero ahora estimamos preferible entrar en lo más nuclear de aquella realidad 

            Y la realidad que se impone es, ante todo, la del estricto fenómeno escatológico, la realidad de un 'más allá' repleto de misterio y, por tanto, de enigmas insolubles, pero plagado de cuestiones de la mayor trascendencia (aunque alguno pueda mirarlo con cierta sospecha, perplejidad y aún displicente ironía o hasta sarcasmo, en un reprimido afán de sentirse libre de tales preocupaciones o desconfiado de su valor). Que estamos abocados a un final, tras del cual desconocemos qué hay (a pesar de que la fe cristiana pueda darnos determinadas respuestas que salen de lo experimentalmente comprobable), e incluso si lo hay en verdad, este hecho incontestable da lugar (lo ha dado siempre al pensamiento) a plantearse cuestiones que han llenado páginas y tratados, tanto de carácter teológico como de filosofía profana, o de simple literatura, como de poesía.



            Todo cuanto estamos exponiendo tiene, respecto a otros ángulos de enfoque, un matiz y 'tinte' específicamente cristiano, porque ante el enigma de ese futuro incognoscible muchas personas que no compartan el credo cristiano responderán con un 'no merece la pena deshacerse en lucubraciones sobre algo que no podemos conocer; ante semejante incógnita sólo cabe limitarse a vivir lo que tenemos delante y cuando llegue ese momento final entrar en él con suficiente sosiego psicológico'. Respuesta aparentemente 'sensata', pero que no deshace o elimina de raíz el 'pellizco' de ansiedad que esa realidad pinza en nuestra piel.

            Visto desde dicho enfoque cristiano, la referencia básica y definitiva es la virtud de la esperanza, que impregna el ánimo de una especia de bálsamo que posibilita enfrentarse con esas realidades en actitud y talante sosegado, capaz de superar el sentimiento de angustia que, naturalmente, invade a la persona en sus niveles profundos y generan sentimientos derivados, hasta el pánico, la conmoción emocional que zarandea el psiquismo y lo bloquea, imposibilitando la visión equilibrada de tan críticas circunstancias existenciales. Pues la consciencia de su carácter crítico, conmovedor en sentido negativo, es un hecho innegable. Pero la esperanza, evidentemente sostenida por la fe en una serie de realidades, ante todo de la existencia de Dios como amor acogedor y el mundo 'supramundano que en él se sustenta, realidades, repetimos, que superan la dimensión de lo perceptible y nos enfrentan con el ámbito del misterio en su sentido más auténtico y definitivo, ese 'complejo' que la fe sostiene y sirve como soporte y aliento de la esperanza, hace posible al ánimo naturalmente 'desfalleciente' de la persona enfrentar la dimensión enigmática y estremecedora de ese conjunto de situaciones. ¿Qué hacer ante el innegable hecho de nuestra finitud y lo desconocido de su más allá?.


             El gran teólogo Hans Urs von Balthasar, una de las más excelsas y lúcidas mentes cristianas del siglo XX, aborda esta situación en su ensayo "El cristiano y la angustia" y concluye que sólo cabe arrojarse al vacío, en realidad a ciegas, con la convicción (que proporciona la fe) de que hay unos brazos y manos abiertos en disposición de recibir con amor al arrojado creyente -nunca más merecedor de tal calificación-. Y en este ignoto abismo, ¿qué podemos esperar? No lo sabemos y no lo sabremos hasta haber traspasado la frontera del oscuro valle de la muerte. Pero el más temprano y categórico mensajero de la realidad divina y ultraterrena del mundo cristiano, el converso fariseo Saulo de Tarso, San Pablo, en su primera carta a los creyentes de la comunidad de Corinto, hace esta atrevida afirmación para animar la esperanza de aquellos primeros cristianos: "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni cabe en mente humana lo que Dios tiene preparado para los que le aman"

            ¿Qué dicen los maestros de vida espiritual acerca de dicha actitud esperanzada?. Apoyan fundamentalmente  su vivencia y perseverancia en la oración, entendida, en expresión teresiana, como 'trato de amistad' con Dios, con Jesús más exactamente. Es lo que permite generar una actitud de confianza en que después de esta vida hay otra en la que se produce un encuentro cierto y definitivo (aunque desconozcamos sus modos y formas) con toda la realidad de ese mundo transpersonal, ultramundano, en el que Dios es el centro y el destino del ser humano.



