miércoles, 9 de noviembre de 2016

MISTERIO NOCTURNO EN EL PARRAL

LA HORA DEL MISTERIO: NOCHE Y AMANECER EN EL PARRAL

"La noche no interrumpe tu historia con el hombre,
la noche es tiempo de salvación"
                                Himno litúrgico de las Horas.

"¡Oh noche amable, más que la alborada!"
                          S. Juan de la Cruz: Noche oscura.

"La noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora".
                          San Juan de la Cruz: Cántico.


           
            Como exergo, ponemos tres textos de la máxima expresividad, que nos hablan de la noche en términos encomiásticos de suma hondura. La noche, también tenida como símbolo e imagen de la desgracia, de lo negativo y espantable. Y, sin embargo, ¡cuánta poesía se ha escrito, en donde la noche es valorada como hora para el amor, hora para la ternura y la confidencia dicha en voz baja!. La noche, tiempo contradictorio, ha sido para este peregrino frecuente ocasión de vivencias sublimes, de hallazgo del más reposado silencio. Y lo ha sido especialmente en su experiencia de huésped monástico.




            Los recintos monacales, que en sí ya son ámbitos del silencio vivo, del silencio habitado por el Misterio que habla sin palabras, al llegar la noche adquieren su más convincente y auténtico significado. Por dicho motivo y cualidad, el tiempo que transcurre desde el nocturno Oficio de Completas al de Laudes, a la mañana siguiente, se denomina en el lenguaje monástico "gran silencio". Mientras dura este tiempo toda comunicación queda acallada, y, si hiciera falta, se manifestará más que en tono normal, por señas o en voz muy baja.

            Pero hay ámbitos cenobíticos en los que la experiencia de la noche adquiere un relieve y una virtualidad especiales que excluye toda referencia tremendista; al contrario, la configuración del recinto y la posibilidad de permanecer en él, o las singulares cualidades del entorno donde se halla situado el monasterio u otras circunstancias no previsibles, imprimen a la vivencia del tiempo nocturno por parte del huésped unas condiciones que la hacen singularmente valiosa, y por ello inolvidable. Y confirman la afirmación de la bondad de la noche, de la propicia posibilidad de llevar el contacto con la realidad trascendente de Dios a niveles de hondura inefable, que llevan a exclamar con el gran místico el elogio de la noche como tiempo más amable que el día.

            Este es el caso del monasterio del Parral, que ha ocupado nuestra comunicación en las últimas entregas. Varios son los aspectos que se aúnan para permitir al huésped vivir una experiencia de sublimes calidades, en la que se entra en el ámbito del misterio, con doble significado y, por tanto, con minúscula y mayúscula: es la noche el momento de las sombras, que, si son benignas como en este caso, infunden serenidad y sosiego en el ánimo. Y esas condiciones ambientales, vividas en un recinto sagrado, en el que se tiene muy cerca la presencia sacramental de Cristo en la capilla siempre abierta del monasterio, facilitan la percepción, siempre sujeta al influjo de la fe, del Misterio que oculta la presencia sensorial de la realidad divina. Es una experiencia ciertamente inefable, inexplicable, pero que, incluso en situación espiritual de oscuridad, se percibe 'un no sé qué' que nos habla por ventura, dicho en términos del excelso santo poeta, parte de cuyos restos descansan unos metros más allá del cenobio del Parral.



            La entrada en la 'hora del misterio' se produce a partir del final de la cena. Comunidad y huéspedes hemos concluido la colación nocturna en el amplio refectorio y salimos, ya sin formalidad, cada uno a su celda o al claustro. A esta hora, en dependencia del tiempo estacional, podrían ya estar encendidas las someras luces del claustro. Poco tiempo después nos reunimos en la capilla para el Oficio de Completas, que transcurre con la sencillez propia de esa Hora. El final, como siempre, consiste en el canto de la Salve, para cuyo acto se apagan las luces de la capilla y se enciende un foco que ilumina la imagen de la Virgen, ahora la antigua talla románica que dio nombre al recinto, situada en hornacina a la derecha del Crucifijo que nos preside, ante la cual se han encendido dos cirios. El canto sosegado es ya una factor de plenitud serenante por las mismas invocaciones que conforman esa antigua oración mariana. 



            Una vez concluido el canto, monjes y huéspedes van pasando ante el P. Prior, que, junto a la puerta e hisopo en mano, asperja a cada uno con agua bendita, un detalle más (como en todos los monasterios) que contribuye a sentirse amparado por la misericordia perdonadora de Dios. Al salir al claustro sí que nos hallamos plenamente sumidos en las sombras nocturnas que palían las luces de las esquinas y la luz de reflectores que iluminan la torre. En uno de los rincones podemos contemplar la bella imagen de la Virgen Madre, de insinuante sonrisa goticista, de pie, con el Niño en brazos. Se halla rodeada de macetas de pilistras con sus grandes hojas. Es una referencia que suscita la percepción del Misterio.




            Enmarcadas por los arcos de herradura apuntada, la iluminación artística destaca, entre las frondosas masas de cipreses y abeto, las formas monumentales del edificio, galería superior y aún la tercera de un lado, y la torre campanario con su terminación plateresca. Todo adquiere un relieve espléndido, con maravillosos contrastes de luz y sombra que producen una fascinante impresión por su belleza, y nos hace sentir inmersos, sumergidos en un mar que no ahoga sino eleva, al amparo de silencio ambiental que domina el gran recinto y nos introduce en la hondura del Misterio en su integridad casi tangible y envolvente. Podemos deambular serenamente por las desiertas naves del claustro sin que nadie nos urja la retirada, y así disfrutamos de los diversos enfoques del magno edificio.



            Con tan estimulante impresión tomamos el ascensor que nos lleva al piso alto y entramos en nuestra celda. Mas allí, todavía a oscuras, en su doble ventanal, ¡oh maravilla!, nos sorprende el inigualable espectáculo de los monumentos segovianos iluminados, que resalta sobre la oscura masa del monte cubierto de arboleda, en el que se vislumbran igualmente las luces de las calles. Mantenemos apagada la luz de la habitación y esto resalta, a través de los dos huecos de las ventanas, la belleza sublime de tal espectáculo. 



           Desfilan ante nuestra vista los monumentos realzados por la iluminación artística: la esbeltez de la torre de San Esteban a nuestra izquierda; sigue la gran fábrica de la catedral, su cúpula y linterna, como el grandioso campanario; más a la derecha, la torre de San Andrés y, a continuación, algo más distante, la gran mole del alcázar, su hermosa torre del homenaje y la redonda torre de la 'proa' delantera. 



          Vamos captando el conjunto y los monumentos, uno a uno. La masa vegetal que puebla las laderas de la montaña queda también teñida de un luminoso verdor oscuro que contrasta con el brillo de los edificios. Todo ofrece una visión ante la que nos pasaríamos las horas sin retirarnos, saturando nuestra vista y el ánimo con tal maravilla. El misterio, que impregna de silencio la noche y la hace amable, nos penetra el espíritu y nos llena de paz indescriptible. Es una experiencia que se graba muy profundamente en los más recónditos repliegues del alma. Toda realidad ajena a este momento queda desplazada a niveles más inferiores. No es que pierda su relevancia, pero ésta queda subsumida bajo los planos de altísimo valor estético y espiritual, que se compensan mutuamente. Gustosamente pasaríamos el tiempo en esta contemplación, hasta que se apague la iluminación artística, pero hemos de retirarnos para madrugar y asistir al Oficio de Laudes, con monasterio y ciudad todavía sumidos en las sombras.

            La noche nos ha dejando imborrable huella. Hemos gustado el supremo encanto nocturno en su belleza y densa expresividad.  Pero aún nos aguarda otra inesperada sorpresa, que, sin contradecir a la anterior vivencia, nos lleva a experimentar la inefabilidad de otro momento y otras condiciones envolventes de nuestro ámbito. Al levantarnos al amanecer, para acudir a la capilla, todo el recinto y su entorno urbano se hallan rodeados de sombras, pero, sin embargo, en el cielo apunta ya una tímida luz. El cerrado negror nocturno va cediendo paso lentamente a un albor que pone en el ambiente de la ciudad tonalidades añiles que permiten perfilar la masa oscura de los grandes edificios contra un fondo todavía semiluminoso en el que campean las escasas luces de las calles y alguna ventana de vecinos madrugadores ya encendida. Es otra indescriptible estampa de belleza serena, que nos atrae y fascina. Tomamos la cámara fotográfica y la ponemos sobre un trípode para captar semejante maravilla sin riesgo de que nos falle el pulso. Logramos retener este fulgor medio tenebroso antes de acudir al Oficio litúrgico.



            Bajamos a la capilla. El claustro se halla sumido en sombras; sólo una pequeña luz ilumina el retablo de San Jerónimo en uno de los rincones. Las formas del campanario se siluetean apenas sobre un cielo de leve añil a través de la arcada. El Oficio de Laudes transcurre sobrio y sosegado. Mas al regresar a la celda, todavía la claridad del cielo no ha avanzado tanto que pueda decirse que es ya pleno día. Sin embargo, el incipiente claror ilumina suavemente los edificios como para poder apreciar sus formas monumentales. Y la arboleda desde la que parecen emerger tiene ya una verde tonalidad, todavía en penumbra. 



           Se está realizando ante nuestra asombrada vista el verso del místico poeta que hemos traído al comienzo: "La noche sosegada, en par de los levantes de la aurora". Sosiego pleno en el monasterio y en una ciudad, donde, todavía, el tráfago de la vida no ha marcado su huella ruidosa: sosiego y paz bajo la luz tamizada de la fresca amanecida; pura poesía hecha realidad.


            Por mucho que nos esforcemos en utilizar los términos más escogidos para describir estas impresiones, la del momento inicial de la amanecida y la segunda, con el día más avanzado, no lograremos trasladar una imagen adecuada de aquella vivencia. Estamos en la esfera de lo inefable, y así vivimos y somos embargados por tan excelsa visión cada noche y madrugada. Durante los días de nuestra permanencia en el cenobio de Santa María del Parral volvemos a experimentar la fascinación misteriosa de tan exquisita belleza, que inunda nuestros sentidos y empapa el espíritu de una extraña vibración que viene a sumarse a todas las demás facetas de la inolvidable estancia en este excepcional recinto, y nos suscita el deseo de repetir el hospedaje en años sucesivos. En muy pocos lugares se conjugan tantas y tan excelentes cualidades para hacer de la estancia una experiencia realmente vivificadora en muchos sentidos. 

martes, 1 de noviembre de 2016

PASEO POR EL JARDÍN DEL PARRAL

EL PARRAL. 2º. JARDINES Y HUERTA

"Plantó Yahaveh Dios un jardín en Edén, al oriente... Yahaveh Dios hizo brotar toda clase de árboles deleitosos a la vista (Gen 2, 8-9)

¿Por qué llamarle 'paraíso' (jardín bíblico)?

            Hemos recorrido las dependencias del monasterio de Santa María del Parral, en Segovia, de una belleza y amplitud que cautivan al visitante o al huésped. Mas, para centrarnos en la calificación un tanto especial que hemos dado a este monasterio, hemos de preguntarnos: ¿Qué de singular es lo que hace que se pueda recordar el Jardín de la bíblica (alguno diría "mítica") tierra de Edén, el Paraíso anterior al pecado original? Porque, en realidad, podemos afirmar que todos los monasterios tienen elementos comunes: Recinto monacal de viviendas y dependencias para cada actividad, templo, hospedería y zona de naturaleza, al aire libre (huerta o jardín, aparte del espacio abierto de los claustros). 



Respondemos inmediatamente: el monasterio del Parral posee un espacio de jardín (que se puede llamar también 'parque' por su amplitud y diversidad vegetal) y una huerta de tales dimensiones, belleza, feracidad y riqueza de agua, que a poco que el huésped tenga un recuerdo de aquella denominación sacra que fue el Jardín del Edén original, le vendrá a la memoria dicho recuerdo. Este huésped, que se considera 'peregrino del silencio' lo ha experimentado así más de una vez, y a ello contribuye el clima de silencio y serena placidez que impregna el ambiente de ese formidable parque-jardín-huerta (hay que usar, enlazados, los tres vocablos para designar con justeza y justicia lo que allí se disfruta), el sosegado y, sublime placer que invade el ánimo y, en términos modernos, el psiquismo del huésped, y restaura su equilibrio anímico, si es que lo tiene alterado.




Esta experiencia, en la que tiene un papel un elemento tan decisivo (y ambicionado por todas las culturas del mundo y de la historia) como es el agua, la riqueza, abundancia y hasta 'derroche' del elemento vital por excelencia, es tal que basta para explicar la feracidad de todo el conjunto vegetal que puebla el amplísimo espacio al aire libre, desde el cual, para colmo, se disfruta, una perspectiva de monumentos de la ciudad, que llena la vista de esplendor y belleza, tal como hemos descrito al comienzo. Vamos a recorrerlo serenamente.

Un paseo por el jardín del Parral.

            Desde el claustro mayor entramos hacia el jardín a través de una puerta ojival y un corto pasillo que cierra, con enmarque también gótico, una verja a cuyo exterior se desparrama una enredadera con flores rojizas en forma de trompetilla. Sigue otro pasillo, ya en el exterior por el que accedemos definitivamente al parque monacal.  