            El documento reciente más claro y orientador (sin ánimo 'pietista') sobre esta virtud es la encíclica publicada por el papa Benedicto XVI, con el título "Spe salvi" (Salvados en la esperanza), al final del año litúrgico del año 2007 (3o de noviembre), momento especialmente adecuado para entrar en la dimensión escatológica. Y concluye el texto, repleto de reflexiones del más hondo nivel existencial y religioso, con la evocación de la figura histórica que de modo más pleno y absoluto vivió su vida íntegramente en clave de esperanza: María de Nazaret, la madre de Jesús, que, entre las muchas advocaciones que se le han dedicado, merece destacarse la alusiva a tan bella aunque problemática virtud: Virgen de la Esperanza. De ella hay infinidad de imágenes, pero tal vez la más famosa y difundida, al menos en España, sea la que constituye una de las referencias fundamentales del fervor del pueblo y ciudad de Sevilla: Virgen de la Esperanza Macarena, la Macarena en su denominación popular. Vaya a ella nuestro homenaje y confianza ante el inmediato final del año litúrgico y cronológico.

    


miércoles, 9 de noviembre de 2016

MISTERIO NOCTURNO EN EL PARRAL

LA HORA DEL MISTERIO: NOCHE Y AMANECER EN EL PARRAL

"La noche no interrumpe tu historia con el hombre,
la noche es tiempo de salvación"
                                Himno litúrgico de las Horas.

"¡Oh noche amable, más que la alborada!"
                          S. Juan de la Cruz: Noche oscura.

"La noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora".
                          San Juan de la Cruz: Cántico.


           
            Como exergo, ponemos tres textos de la máxima expresividad, que nos hablan de la noche en términos encomiásticos de suma hondura. La noche, también tenida como símbolo e imagen de la desgracia, de lo negativo y espantable. Y, sin embargo, ¡cuánta poesía se ha escrito, en donde la noche es valorada como hora para el amor, hora para la ternura y la confidencia dicha en voz baja!. La noche, tiempo contradictorio, ha sido para este peregrino frecuente ocasión de vivencias sublimes, de hallazgo del más reposado silencio. Y lo ha sido especialmente en su experiencia de huésped monástico.




            Los recintos monacales, que en sí ya son ámbitos del silencio vivo, del silencio habitado por el Misterio que habla sin palabras, al llegar la noche adquieren su más convincente y auténtico significado. Por dicho motivo y cualidad, el tiempo que transcurre desde el nocturno Oficio de Completas al de Laudes, a la mañana siguiente, se denomina en el lenguaje monástico "gran silencio". Mientras dura este tiempo toda comunicación queda acallada, y, si hiciera falta, se manifestará más que en tono normal, por señas o en voz muy baja.

            Pero hay ámbitos cenobíticos en los que la experiencia de la noche adquiere un relieve y una virtualidad especiales que excluye toda referencia tremendista; al contrario, la configuración del recinto y la posibilidad de permanecer en él, o las singulares cualidades del entorno donde se halla situado el monasterio u otras circunstancias no previsibles, imprimen a la vivencia del tiempo nocturno por parte del huésped unas condiciones que la hacen singularmente valiosa, y por ello inolvidable. Y confirman la afirmación de la bondad de la noche, de la propicia posibilidad de llevar el contacto con la realidad trascendente de Dios a niveles de hondura inefable, que llevan a exclamar con el gran místico el elogio de la noche como tiempo más amable que el día.

            Este es el caso del monasterio del Parral, que ha ocupado nuestra comunicación en las últimas entregas. Varios son los aspectos que se aúnan para permitir al huésped vivir una experiencia de sublimes calidades, en la que se entra en el ámbito del misterio, con doble significado y, por tanto, con minúscula y mayúscula: es la noche el momento de las sombras, que, si son benignas como en este caso, infunden serenidad y sosiego en el ánimo. Y esas condiciones ambientales, vividas en un recinto sagrado, en el que se tiene muy cerca la presencia sacramental de Cristo en la capilla siempre abierta del monasterio, facilitan la percepción, siempre sujeta al influjo de la fe, del Misterio que oculta la presencia sensorial de la realidad divina. Es una experiencia ciertamente inefable, inexplicable, pero que, incluso en situación espiritual de oscuridad, se percibe 'un no sé qué' que nos habla por ventura, dicho en términos del excelso santo poeta, parte de cuyos restos descansan unos metros más allá del cenobio del Parral.