Junto a una fuente que mana el agua por la trompa de la cabeza de un elefante nos hallamos situados al comienzo de un larguísimo paseo pavimentado, flanqueado por pilastras de base cuadrada, en muchas de las cuales se han armado pérgolas que lucen enredaderas colgantes, que se continúan con dos filas paraleles de altos cipreses y abundantes masas de bambú. La distancia es muy extensa y este hermoso paseo deja a un lado el jardín donde florecen plantas de crisantemos, dalias, geranios, girasoles y otras, que ponen un tapiz multicolor a esa parte.



 La variedad floral es fastuosa; hasta florecen cardos y otras plantas salvajes que lucen sus flores, de una belleza singular  Al otro lado del mismo se extiende una muy extensa huerta, con dos niveles de altura, donde fructifican hortalizas de la más variada especie, con productos de una calidad excepcional, que se consumen en el refectorio. 


No es cosa de entrar en detalles, pero baste dar esta ligera alusión como testimonio de la frondosidad de aquel espacio.

            El paseo de pilastras y su continuidad de cipreses, interrumpido por dos glorietas con una fuente en su centro, tuerce a su final el trazado para ir ascendiendo, ya como camino terrizo, hasta un elevado nivel, con árboles coníferos y matas de plantas olorosas (romero sobre todo). El terreno se hace allí más abrupto y se extiende hacia arriba en una ladera de suave pendiente con vegetación espontánea. Desde esta altura podemos contemplar el ábside del templo monacal, de sobria arquitectura, sin alardes.

El camino que trajimos desde el paseo pavimentado da un rodeo para volver a descender hasta el mismo, mas en este trayecto se interrumpe para dar entrada a una amplia terraza cubierta por fuerte toldo impermeable. Delante de este espacio se encuentra un precioso estanque surtido por un grueso brazo de agua que surge de la boca de un león de piedra granítica (la imagen simbólica de San Jerónimo, que encontramos en multitud de sitios del monasterial




Este amplio espacio se adorna con infinidad de tiestos del más vario tamaño, que lucen plantas muy variadas, cuyo colorido es un gozo para la vista. 




Cómodos sillones plegables, propios de terraza al descubierto, permiten sentarse a leer o, simplemente, a contemplar el panorama monumental segoviano, mientras el musical sonido del agua de la fuente pone un rumor delicioso en el ánimo. En el trayecto descendente que hemos interrumpido se encuentran a cada lado dos deliciosas construcciones, que podrían tomarse como casas de muñecas, pero son en realidad palomares donde anidan esos animales.


            En un extremo del parque, junto al edificio de monasterio, nos encontramos con la espléndida sorpresa de un claustrito hoy en desuso, pero al que se puede acceder por una escalera descendente. Es de refinado estilo de transición del gótico al plateresco, con columnas y galería alta que se abre hacia el interior y afuera con ventanales de arco conopial.



La impresión es de una belleza excepcional y nos preguntamos cómo es que tal maravilla se encuentre relegada al desuso. No hemos indagado el por qué, motivo que  nos impide explicarlo.
   
            Pero, aparte de esta incógnita, ¿no puede calificarse de 'paradisíaca' esta magnífica experiencia, cuya calidad y cualidades vienen a sumarse a los demás aspectos de la estancia monacal? Incluso en el caso de que una sorpresiva tormenta de verano pueda alterar hasta con lluvia torrencial y 'aparato' eléctrico y sonoro (relámpagos y truenos) el clima soleado de algún día, la impresión de este fenómeno atmosférico, resulta igualmente feliz y gratísima. 


Un 'Paraíso en la tierra', expresión muchas veces utilizada con ligereza para describir algunos lugares agradables, es en el caso del monasterio de Santa María del Parral, una denominación que se ajusta con enorme propiedad a la consciencia que los desdichados mortales de ahora se hayan podido forjar en su imaginación de cómo pudo ser aquel Jardín sin defecto que cubrió el país de Edén.

Paisaje monumental.

            De pasada hemos aludido a la contemplación de parte de la Segovia monumental desde todo el parque por el que transitamos o la terraza en la que descansamos. Pero merece la pena detenerse en su descripción e ilustrar esta narración de modo adecuado. Desde que entramos en terreno a cielo abierto, sea al recorrer el extenso paseo como desde lo alto del camino o en la delicosa terraza ante el estanque tenemos a la vista un panorama de enorme belleza por la variedad y calidad monumental de lo que contemplamos.



Ante nuestros asombrados ojos se extienden de izquierda a derecha, tal como mencionamos en el anterior artículo, cuatro de los principales monumentos segovianos: en primer lugar, la esbelta torre-campanario de San Esteban, abierta por simétricos huecos que albergan las campanas y le dan un aspecto de suprema elegancia. Inmediatamente después se abre ante nosotros la gran 'fábrica' de la catedral, la última de estilo ojival edificada en España, con prominente cúpula y linterna así como elegante y grácil campanario.


Continúa la torre de San Andrés, de estilo gótico-mudéjar,  con aberturas en sus cuatro caras, mas con elegante chapitel barroco de pizarra. Por último, a mayor distancia pero destacado sobre el monte poblado de arboleda, el gran conjunto del alcázar, residencia predilecta de la gran reina Isabel I de España, con la bellísima configuración de su arquitectura entre militar y palaciega, en la que destaca ls espectaculares torres, la de Juan II, maciza y señorial,



 y la redonda delantera, que avanza espléndida, como la proa de un enorme navío, hacia el cauce del río Eresma, que discurre a sus pies. Visión imborrable que enaltece con su verdor siempre vivo la extensa arboleda del las laderas que se derraman a los pies de la ciudad.
         
         



Hemos concluido nuestro paseo por el amplio marco del jardín monástico (junto a su espléndida huerta), del monasterio de Santa María del Parral, con la vista de la ciudad que, a la luz del atardecer adquiere tonalidades doradas de un belleza fascinante.


           Sin embargo, la estancia hospedera del narrador tiene un sugestivo complemento, porque cada día hay una hora en el tiempo de permanencia que nos brinda un encanto muy especial: es la hora de la noche, que incluso se prolonga hasta la siguiente madrugada. En ese tiempo no nos limitamos a descansar, sino que encontramos nuevos alicientes que enriquecen de modo singular nuestra vivencia de este recinto de calidad suprema por sus muchos aspectos positivos, que dan a la experiencia de la estancia matices y tonalidades de muy diversa riqueza. La posibilidad de deambular sin prisa por el gran claustro mudéjar y la privilegiada situación de las habitaciones de la hospedería, que nos sitúan frente a la monumental Segovia, permiten ampliar nuestra vivencia a dimensiones insospechadas y, por cierto, nada frecuentes en otros recintos monásticos. En el Parral hemos podido extasiarnos y saborear con fruición la belleza de unos perfiles y unos horizontes que adquieren relieve muy distinto y coloración diferente a lo que nos ofrece la luz diurna, y nos lleva a penetrar en un ámbito de relevancia muy especial tratándose de una experiencia de huésped monástico. Es la vivencia del misterio en su hondura más fina y sublime. La noche, como inmersión en lo misterioso, en lo más sutil del silencio vivo es lo que hemos podido experimentar en el Parral y hasta retenerla para su perduración temporal, gracias a la cámara fotográfica. Merece la pena extenderse en esta inolvidable vivencia. Pero en la entrega anterior nos extendimos tal vez más de lo prudente y en esta no quisiéramos mantener ese comportamiento. Porque el tema merece ser tratado sin reserva y ofrecer lo generosamente ilustrado. eso merece una 'entrega' aparte, y así lo haremos. No tenga duda el amigo lector de que esta dilación será una ventaja para su disfrute. Hasta muy pronto, en que concluiremos por completo la presentación de esta experiencia repleta de muy varias satisfacciones y valores.



miércoles, 26 de octubre de 2016

¿UN PARAÍSO EN LA TIERRA?


¿UN BLOGUERO PERDIDO Y HALLADO?


            Más de medio año sin aparecer en un medio que, si no con periodicidad sí con mayor frecuencia, se espera esté 'en activo', ha podido hacer pensar a cualquier seguidor de este blog en la desaparición del autor de entre el mundo de los vivientes. Y no es así, iba a decir 'a Dios gracias', pero estoy cada vez menos seguro de que mantenerse en enta vida sea como para entonar un himno de gratitud (que me disculpe cualquier disconforme que se sienta feliz habitante de este mundo..., enhorabuena amigo). No es así; los motivos son un tanto intrascendentes. Mezclemos un mix de pereza, desánimo, cierta ansiedad, conjeturas mentales que distraen, ocupaciones un tanto perentorias ante un compromiso serio...¿que sé yo?. han ido trasnscurriendo los meses y, a pesar del buen estímulo de algún buen (reitero) amigo, este es el resultado. ¿Debo pedir disculpas a algún seguidor que se haya extrañado de mi silencio? Pues lo hago y en paz. Amigo seguidor, tengo la mejor intención de continuar asomándome a esta ventana mediática para proyectar mis ocurrencias y, tal vez, usarlas como desahogo
de mi melancolía. Acoge, o acoja usted si ve demasiado 'familiar' el 'tuteo', estas buenas intenciones, de las que debo decir ante todo que soy el menos seguro de su constancia. Vamos a intentar que esta comunicación se reanude y renueve. Gracias por su paciencia y si se le ocurre algún comentario no dude en hacerlo, que lo recibiré con toda gratitud.

            Y para reanudar este contacto no se me ocurre otra cosa mejor que traer el recuerdo imborrable de una experiencia vivida durante varias ocasiones, la última hace ya un año, en septiembre de 2015. Corresponde a uno de los ámbitos de mi mayor predilección, que va totalmente de acuerdo con mi autoconciencia de 'peregrino del silencio'. Glosa la estancia como huésped en uno de los más hermosos monasterios de España: Santa María del Parral, situado en la monumental ciudad-joya de Segovia, a cuya condición artística excepcional contribuye de modo destacado. Pero no es sólo una edificación monumental, sino mucho más, por lo cual lo he calificado tal como explico. El texto es amplio, pero el lugar no merece menos. Tómalo, amigo, como una especie de 'entrada en tromba' compensatoria de tanta ausencia. Y para exponer con más orden los elementos que integran el monasterio del Parral (así se conoce) voy a distinguirlos con título separado.


¿UN PARAÍSO EN LA TIERRA?: SANTA MARÍA DEL PARRAL.


1. ¿Por qué 'paraíso'?
  
            "Plantó Yahaveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahaveh Dios hizo brotar toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer... De Edén salía un río que regaba el jardín y desde allí se repartía en cuatro brazos" (Biblia de Jerusalén: Gen 2, 8-10) Y precisan las notas a pie de página: "<Jardín> se traduce por <Paraíso> en la versión griega, y luego en toda la tradición. <Edén> es nombre geográfico imposible de identificar, y tal vez significara antes 'estepa'. El 'paraíso' es representado como un oasis en el desierto oriental". (Id, nota 8).

            Un 'paraíso': lugar supremo de las delicias naturales, de la belleza y la feracidad inmarchitable, a lo que contribuyen decisivamente las aguas abundantísimas, corrientes capaces de 'abrirse en cuatro ríos', que riegan el resto de aquella tierra (en el texto bíblico, Pisón, Guijón, Tigris y Eúfrates; los dos últimos bien conocidos, entre los cuales se extiende Mesopotamia -país de los dos ríos-, pero no así los dos primeros, cuyos nombres no vuelven a aparecer en el texto sagrado). "Paraíso", lugar soñado por poetas y novelistas, en el cual el primer hombre -y su mujer- disfrutan de la absoluta felicidad y plenitud naturales y de la gracia original (como regalo añadido por Dios a su naturaleza racional), en amistad con Yahveh Dios, su Creador, que baja al atardecer, al frescor de la brisa y habla con ellos. Así hasta que la perversa astucia de la serpiente y la estúpida credulidad y el inmoderado apetito de la primera pareja les hace perder aquel don supremo y ser expulsados del Jardín (el Paraíso), fuera, a la tierra áspera de la estepa, que producirá cardos y abrojos, y con un querubín armado de espada flamígera guardando la entrada.



            Aquella analogía con la primera dicha bíblica se recoge en el habla común y en multitud de textos literarios para señalar algún lugar que, en cierto modo, condense las excelsas cualidades de aquella añorada e imaginada (pues no sabemos nada real de ella) 'tierra feliz'. ¿Puede haber un 'paraíso' en la tierra? El arte de la jardinería ha procurado desde antiguo crear espacios que puedan parangonarse con la maravilla del primer jardín. Y para ello ha precisado de un elemento imprescindible, el agua. Las culturas de 'secano' han intentado sacar del subsuelo el precioso elemento que genera vida, y las que lo han disfrutado sin esfuerzo, como la propia Mesopotamia de origen bíblico, y, sin ir más lejos, la España del Sur, han inventado los más hermosos 'paraísos'. Los jardines colgantes de Babilonia y las creaciones de los palacios musulmanes de Córdoba y Granada, con fuentes, surtidores, estanques y paseos rebosando agua y verdor, son un reclamo para todo amante de la belleza. Las visiones del profeta Ezequiel sobre la ciudad de Jerusalén abundan en jardines. Y el libro de la máxima esperanza cristiana, el Apocalipsis, en sus capítulos finales, describe la nueva Jerusalén con ríos donde florecen toda clase de árboles frutales y medicinales, trasunto del Paraíso original.