            La entrada en la 'hora del misterio' se produce a partir del final de la cena. Comunidad y huéspedes hemos concluido la colación nocturna en el amplio refectorio y salimos, ya sin formalidad, cada uno a su celda o al claustro. A esta hora, en dependencia del tiempo estacional, podrían ya estar encendidas las someras luces del claustro. Poco tiempo después nos reunimos en la capilla para el Oficio de Completas, que transcurre con la sencillez propia de esa Hora. El final, como siempre, consiste en el canto de la Salve, para cuyo acto se apagan las luces de la capilla y se enciende un foco que ilumina la imagen de la Virgen, ahora la antigua talla románica que dio nombre al recinto, situada en hornacina a la derecha del Crucifijo que nos preside, ante la cual se han encendido dos cirios. El canto sosegado es ya una factor de plenitud serenante por las mismas invocaciones que conforman esa antigua oración mariana. 



            Una vez concluido el canto, monjes y huéspedes van pasando ante el P. Prior, que, junto a la puerta e hisopo en mano, asperja a cada uno con agua bendita, un detalle más (como en todos los monasterios) que contribuye a sentirse amparado por la misericordia perdonadora de Dios. Al salir al claustro sí que nos hallamos plenamente sumidos en las sombras nocturnas que palían las luces de las esquinas y la luz de reflectores que iluminan la torre. En uno de los rincones podemos contemplar la bella imagen de la Virgen Madre, de insinuante sonrisa goticista, de pie, con el Niño en brazos. Se halla rodeada de macetas de pilistras con sus grandes hojas. Es una referencia que suscita la percepción del Misterio.




            Enmarcadas por los arcos de herradura apuntada, la iluminación artística destaca, entre las frondosas masas de cipreses y abeto, las formas monumentales del edificio, galería superior y aún la tercera de un lado, y la torre campanario con su terminación plateresca. Todo adquiere un relieve espléndido, con maravillosos contrastes de luz y sombra que producen una fascinante impresión por su belleza, y nos hace sentir inmersos, sumergidos en un mar que no ahoga sino eleva, al amparo de silencio ambiental que domina el gran recinto y nos introduce en la hondura del Misterio en su integridad casi tangible y envolvente. Podemos deambular serenamente por las desiertas naves del claustro sin que nadie nos urja la retirada, y así disfrutamos de los diversos enfoques del magno edificio.



            Con tan estimulante impresión tomamos el ascensor que nos lleva al piso alto y entramos en nuestra celda. Mas allí, todavía a oscuras, en su doble ventanal, ¡oh maravilla!, nos sorprende el inigualable espectáculo de los monumentos segovianos iluminados, que resalta sobre la oscura masa del monte cubierto de arboleda, en el que se vislumbran igualmente las luces de las calles. Mantenemos apagada la luz de la habitación y esto resalta, a través de los dos huecos de las ventanas, la belleza sublime de tal espectáculo. 



           Desfilan ante nuestra vista los monumentos realzados por la iluminación artística: la esbeltez de la torre de San Esteban a nuestra izquierda; sigue la gran fábrica de la catedral, su cúpula y linterna, como el grandioso campanario; más a la derecha, la torre de San Andrés y, a continuación, algo más distante, la gran mole del alcázar, su hermosa torre del homenaje y la redonda torre de la 'proa' delantera. 



          Vamos captando el conjunto y los monumentos, uno a uno. La masa vegetal que puebla las laderas de la montaña queda también teñida de un luminoso verdor oscuro que contrasta con el brillo de los edificios. Todo ofrece una visión ante la que nos pasaríamos las horas sin retirarnos, saturando nuestra vista y el ánimo con tal maravilla. El misterio, que impregna de silencio la noche y la hace amable, nos penetra el espíritu y nos llena de paz indescriptible. Es una experiencia que se graba muy profundamente en los más recónditos repliegues del alma. Toda realidad ajena a este momento queda desplazada a niveles más inferiores. No es que pierda su relevancia, pero ésta queda subsumida bajo los planos de altísimo valor estético y espiritual, que se compensan mutuamente. Gustosamente pasaríamos el tiempo en esta contemplación, hasta que se apague la iluminación artística, pero hemos de retirarnos para madrugar y asistir al Oficio de Laudes, con monasterio y ciudad todavía sumidos en las sombras.