2. El ámbito paradisíaco del Parral.

            Todo este largo preámbulo viene a propósito de la experiencia vivida por el 'peregrino del silencio' en un lugar que, de acuerdo con la más pura verdad, puede equipararse a un 'paraíso' en la tierra: me refiero al monasterio jerónimo (único en España y el mundo por motivos histórico-sociales en los que no entramos) de Santa María del Parral, que se encuentra ubicado en la ciudad de Segovia, en pleno corazón de Castilla. Los rasgos más característicos de la descripción paradisíaca se pueden aplicar a este singular recinto monástico: un jardín con abundantes árboles, hermosos de ver, y huerta con vegetales que ofrecen frutos deleitosos para comer, todo ello regado por inagotables fuentes de agua, que se remansan en preciosos estanques, y que, en su exceso de abundancia, van a derramarse al río Eresma, que rodea la monumental ciudad. Digamos algo más concreto de este lugar y su entorno.


           
               Segovia es una de las más hermosas ciudades de España, situada en lo alto de un enorme monte. La ciudad antigua, conocida desde los romanos, que construyeron el impresionante acueducto que se abre en una de las entradas, con el fin de llevar las aguas para el suministro público, se halla rodeada, sin embargo, por un abundoso río, el Eresma, que corre a los pies del monte, aparte de contar con otros muchos manantiales que surten al mismo río. Las laderas del monte donde se levanta la ciudad están cubiertas de feraz vegetación que las embellece. Ciudad y ladera, protegida en su altura por fuerte muralla, que se conserva en gran parte, está rodeada por, una carretera que la circunda en torno y da entrada a las diversas puertas de la muralla.

            Al otro lado de esta vía, frente la ciudad, se levantaron desde la reconquista medieval, instituciones religiosas, en su mayoría conventos, además de la ermita, hoy espacioso santuario, de la Virgen Patrona de Segovia, Ntra. Sra. de la Fuencisla. Inmediato a ella la Orden Carmelitana reformada levantó un convento en tiempo de San Juan de la Cruz, que fue prior del mismo y participó en su construcción. También la Orden de Predicadores estableció en plena Edad Media su convento en este lugar, Santa Cruz la Real, en el que se conserva una gruta donde, según tradición, estuvo retirado el propio fundador, santo Domingo de Guzmán.

            Entre estos dos conventos de órdenes mendicantes, y muy cerca de la primera fábrica de moneda que funcionó en Castilla, levantaron los monjes jerónimos su fundación segoviana, impulsada por el rey Enrique IV de Castilla en 1447.


El que actuó como patrono y mecenas fue el favorito del rey castellano Juan de Pacheco, Marqués de Villena, cuyo monumento sepulcral, como el de su esposa, María de Portocarrero, se encuentran en el presbiterio del templo monacal a los lados del retablo mayor, traídos ambos desde el extremeño monasterio de Guadalupe. El recinto monástico se halla también en la cercanía de la iglesia templaria de la Santa Cruz. El monasterio sufrió las consecuencias de la malhadada y feroz desamortización de Mendizábal y supresión de órdenes religiosas en 1835, que lo sumió, como a los demás de España, en una penosa ruina. Se restauró en 1925 por fray Manuel de la Sagrada Familia, mártir en 1936 y beatificado en 2013.



            El conjunto monacal se encuentra situado, por tanto, frente a la ciudad segoviana, de la que se contemplan desde su espléndido parque-jardín-huerta (que todo lo es), la torre románica de San Esteban, la más hermosa y gallarda de las que hay en Segovia, la catedral con su gran fábrica, destacadas la cúpula y torre; los campanarios románicos de San Esteban y San Andrés y el Alcázar, con su porte de cuento de hadas. Todo un panorama monumental envidiable, bajo el cual se extiende la ladera cubierta de espesa arboleda.

3. El edificio monástico.

            No entra en nuestro objetivo el hacer una detallada descripción de las dependencias del monasterio. Baste decir que posee tres claustros, además del pórtico de entrada, una vez que se traspasa la puerta conventual.   El más amplio de ellos, al que se entra pasando por el plateresco, es de estilo gótico-mudéjar, y a él al se abren las dependencias interiores. Multitud de puertas que dan acceso a salas, capillas y otros espacios, son testimonio de la evolución del estilo originario, el gótico, desde la sobriedad de sencillas ojivas hasta el despliegue ornamental de arcos carpaneles con jambas profusamente decoradas con motivos vegetales e imágenes. Este claustro mayor se abre a su interior por grandes arcos de herradura apuntada y alto barandal de piedra calada con figuraciones góticas. Una hermosa fuente lo centra, junto a tres cipreses y un espléndido abeto de gran altura. El segundo piso es de ventanas ojivales cerradas con cristalera, y en el lado en que se alza la torre de planta cuadrada, rematada por crestería plateresca, posee un tercer piso, una galería abuhardillada, abierta y sostenida por pilares de madera con zapatas, desde la cual se contemplan magníficas vistas de Segovia. El claustro se adorna en sus vanos interiores con macetas de pilistras. En uno de los rincones luce una bellísima imagen de María con el Niño Jesús, figura maternal de estilo gótico del XV con tendencia renacentista, estilo propio de la imaginería flamenca que tanto prosperó en España aquellos siglos. 


            En este claustro principal se abren puertas de celdas de la planta baja, de trazado ojival, y dependencias como la entrada a la iglesia mayor, entre ellas al refectorio, al salón de recreaciones y a la escalera que sube a la planta superior. Junto a ésta se abre otra que nos da entrada a un pequeño vestíbulo donde se encuentra el ascensor que sube a las dos plantas superiores, la primera con celdas de los monjes y la segunda con la hospedería y vivienda del Prior.


4. La hospedería.

            El mencionado recinto de la hospedería cuenta con diez habitaciones, sobrias pero suficientemente dotadas, con cuarto de aseo. Sin embargo, el criterio de la Comunidad es ocupar como máximo cuatro de ellas. Es una de las condiciones para mantener el clima de silencio que domina el monasterio, igual que la condición, previamente comunicada, de no salir del recinto monástico durante los días de estancia. Por ejemplo, no se puede ir, durante el tiempo libre, de visita turística a la ciudad y ni siquiera a visitar los conventos cercanos o el santuario de la Fuencisla. Parece una condición dura, pero basta entrar de lleno en el monasterio y en su jardín-huerta para quedar olvidado de cualquier otra cosa exterior.



            La primera sorpresa, gratísima, al entrar en la celda de huésped, en cuya pared frontal se abren dos ventanas con arco de medio punto, es contemplar el panorama que se ofrece de Segovia. Todo cuanto se puede ver desde el jardín y huerta se tiene a la vista, a la altura del cuerpo alto del edificio monástico. La perspectiva es fascinante, y pasa por la belleza de la luz de las diversas horas del día o de las situaciones de clima, cielo despejado o nubes; durante la noche los monumentos arquitectónicos y la arboleda que cubre la ladera tienen iluminación artística, que se mantiene hasta la media noche.