            La noche nos ha dejando imborrable huella. Hemos gustado el supremo encanto nocturno en su belleza y densa expresividad.  Pero aún nos aguarda otra inesperada sorpresa, que, sin contradecir a la anterior vivencia, nos lleva a experimentar la inefabilidad de otro momento y otras condiciones envolventes de nuestro ámbito. Al levantarnos al amanecer, para acudir a la capilla, todo el recinto y su entorno urbano se hallan rodeados de sombras, pero, sin embargo, en el cielo apunta ya una tímida luz. El cerrado negror nocturno va cediendo paso lentamente a un albor que pone en el ambiente de la ciudad tonalidades añiles que permiten perfilar la masa oscura de los grandes edificios contra un fondo todavía semiluminoso en el que campean las escasas luces de las calles y alguna ventana de vecinos madrugadores ya encendida. Es otra indescriptible estampa de belleza serena, que nos atrae y fascina. Tomamos la cámara fotográfica y la ponemos sobre un trípode para captar semejante maravilla sin riesgo de que nos falle el pulso. Logramos retener este fulgor medio tenebroso antes de acudir al Oficio litúrgico.



            Bajamos a la capilla. El claustro se halla sumido en sombras; sólo una pequeña luz ilumina el retablo de San Jerónimo en uno de los rincones. Las formas del campanario se siluetean apenas sobre un cielo de leve añil a través de la arcada. El Oficio de Laudes transcurre sobrio y sosegado. Mas al regresar a la celda, todavía la claridad del cielo no ha avanzado tanto que pueda decirse que es ya pleno día. Sin embargo, el incipiente claror ilumina suavemente los edificios como para poder apreciar sus formas monumentales. Y la arboleda desde la que parecen emerger tiene ya una verde tonalidad, todavía en penumbra. 



           Se está realizando ante nuestra asombrada vista el verso del místico poeta que hemos traído al comienzo: "La noche sosegada, en par de los levantes de la aurora". Sosiego pleno en el monasterio y en una ciudad, donde, todavía, el tráfago de la vida no ha marcado su huella ruidosa: sosiego y paz bajo la luz tamizada de la fresca amanecida; pura poesía hecha realidad.


            Por mucho que nos esforcemos en utilizar los términos más escogidos para describir estas impresiones, la del momento inicial de la amanecida y la segunda, con el día más avanzado, no lograremos trasladar una imagen adecuada de aquella vivencia. Estamos en la esfera de lo inefable, y así vivimos y somos embargados por tan excelsa visión cada noche y madrugada. Durante los días de nuestra permanencia en el cenobio de Santa María del Parral volvemos a experimentar la fascinación misteriosa de tan exquisita belleza, que inunda nuestros sentidos y empapa el espíritu de una extraña vibración que viene a sumarse a todas las demás facetas de la inolvidable estancia en este excepcional recinto, y nos suscita el deseo de repetir el hospedaje en años sucesivos. En muy pocos lugares se conjugan tantas y tan excelentes cualidades para hacer de la estancia una experiencia realmente vivificadora en muchos sentidos. 

martes, 1 de noviembre de 2016

PASEO POR EL JARDÍN DEL PARRAL

EL PARRAL. 2º. JARDINES Y HUERTA

"Plantó Yahaveh Dios un jardín en Edén, al oriente... Yahaveh Dios hizo brotar toda clase de árboles deleitosos a la vista (Gen 2, 8-9)

¿Por qué llamarle 'paraíso' (jardín bíblico)?

            Hemos recorrido las dependencias del monasterio de Santa María del Parral, en Segovia, de una belleza y amplitud que cautivan al visitante o al huésped. Mas, para centrarnos en la calificación un tanto especial que hemos dado a este monasterio, hemos de preguntarnos: ¿Qué de singular es lo que hace que se pueda recordar el Jardín de la bíblica (alguno diría "mítica") tierra de Edén, el Paraíso anterior al pecado original? Porque, en realidad, podemos afirmar que todos los monasterios tienen elementos comunes: Recinto monacal de viviendas y dependencias para cada actividad, templo, hospedería y zona de naturaleza, al aire libre (huerta o jardín, aparte del espacio abierto de los claustros). 



Respondemos inmediatamente: el monasterio del Parral posee un espacio de jardín (que se puede llamar también 'parque' por su amplitud y diversidad vegetal) y una huerta de tales dimensiones, belleza, feracidad y riqueza de agua, que a poco que el huésped tenga un recuerdo de aquella denominación sacra que fue el Jardín del Edén original, le vendrá a la memoria dicho recuerdo. Este huésped, que se considera 'peregrino del silencio' lo ha experimentado así más de una vez, y a ello contribuye el clima de silencio y serena placidez que impregna el ambiente de ese formidable parque-jardín-huerta (hay que usar, enlazados, los tres vocablos para designar con justeza y justicia lo que allí se disfruta), el sosegado y, sublime placer que invade el ánimo y, en términos modernos, el psiquismo del huésped, y restaura su equilibrio anímico, si es que lo tiene alterado.




Esta experiencia, en la que tiene un papel un elemento tan decisivo (y ambicionado por todas las culturas del mundo y de la historia) como es el agua, la riqueza, abundancia y hasta 'derroche' del elemento vital por excelencia, es tal que basta para explicar la feracidad de todo el conjunto vegetal que puebla el amplísimo espacio al aire libre, desde el cual, para colmo, se disfruta, una perspectiva de monumentos de la ciudad, que llena la vista de esplendor y belleza, tal como hemos descrito al comienzo. Vamos a recorrerlo serenamente.

Un paseo por el jardín del Parral.

            Desde el claustro mayor entramos hacia el jardín a través de una puerta ojival y un corto pasillo que cierra, con enmarque también gótico, una verja a cuyo exterior se desparrama una enredadera con flores rojizas en forma de trompetilla. Sigue otro pasillo, ya en el exterior por el que accedemos definitivamente al parque monacal.  


Junto a una fuente que mana el agua por la trompa de la cabeza de un elefante nos hallamos situados al comienzo de un larguísimo paseo pavimentado, flanqueado por pilastras de base cuadrada, en muchas de las cuales se han armado pérgolas que lucen enredaderas colgantes, que se continúan con dos filas paraleles de altos cipreses y abundantes masas de bambú. La distancia es muy extensa y este hermoso paseo deja a un lado el jardín donde florecen plantas de crisantemos, dalias, geranios, girasoles y otras, que ponen un tapiz multicolor a esa parte.



 La variedad floral es fastuosa; hasta florecen cardos y otras plantas salvajes que lucen sus flores, de una belleza singular  Al otro lado del mismo se extiende una muy extensa huerta, con dos niveles de altura, donde fructifican hortalizas de la más variada especie, con productos de una calidad excepcional, que se consumen en el refectorio. 


No es cosa de entrar en detalles, pero baste dar esta ligera alusión como testimonio de la frondosidad de aquel espacio.

            El paseo de pilastras y su continuidad de cipreses, interrumpido por dos glorietas con una fuente en su centro, tuerce a su final el trazado para ir ascendiendo, ya como camino terrizo, hasta un elevado nivel, con árboles coníferos y matas de plantas olorosas (romero sobre todo). El terreno se hace allí más abrupto y se extiende hacia arriba en una ladera de suave pendiente con vegetación espontánea. Desde esta altura podemos contemplar el ábside del templo monacal, de sobria arquitectura, sin alardes.

El camino que trajimos desde el paseo pavimentado da un rodeo para volver a descender hasta el mismo, mas en este trayecto se interrumpe para dar entrada a una amplia terraza cubierta por fuerte toldo impermeable. Delante de este espacio se encuentra un precioso estanque surtido por un grueso brazo de agua que surge de la boca de un león de piedra granítica (la imagen simbólica de San Jerónimo, que encontramos en multitud de sitios del monasterial




Este amplio espacio se adorna con infinidad de tiestos del más vario tamaño, que lucen plantas muy variadas, cuyo colorido es un gozo para la vista. 




Cómodos sillones plegables, propios de terraza al descubierto, permiten sentarse a leer o, simplemente, a contemplar el panorama monumental segoviano, mientras el musical sonido del agua de la fuente pone un rumor delicioso en el ánimo. En el trayecto descendente que hemos interrumpido se encuentran a cada lado dos deliciosas construcciones, que podrían tomarse como casas de muñecas, pero son en realidad palomares donde anidan esos animales.


            En un extremo del parque, junto al edificio de monasterio, nos encontramos con la espléndida sorpresa de un claustrito hoy en desuso, pero al que se puede acceder por una escalera descendente. Es de refinado estilo de transición del gótico al plateresco, con columnas y galería alta que se abre hacia el interior y afuera con ventanales de arco conopial.



La impresión es de una belleza excepcional y nos preguntamos cómo es que tal maravilla se encuentre relegada al desuso. No hemos indagado el por qué, motivo que  nos impide explicarlo.
   
            Pero, aparte de esta incógnita, ¿no puede calificarse de 'paradisíaca' esta magnífica experiencia, cuya calidad y cualidades vienen a sumarse a los demás aspectos de la estancia monacal? Incluso en el caso de que una sorpresiva tormenta de verano pueda alterar hasta con lluvia torrencial y 'aparato' eléctrico y sonoro (relámpagos y truenos) el clima soleado de algún día, la impresión de este fenómeno atmosférico, resulta igualmente feliz y gratísima. 