5. Otras dependencias comunes. Refectorio.

            Las refecciones (así llaman los monjes a las comidas) tienen lugar en un amplio refectorio de largas mesas (lisos gruesos tablones de nogal sobre pies de madera y asientos corridos a lo largo de los muros), artesonado de casetones ochavados de estilo renacentista, así como numerosas imágenes (un hermosos Crucifijo lo preside) y objetos en su pared trasera, como las orzas donde se guardaron otro tiempo las semillas, recipientes que se tapan con discos de madera donde se han incrustado cuernos de toro para asirlos. Esta pared trasera la cubre un buen tapiz con el escudo de España, con todo su simbolismo de historia gloriosa. Cada acto es iniciado con la bendición del Prior mediante versos de salmos alusivos al don de los alimentos por parte de Dios, a los que responden los comensales. Se sirven las mesas por los monjes de turno desde un carro en que aparecen fuentes y soperas. En las mesas cada comensal tiene a su servicio jarra de agua, botella de vino tinto, vinagreras y un bote de miel (detalle digno de notar). La comida se hace en silencio, con lectura en días de labor y música clásica en domingos y festivos. Al final se recita la acción de gracias y cada cual sale ya de manera indistinta (si alguno no ha terminado al sonar la campanilla del Prior, vuelve a sentarse para concluir).

6. El ámbito sagrado: capilla interior y templo principal.
           
            Una de las puertas del claustro mayor da entrada a la capilla interior, que es utilizada para la Liturgia de las Horas y la Eucaristía de días laborables, además de hallarse abierta al huésped para estar en serena oración. Esta capilla es u amplio, cubierta por artesonado de viguería tallada, con grandes zapatas en sus extremos. Tiene sillería lisa, tanto para la Comunidad como para los huéspedes, y sus paramentos se cubren con infinidad de pinturas e imágenes. Es difícil hallar un monasterio que acumule tanta cantidad de lienzos, relieves y pequeñas imágenes como el Parral, y esto no sólo en la mencionada capilla sino en todo el espacio monacal; es algo asombroso y puede explicarse al ser este monasterio el único cenobio de la Orden Jerónima de España y del mundo. Razones de tipo histórico y social pueden explicar este fenómeno 'acumulativo' de piezas de arte mayores y menores, que no vamos a detallar por exceder de nuestra finalidad, aunque algo precisaremos.




            La capilla interior está presidida por un magnífico Crucifijo de tamaño ligeramente inferior al humano normal, talla muy expresiva de Cristo muerto, que corresponde al estilo renacentista del XVI. A su izquierda, sobre barroca peana se sitúa una valiosa talla de San Jerónimo penitente, con la vestidura cardenalicia abierta y recogida en el brazo derecho, que tiene un Crucifijo en la mano, y en su izquierda sujeta una gruesa piedra con la que se golpea el pecho. A la derecha del Crucificado, en un retablo que contiene una pequeña hornacina, se muestra la joya más preciada del monasterio: la imagen románica de la primitiva imagen de la Virgen del Parral, del s. XII, que estuvo en una antigua ermita, en ese lugar y da nombre al cenobio.



            Pero es la gran iglesia mayor la que muestra la fastuosidad propia de los templos jerónimos, por desgracia reducidos hoy a éste. Es un templo de estilo gótico avanzado, de altas bóvedas con crucería sexpartita. Actualmente sólo se emplea los domingos y festivos para la Misa conventual. El presbiterio es muy amplio, con altares talerales y una gran mesa de altar en el centro. Está presidido por un espléndido retablo de madera policromada, de estilo renacentista, con escenas de la vida de la Virgen, obra de los entalladores Juan Martínez y Lucas Giraldo, ambos de Ávila. Coronado por un expresivo Calvario, lo presiden, en hornacinas superpuestas, una bellísima imagen de la Virgen, Nuestra Señora del Parral, con el Niño entre sus brazos y sostenido sobre su seno. El rostro de María es de una belleza excepcional y el Niño Jesús posee una gracia sin par, sonriente y casi juguetón.  En la hornacina central del cuerpo inferior se halla una magnífica escultura de San Jerónimo en oración, con el torso desnudo. A los lados del retablo se elevan dos en piedra centrados por arcosolios funerarios donde aparecen las esculturas orantes del  Marqués de Villana y su esposa, patronos del monasterio.



          La recitación sosegada de la salmodia litúrgica a lo largo del día y la Eucaristía, cuidadosamente celebrada, con altar y celebrantes revestidos de bellos paramentos, así como numerosas candelas encendidas, todo ello imprime a la celebración un carácter de unción que impregna el espíritu del que asiste con una honda sensación de presencia divina, que, si cabe, llega a su punto culminante, los días festivos, durante el acto de adoración al Santísimo Sacramento al final del Oficio de Vísperas. Este clima de recogimiento se mantiene a lo largo del día, desde la temprana hora de laudes, y no lo interrumpe, por ejemplo, el tiempo de las comidas, que merece un comentario más detallado, ante todo relativo a cómo se accede al mismo, pues no se entra de cualquier manera. A las que siguen a una celebración litúrgica (desayuno y almuerzo) camina la Comunidad y huéspedes en fila, pegados a los muros del claustro mayor, desde la capilla interior, y ocupa cada cual su puesto en el refectorio.
           
                  Nos queda presentar el ámbito paradisíaco del monasterio, el jardín. Pero nos hemos extendido mucho, y merece una buena extensión. Lo dejamos para otra entrega. 

domingo, 31 de enero de 2016

PRODIGIOS DE LA NATURALEZA



CREPÚSCULOS DE INVIERNO

Crepúsculo: Claridad que hay al amanecer o al atardecer, cuando el sol no ha salido todavía o se ha ocultado ya. Concepto explicado por el Diccionario de Julio Casares.

Este bloguero tiene el regalo de habitar en un piso ático, situado en la provincia de Jaén, sin obstáculos que oculten el horizonte, lo que permite ver el paisaje en un semicírculo de 180º, desde cuya terraza se  abarca desde la sierra de Cazorla, a oriente, hasta los llanos de Bailén, a occidente. Panorama fascinante, sobre todo de montañas, algunas de gran altitud, como Sierra Mágina, en cuyas laderas se recuestan pueblos de dimensiones pequeñas y medianas, que en las noches claras rebrillan espléndidamente y también ponen su contrapunto de luz en atardeceres y amaneceres. En uno de los puntos más distantes, bajo la noble mole pétrea de Jabalcuz, la capital aparece iluminada en una extensa franja, sobre la cual luce el castillo de Santa Catalina, destacado por su iluminación artística. Con un buen teleobjetivo se pueden obtener espectaculares fotografías, como si tuviéramos a Jaén delante mismo de la casa, en los terrenos deportivos inmediatos. Y ello a los diversos momentos del día, pero sobre todo a la luz del crepúsculo.


Jaén visto en la lejanía, en un atardecer. Arriba, el castillo de Santa Catalina y Parador 

Ello es posible porque este entorno ambiental es natural 'escenario' de increíbles fenómenos en los que la luz juega un papel decisivo a cualquier hora del día o de la noche. Como ejemplo destacado, se pueden contemplar las elevadas montañas, si el año lo propicia con abundantes nevadas, revestidas de blanco velo brillante, manto que es bañado por la luz rosácea del crepúsculo matinal o vespertino, que les imprime un color admirable.