Un 'Paraíso en la tierra', expresión muchas veces utilizada con ligereza para describir algunos lugares agradables, es en el caso del monasterio de Santa María del Parral, una denominación que se ajusta con enorme propiedad a la consciencia que los desdichados mortales de ahora se hayan podido forjar en su imaginación de cómo pudo ser aquel Jardín sin defecto que cubrió el país de Edén.

Paisaje monumental.

            De pasada hemos aludido a la contemplación de parte de la Segovia monumental desde todo el parque por el que transitamos o la terraza en la que descansamos. Pero merece la pena detenerse en su descripción e ilustrar esta narración de modo adecuado. Desde que entramos en terreno a cielo abierto, sea al recorrer el extenso paseo como desde lo alto del camino o en la delicosa terraza ante el estanque tenemos a la vista un panorama de enorme belleza por la variedad y calidad monumental de lo que contemplamos.



Ante nuestros asombrados ojos se extienden de izquierda a derecha, tal como mencionamos en el anterior artículo, cuatro de los principales monumentos segovianos: en primer lugar, la esbelta torre-campanario de San Esteban, abierta por simétricos huecos que albergan las campanas y le dan un aspecto de suprema elegancia. Inmediatamente después se abre ante nosotros la gran 'fábrica' de la catedral, la última de estilo ojival edificada en España, con prominente cúpula y linterna así como elegante y grácil campanario.


Continúa la torre de San Andrés, de estilo gótico-mudéjar,  con aberturas en sus cuatro caras, mas con elegante chapitel barroco de pizarra. Por último, a mayor distancia pero destacado sobre el monte poblado de arboleda, el gran conjunto del alcázar, residencia predilecta de la gran reina Isabel I de España, con la bellísima configuración de su arquitectura entre militar y palaciega, en la que destaca ls espectaculares torres, la de Juan II, maciza y señorial,



 y la redonda delantera, que avanza espléndida, como la proa de un enorme navío, hacia el cauce del río Eresma, que discurre a sus pies. Visión imborrable que enaltece con su verdor siempre vivo la extensa arboleda del las laderas que se derraman a los pies de la ciudad.
         
         



Hemos concluido nuestro paseo por el amplio marco del jardín monástico (junto a su espléndida huerta), del monasterio de Santa María del Parral, con la vista de la ciudad que, a la luz del atardecer adquiere tonalidades doradas de un belleza fascinante.


           Sin embargo, la estancia hospedera del narrador tiene un sugestivo complemento, porque cada día hay una hora en el tiempo de permanencia que nos brinda un encanto muy especial: es la hora de la noche, que incluso se prolonga hasta la siguiente madrugada. En ese tiempo no nos limitamos a descansar, sino que encontramos nuevos alicientes que enriquecen de modo singular nuestra vivencia de este recinto de calidad suprema por sus muchos aspectos positivos, que dan a la experiencia de la estancia matices y tonalidades de muy diversa riqueza. La posibilidad de deambular sin prisa por el gran claustro mudéjar y la privilegiada situación de las habitaciones de la hospedería, que nos sitúan frente a la monumental Segovia, permiten ampliar nuestra vivencia a dimensiones insospechadas y, por cierto, nada frecuentes en otros recintos monásticos. En el Parral hemos podido extasiarnos y saborear con fruición la belleza de unos perfiles y unos horizontes que adquieren relieve muy distinto y coloración diferente a lo que nos ofrece la luz diurna, y nos lleva a penetrar en un ámbito de relevancia muy especial tratándose de una experiencia de huésped monástico. Es la vivencia del misterio en su hondura más fina y sublime. La noche, como inmersión en lo misterioso, en lo más sutil del silencio vivo es lo que hemos podido experimentar en el Parral y hasta retenerla para su perduración temporal, gracias a la cámara fotográfica. Merece la pena extenderse en esta inolvidable vivencia. Pero en la entrega anterior nos extendimos tal vez más de lo prudente y en esta no quisiéramos mantener ese comportamiento. Porque el tema merece ser tratado sin reserva y ofrecer lo generosamente ilustrado. eso merece una 'entrega' aparte, y así lo haremos. No tenga duda el amigo lector de que esta dilación será una ventaja para su disfrute. Hasta muy pronto, en que concluiremos por completo la presentación de esta experiencia repleta de muy varias satisfacciones y valores.