Sierras Mágina y Aznaitín, nevadas, al amanecer, con un pueblo al pie

Pero hay un fenómeno atmosférico que, por excelencia de cuantos puedan darse en estos paisajes, proporciona al contemplador ocasiones innumerables (así es, sin exageración) de extasiarse ante el espectáculo, incomparable con cualquier otro logrado por artificio humano, de la luz del crepúsculo, en la naciente mañana o el atardecer, algo que puede extenderse hasta la salida o la puesta de sol, que ya no es crepúsculo en sentido exacto. La luz del amanecer, o al atardecer, en sus cambiantes momentos, a veces de duración increíblemente breve, ofrece tal cúmulo de ocasiones de sublime belleza, que ya las quisieran para sí los más diestros pintores impresionistas.


Cambiantes colores del amanecer sobre la ciudad

 Mas, sobre todas las ocasiones en que estos fenómenos se producen, hay un periodo del año en que tales espectáculos naturales alcanzan las cotas de mayor esplendor y más variadas formas de presentarse: es en invierno, o, para ampliar un poco el lapso de tiempo, el otoño-invierno. Desde los ya declinantes días de noviembre hasta un avanzado febrero, las mañanas y tardes en que nos sorprende la cambiante coloración del cielo, abundan mucho más que en otros periodos, aunque nunca hay que descartar ocasiones memorables por su maravilloso aspecto. 


Crepúsculo al atardecer con nubes desflecadas

Y, una observación importante: las posibilidades de contemplar uno de estos fastuosos despliegues de luz requieren un elemento atmosférico que casi podemos calificar de imprescindible: las nubes. Sin formaciones nubosas, no de cielos cerrados sino de formas más o menos sueltas, aborregadas, en franjas alargadas, en cúmulos algodonosos, en desflecadas rachas de nubosidad, es prácticamente imposible que pueda darse un crepúsculo de singular hermosura. Aunque también se dan prodigios de luz en días de nubosidad densa, si se abre a retazos la masa nubosa y se derraman los haces de sol entre los rompientes cúmulos.


Haces de sol en un próximo atardecer

De lo que no hay duda es de que con el cielo raso, limpio de nubes, aunque pueda tener una luminosidad deslumbrante, nunca la luz se detendrá, por así decir, en bañar de amarillos, rojos y morados destellantes algo que no se encuentra en el cielo. Por el contrario, las mañanas y tardes de variable y suelta nubosidad ofrecen una propicia ocasión a la luz solar que va avanzando en el amanecer o retirándose tras la puesta sol, para que sus oblicuos reflejos bañen esas formaciones nubosas aludidas. Es entonces cuando, recién levantados o al estar trabajando ante la puerta acristalada de la terraza, somos sorprendidos por el fenómeno lumínico de incomparable belleza y grandiosidad, que, aparte de la admiración que suscita, hace surgir de lo profundo de la interioridad el recuerdo inevitable del Autor de estas maravillas, que pone la maestría de su mano en juego para crear este momento irrepetible (cada crepúsculo es único, aunque puedan parecerse) de plenitud estética  que ninguna mano humana puede conseguir.


Fascinante colorido del cielo al amanecer

Hay una variedad pasmosa de crepúsculos, que, en su mayor parte, vienen determinados por la configuración de las nubes, como antes he dicho, nubes que cubren todo el espacio celeste o sólo se arraciman en una parte. No es posible describir tanta variedad. Un excelente amigo me ha enviado una fotografía de amanecer, de colorido bellísimo, que tiene mucha semejanza con los que se contemplan desde mi terraza.       


Amanecer sobre el monasterio de Buenafuente del Sistal (Guadalajara)

En tales ocasiones se despierta el recuerdo de textos que hacen alusión a esos fenómenos naturales y de gratitud hacia su Autor. Los salmos abundan en expresiones de ese estilo, como el comienzo del 18: "El cielo proclama la gloria de Dios, /el firmamento pregona la obra de sus manos./ El día al día le pasa el mensaje,/ la noche a la noche se lo susurra" (El último verso alude a otro fenómeno fascinante: la noche estrellada, que en atmósfera clara de altas montañas, destella en innumerable luminaria). También el gran salmo a Dios creador, el 103, hace alusiones a la belleza del cielo.

Es tarea imposible el intentar hacer una descripción de estos fenómenos de excepcional belleza, que, por otro lado, poseen una enorme fugacidad. A veces bastan segundos para que un arrebol portentoso 'degenere', por así decir, en una nubosidad más o menos grisácea, aunque, en general, el crepúsculo presenta un proceso de colorido variante, que puede variar desde un incipiente añil hasta el rojo intenso, para irse apagando en tonos violáceos hasta perder el color por completo.


Del oro al gris sobre las torres de la ciudad

Gracias a Dios, sin embargo, contamos con la excelente técnica fotográfica para retener esos momentos irrepetibles en su progresiva varianza y poderlos disfrutar, por ejemplo como fondo de escritorio del ordenador o un sencillo repaso de los que tengamos archivados, o bien ofrecerlos a los amigos, que los suelen agradecer. Es una contemplación que relaja el ánimo, lo ensancha y lo renueva, al percibir la maravilla de la creación. Y pueden ocurrir coincidencias singulares, como un sencillo colorido al amanecer, pero con la luna en salida muy tardía.


Suave luz de amanecida, con luna llena.

O bien, se nos regalan auténticos espectáculos luminosos, si al declinar el sol por la tarde se encuentran acumulaciones nubosas que aparecen ribeteadas de luz radiante y componen un fenómeno de asombroso luminar, inimaginable por la fantasía más febril, hasta que se nos ofrece su veraz contemplación, dejándonos sumidos en la admiración más elevada.


Puesta de sol invernal con nubes ribeteadas de luz

Todo esto nos hace exclamar, poseídos de renovada y nunca agotada admiración, el verso con el que comienza el aludido salmo-himno 103: "DIOS MÍO, ¡QUÉ GRANDE ERES!. TE VISTES DE BELLEZA Y MAJESTAD, LA LUZ TE ENVUELVE COMO UN MANTO".

sábado, 9 de enero de 2016

DE LA FIESTA DE NAVIDAD Y SUS PARADOJAS

MANIPULACIÓN Y AUTENTICIDAD: LOS MAGOS.

Las complicaciones propias de las fiestas navideñas (poner 'nacimientos' en casa, algunas compras, encuentros familiares y otras), dejan poco margen para ocuparse de 'escapadas literarias'. Así, este blog ha quedado en un segundo plano de la atención. 





'Nacimiento', o 'Belén' familiar

Pero cuando ya se termina este tiempo de especial significado y denso contenido, el día mismo de la Epifanía, de Reyes, nos encontramos con uno de los aspectos más atractivos y la vez más degenerados de los que se contemplan en el gran escenario de la Navidad. Y esa degeneración es debida, en buena parte, a la pérdida del sentido auténtico de estas festividades, de lo que la publicidad y la parafernalia comercial son muestra muy expresiva. Me refiero a una faceta de las más bellas y de la mayor trascendencia humana, teológica y litúrgica (para los cristianos orientales de raíz griega, la festividad más importante y central): es la ya citada fiesta de la Epifanía del Señor, que viene dada por una celebración original, la adoración de los Magos al Niño Jesús. En la Iglesia griega es la festividad principal de Navidad; la fiesta del 25 de diciembre (con la idílica adoración de los pastores, tras el anuncio angélico) pertenece a la


El Greco. Adoración de los pastores


Iglesia latina, occidental. 

Pues bien: si existe una festividad de origen cristiano más aviesamente maltratada es esta de la Epifanía, y si se dan unas figuras más tergiversadas, manipuladas y hasta podríamos decir ridiculizadas entre las que aparecen en el panorama cristino, son las de los Magos de Oriente, que encarnan la búsqueda y el encuentro de los pueblos gentiles, o sea, paganos, con el Dios vivo revelado al pueblo de Israel y extendido, tras la muerte y resurrección de Jesús, a los propios pueblos extranjeros al de la primitiva Alianza (los gentiles, en lenguaje bíblico). La promesa de salvación dirigida al pueblo judío tiene como figura culminante, en el cenit de la historia, a Jesús de Nazaret, el Mesías anunciado por los profetas; pero ese Salvador es rechazado por los dirigentes del pueblo hasta hacerlo matar en una cruz (la forma de muerte más infamante de aquella época), y siguen manteniendo su rechazo durante los siglos siguientes hasta hoy, salvo casos particulares de conversión; mas como pueblo, en conjunto, lo sigue rechazando.

Los Magos (en ningún momento se habla de 'reyes' en el texto evangélico mateano, sino que ese término implica ya una transformación que arranca de algunos salmos -el 71 sobre todo- y profecías, hasta el extremo de haberse afirmado por algunos que los Reyes Magos -figura ya deformada- procedían de Tarsis, el Tartesos ibérico, situado en el extremo de la península más occidental conocida en la antigüedad), son sabios orientales, probablemente persas, que se dedican a la astrología. 



Los magos, en comitiva nocturna, camino de Belén

Es impresionante y conmovedora la figura venerable de aquellos sabios, que se dejaron guiar por una misteriosa estrella (no entremos en las cábalas de las investigación astronómica e histórica), hasta la Jerusalén judaica, y preguntan por un "nacido rey de los judíos, del que hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo", indagación que conmueve hasta la raíz al perverso Herodes el Grande (uno de los mayores criminales de la historia), y con él a toda Jerusalén, incluidos los sabios escribas y doctores de la Ley, que dan el dato exacto, pero no mueven un dedo para ir a adorar a ese rey anunciado por los profetas.

Las personas de estos magos, que, efectivamente, se dirigen a la Belén indicada por la profecía y adoran al Niño Jesús, al que ofrecen los espléndidos dones, que se han interpretado como signos de su triple condición: oro, como Rey, incienso, como Dios, y mirra (el perfume que se emplea para embalsamar el cuerpo difunto), como Redentor. Estas figuras y su gesto de donación de regalos ha sufrido la aludida tergiversación y manipulación a lo largo de la historia, desde muchos siglos atrás; y comienza por la 'conversión' de sus personas de sabios inquietos que buscan un 'Alguien' que tiene sentido y significado absoluto, en unos monarcas cuya imagen 'política', aunque piadosa -con toda la parafernalia de comitivas regias con que la han revestido los artistas, desde los miniaturistas medievales a los insignes barrocos, como Tiziano o Rubens-.



Comienza el 'cambio' de Magos a Reyes: Miniatura de un libro de Horas (s. XV)


Confirmación del cambio: Adoración de los Reyes. Cornelis de Vos (s. XVI)

Esta tergiversación alcanza en la época moderna un grado tal de estupidez y ridiculez que llena de asombro a quien contempla este fenómeno. No ya el manejo interesado de convertir la fiesta de la Epifanía en un reclamo para hacer regalos a niños y mayores, hasta el indecente consumismo azuzado por la perversa publicidad que nos aturde. Los 'Reyes Magos', aparte de cabalgatas y otros jaleos, han llegado a convertirse con frecuencia en muñequillos de aspecto infantiloide -algo semejante a la figura también falseada del nórdico y anglosajón Papá Noel-, manejados en caricaturas y reclamos comerciales.

La deformación de los Magos ha llegado hasta la canción popular, los villancicos, no sabemos en qué momento, pero hace muchos años: "Ya vienen los Reyes Magos caminito de Belén, cargaditos de juguetes, para al Niño entretener"... ¡Qué tergiversación más penosa del acto de adoración y ofrenda al Mesías!... Juguetes para entretener al Niño... Y lo cantamos con toda naturalidad, como si fuera ese el objetivo de los regalos regios...  En este año de 2016, en Madrid, la fobia anticristiana de una impresentable alcaldesa ha transformado la imagen de los Magos, para la cabalgata tradicional (ya que no se ha atrevido a suprimirla, como hubiera preferido), en unos fantoches carnavalescos de vestiduras falsamente festivas...

En resumen, es digno de notar el proceso, digamos, 'destructivo', por deformador, de lo que se mueve en torno a estas figuras venerables del mundo navideño, que en su momento hicieron temblar con su pregunta ("¿Dónde ha nacido el Rey de los Judios?") al implacable déspota oriental, Herodes, siempre en actitud de sospecha hacia cuantos pudieran constituir un peligro, real o imaginario para su ansia de poder exclusivo, aunque fueran sus hijos (mandó matar a tres de ellos, y desencadenará la matanza de los niños inocentes de Belén y su comarca). Si de la Navidad se ha hecho un objeto de 'uso y abuso', de consumo, en nombre de una alegría que ha llegado, en innumerables casos, a desvincularse de su base referencial del nacimiento del Salvador, la imagen de los Magos es, tal vez, la más deformada de cuantas existen en torno a ese acontecimiento capital, que divide en dos la historia humana. Pero, en fin, dejémoslo, en cuanto a sus personas, en Reyes, como los representa muy ampliamente, el arte cristiano: La adoración de los Reyes Magos. 



Adoración de los Reyes. Retablo del monasterio de El Paular (s. XV)

Sin embargo, aprendamos de su sabiduría científica verdadera la inquietud para no quedarse en su cómodo 'observatorio astronómico', sino que, como ellos dejemonos guiar por la Estrella anunciadora de la gran noticia, la mayor de toda la historia cósmica y humana, como anunciaron los ángeles a los humildes pastores:"Os traigo una gran noticia: en Belén de Judá os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor".