miércoles, 26 de octubre de 2016

¿UN PARAÍSO EN LA TIERRA?


¿UN BLOGUERO PERDIDO Y HALLADO?


            Más de medio año sin aparecer en un medio que, si no con periodicidad sí con mayor frecuencia, se espera esté 'en activo', ha podido hacer pensar a cualquier seguidor de este blog en la desaparición del autor de entre el mundo de los vivientes. Y no es así, iba a decir 'a Dios gracias', pero estoy cada vez menos seguro de que mantenerse en enta vida sea como para entonar un himno de gratitud (que me disculpe cualquier disconforme que se sienta feliz habitante de este mundo..., enhorabuena amigo). No es así; los motivos son un tanto intrascendentes. Mezclemos un mix de pereza, desánimo, cierta ansiedad, conjeturas mentales que distraen, ocupaciones un tanto perentorias ante un compromiso serio...¿que sé yo?. han ido trasnscurriendo los meses y, a pesar del buen estímulo de algún buen (reitero) amigo, este es el resultado. ¿Debo pedir disculpas a algún seguidor que se haya extrañado de mi silencio? Pues lo hago y en paz. Amigo seguidor, tengo la mejor intención de continuar asomándome a esta ventana mediática para proyectar mis ocurrencias y, tal vez, usarlas como desahogo
de mi melancolía. Acoge, o acoja usted si ve demasiado 'familiar' el 'tuteo', estas buenas intenciones, de las que debo decir ante todo que soy el menos seguro de su constancia. Vamos a intentar que esta comunicación se reanude y renueve. Gracias por su paciencia y si se le ocurre algún comentario no dude en hacerlo, que lo recibiré con toda gratitud.

            Y para reanudar este contacto no se me ocurre otra cosa mejor que traer el recuerdo imborrable de una experiencia vivida durante varias ocasiones, la última hace ya un año, en septiembre de 2015. Corresponde a uno de los ámbitos de mi mayor predilección, que va totalmente de acuerdo con mi autoconciencia de 'peregrino del silencio'. Glosa la estancia como huésped en uno de los más hermosos monasterios de España: Santa María del Parral, situado en la monumental ciudad-joya de Segovia, a cuya condición artística excepcional contribuye de modo destacado. Pero no es sólo una edificación monumental, sino mucho más, por lo cual lo he calificado tal como explico. El texto es amplio, pero el lugar no merece menos. Tómalo, amigo, como una especie de 'entrada en tromba' compensatoria de tanta ausencia. Y para exponer con más orden los elementos que integran el monasterio del Parral (así se conoce) voy a distinguirlos con título separado.


¿UN PARAÍSO EN LA TIERRA?: SANTA MARÍA DEL PARRAL.


1. ¿Por qué 'paraíso'?
  
            "Plantó Yahaveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahaveh Dios hizo brotar toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer... De Edén salía un río que regaba el jardín y desde allí se repartía en cuatro brazos" (Biblia de Jerusalén: Gen 2, 8-10) Y precisan las notas a pie de página: "<Jardín> se traduce por <Paraíso> en la versión griega, y luego en toda la tradición. <Edén> es nombre geográfico imposible de identificar, y tal vez significara antes 'estepa'. El 'paraíso' es representado como un oasis en el desierto oriental". (Id, nota 8).

            Un 'paraíso': lugar supremo de las delicias naturales, de la belleza y la feracidad inmarchitable, a lo que contribuyen decisivamente las aguas abundantísimas, corrientes capaces de 'abrirse en cuatro ríos', que riegan el resto de aquella tierra (en el texto bíblico, Pisón, Guijón, Tigris y Eúfrates; los dos últimos bien conocidos, entre los cuales se extiende Mesopotamia -país de los dos ríos-, pero no así los dos primeros, cuyos nombres no vuelven a aparecer en el texto sagrado). "Paraíso", lugar soñado por poetas y novelistas, en el cual el primer hombre -y su mujer- disfrutan de la absoluta felicidad y plenitud naturales y de la gracia original (como regalo añadido por Dios a su naturaleza racional), en amistad con Yahveh Dios, su Creador, que baja al atardecer, al frescor de la brisa y habla con ellos. Así hasta que la perversa astucia de la serpiente y la estúpida credulidad y el inmoderado apetito de la primera pareja les hace perder aquel don supremo y ser expulsados del Jardín (el Paraíso), fuera, a la tierra áspera de la estepa, que producirá cardos y abrojos, y con un querubín armado de espada flamígera guardando la entrada.



            Aquella analogía con la primera dicha bíblica se recoge en el habla común y en multitud de textos literarios para señalar algún lugar que, en cierto modo, condense las excelsas cualidades de aquella añorada e imaginada (pues no sabemos nada real de ella) 'tierra feliz'. ¿Puede haber un 'paraíso' en la tierra? El arte de la jardinería ha procurado desde antiguo crear espacios que puedan parangonarse con la maravilla del primer jardín. Y para ello ha precisado de un elemento imprescindible, el agua. Las culturas de 'secano' han intentado sacar del subsuelo el precioso elemento que genera vida, y las que lo han disfrutado sin esfuerzo, como la propia Mesopotamia de origen bíblico, y, sin ir más lejos, la España del Sur, han inventado los más hermosos 'paraísos'. Los jardines colgantes de Babilonia y las creaciones de los palacios musulmanes de Córdoba y Granada, con fuentes, surtidores, estanques y paseos rebosando agua y verdor, son un reclamo para todo amante de la belleza. Las visiones del profeta Ezequiel sobre la ciudad de Jerusalén abundan en jardines. Y el libro de la máxima esperanza cristiana, el Apocalipsis, en sus capítulos finales, describe la nueva Jerusalén con ríos donde florecen toda clase de árboles frutales y medicinales, trasunto del Paraíso original.

2. El ámbito paradisíaco del Parral.

            Todo este largo preámbulo viene a propósito de la experiencia vivida por el 'peregrino del silencio' en un lugar que, de acuerdo con la más pura verdad, puede equipararse a un 'paraíso' en la tierra: me refiero al monasterio jerónimo (único en España y el mundo por motivos histórico-sociales en los que no entramos) de Santa María del Parral, que se encuentra ubicado en la ciudad de Segovia, en pleno corazón de Castilla. Los rasgos más característicos de la descripción paradisíaca se pueden aplicar a este singular recinto monástico: un jardín con abundantes árboles, hermosos de ver, y huerta con vegetales que ofrecen frutos deleitosos para comer, todo ello regado por inagotables fuentes de agua, que se remansan en preciosos estanques, y que, en su exceso de abundancia, van a derramarse al río Eresma, que rodea la monumental ciudad. Digamos algo más concreto de este lugar y su entorno.


           
               Segovia es una de las más hermosas ciudades de España, situada en lo alto de un enorme monte. La ciudad antigua, conocida desde los romanos, que construyeron el impresionante acueducto que se abre en una de las entradas, con el fin de llevar las aguas para el suministro público, se halla rodeada, sin embargo, por un abundoso río, el Eresma, que corre a los pies del monte, aparte de contar con otros muchos manantiales que surten al mismo río. Las laderas del monte donde se levanta la ciudad están cubiertas de feraz vegetación que las embellece. Ciudad y ladera, protegida en su altura por fuerte muralla, que se conserva en gran parte, está rodeada por, una carretera que la circunda en torno y da entrada a las diversas puertas de la muralla.

            Al otro lado de esta vía, frente la ciudad, se levantaron desde la reconquista medieval, instituciones religiosas, en su mayoría conventos, además de la ermita, hoy espacioso santuario, de la Virgen Patrona de Segovia, Ntra. Sra. de la Fuencisla. Inmediato a ella la Orden Carmelitana reformada levantó un convento en tiempo de San Juan de la Cruz, que fue prior del mismo y participó en su construcción. También la Orden de Predicadores estableció en plena Edad Media su convento en este lugar, Santa Cruz la Real, en el que se conserva una gruta donde, según tradición, estuvo retirado el propio fundador, santo Domingo de Guzmán.

            Entre estos dos conventos de órdenes mendicantes, y muy cerca de la primera fábrica de moneda que funcionó en Castilla, levantaron los monjes jerónimos su fundación segoviana, impulsada por el rey Enrique IV de Castilla en 1447.


El que actuó como patrono y mecenas fue el favorito del rey castellano Juan de Pacheco, Marqués de Villena, cuyo monumento sepulcral, como el de su esposa, María de Portocarrero, se encuentran en el presbiterio del templo monacal a los lados del retablo mayor, traídos ambos desde el extremeño monasterio de Guadalupe. El recinto monástico se halla también en la cercanía de la iglesia templaria de la Santa Cruz. El monasterio sufrió las consecuencias de la malhadada y feroz desamortización de Mendizábal y supresión de órdenes religiosas en 1835, que lo sumió, como a los demás de España, en una penosa ruina. Se restauró en 1925 por fray Manuel de la Sagrada Familia, mártir en 1936 y beatificado en 2013.



            El conjunto monacal se encuentra situado, por tanto, frente a la ciudad segoviana, de la que se contemplan desde su espléndido parque-jardín-huerta (que todo lo es), la torre románica de San Esteban, la más hermosa y gallarda de las que hay en Segovia, la catedral con su gran fábrica, destacadas la cúpula y torre; los campanarios románicos de San Esteban y San Andrés y el Alcázar, con su porte de cuento de hadas. Todo un panorama monumental envidiable, bajo el cual se extiende la ladera cubierta de espesa arboleda.

3. El edificio monástico.

            No entra en nuestro objetivo el hacer una detallada descripción de las dependencias del monasterio. Baste decir que posee tres claustros, además del pórtico de entrada, una vez que se traspasa la puerta conventual.   El más amplio de ellos, al que se entra pasando por el plateresco, es de estilo gótico-mudéjar, y a él al se abren las dependencias interiores. Multitud de puertas que dan acceso a salas, capillas y otros espacios, son testimonio de la evolución del estilo originario, el gótico, desde la sobriedad de sencillas ojivas hasta el despliegue ornamental de arcos carpaneles con jambas profusamente decoradas con motivos vegetales e imágenes. Este claustro mayor se abre a su interior por grandes arcos de herradura apuntada y alto barandal de piedra calada con figuraciones góticas. Una hermosa fuente lo centra, junto a tres cipreses y un espléndido abeto de gran altura. El segundo piso es de ventanas ojivales cerradas con cristalera, y en el lado en que se alza la torre de planta cuadrada, rematada por crestería plateresca, posee un tercer piso, una galería abuhardillada, abierta y sostenida por pilares de madera con zapatas, desde la cual se contemplan magníficas vistas de Segovia. El claustro se adorna en sus vanos interiores con macetas de pilistras. En uno de los rincones luce una bellísima imagen de María con el Niño Jesús, figura maternal de estilo gótico del XV con tendencia renacentista, estilo propio de la imaginería flamenca que tanto prosperó en España aquellos siglos. 


            En este claustro principal se abren puertas de celdas de la planta baja, de trazado ojival, y dependencias como la entrada a la iglesia mayor, entre ellas al refectorio, al salón de recreaciones y a la escalera que sube a la planta superior. Junto a ésta se abre otra que nos da entrada a un pequeño vestíbulo donde se encuentra el ascensor que sube a las dos plantas superiores, la primera con celdas de los monjes y la segunda con la hospedería y vivienda del Prior.


4. La hospedería.

            El mencionado recinto de la hospedería cuenta con diez habitaciones, sobrias pero suficientemente dotadas, con cuarto de aseo. Sin embargo, el criterio de la Comunidad es ocupar como máximo cuatro de ellas. Es una de las condiciones para mantener el clima de silencio que domina el monasterio, igual que la condición, previamente comunicada, de no salir del recinto monástico durante los días de estancia. Por ejemplo, no se puede ir, durante el tiempo libre, de visita turística a la ciudad y ni siquiera a visitar los conventos cercanos o el santuario de la Fuencisla. Parece una condición dura, pero basta entrar de lleno en el monasterio y en su jardín-huerta para quedar olvidado de cualquier otra cosa exterior.



            La primera sorpresa, gratísima, al entrar en la celda de huésped, en cuya pared frontal se abren dos ventanas con arco de medio punto, es contemplar el panorama que se ofrece de Segovia. Todo cuanto se puede ver desde el jardín y huerta se tiene a la vista, a la altura del cuerpo alto del edificio monástico. La perspectiva es fascinante, y pasa por la belleza de la luz de las diversas horas del día o de las situaciones de clima, cielo despejado o nubes; durante la noche los monumentos arquitectónicos y la arboleda que cubre la ladera tienen iluminación artística, que se mantiene hasta la media noche.

5. Otras dependencias comunes. Refectorio.

            Las refecciones (así llaman los monjes a las comidas) tienen lugar en un amplio refectorio de largas mesas (lisos gruesos tablones de nogal sobre pies de madera y asientos corridos a lo largo de los muros), artesonado de casetones ochavados de estilo renacentista, así como numerosas imágenes (un hermosos Crucifijo lo preside) y objetos en su pared trasera, como las orzas donde se guardaron otro tiempo las semillas, recipientes que se tapan con discos de madera donde se han incrustado cuernos de toro para asirlos. Esta pared trasera la cubre un buen tapiz con el escudo de España, con todo su simbolismo de historia gloriosa. Cada acto es iniciado con la bendición del Prior mediante versos de salmos alusivos al don de los alimentos por parte de Dios, a los que responden los comensales. Se sirven las mesas por los monjes de turno desde un carro en que aparecen fuentes y soperas. En las mesas cada comensal tiene a su servicio jarra de agua, botella de vino tinto, vinagreras y un bote de miel (detalle digno de notar). La comida se hace en silencio, con lectura en días de labor y música clásica en domingos y festivos. Al final se recita la acción de gracias y cada cual sale ya de manera indistinta (si alguno no ha terminado al sonar la campanilla del Prior, vuelve a sentarse para concluir).

6. El ámbito sagrado: capilla interior y templo principal.
           
            Una de las puertas del claustro mayor da entrada a la capilla interior, que es utilizada para la Liturgia de las Horas y la Eucaristía de días laborables, además de hallarse abierta al huésped para estar en serena oración. Esta capilla es u amplio, cubierta por artesonado de viguería tallada, con grandes zapatas en sus extremos. Tiene sillería lisa, tanto para la Comunidad como para los huéspedes, y sus paramentos se cubren con infinidad de pinturas e imágenes. Es difícil hallar un monasterio que acumule tanta cantidad de lienzos, relieves y pequeñas imágenes como el Parral, y esto no sólo en la mencionada capilla sino en todo el espacio monacal; es algo asombroso y puede explicarse al ser este monasterio el único cenobio de la Orden Jerónima de España y del mundo. Razones de tipo histórico y social pueden explicar este fenómeno 'acumulativo' de piezas de arte mayores y menores, que no vamos a detallar por exceder de nuestra finalidad, aunque algo precisaremos.




            La capilla interior está presidida por un magnífico Crucifijo de tamaño ligeramente inferior al humano normal, talla muy expresiva de Cristo muerto, que corresponde al estilo renacentista del XVI. A su izquierda, sobre barroca peana se sitúa una valiosa talla de San Jerónimo penitente, con la vestidura cardenalicia abierta y recogida en el brazo derecho, que tiene un Crucifijo en la mano, y en su izquierda sujeta una gruesa piedra con la que se golpea el pecho. A la derecha del Crucificado, en un retablo que contiene una pequeña hornacina, se muestra la joya más preciada del monasterio: la imagen románica de la primitiva imagen de la Virgen del Parral, del s. XII, que estuvo en una antigua ermita, en ese lugar y da nombre al cenobio.



            Pero es la gran iglesia mayor la que muestra la fastuosidad propia de los templos jerónimos, por desgracia reducidos hoy a éste. Es un templo de estilo gótico avanzado, de altas bóvedas con crucería sexpartita. Actualmente sólo se emplea los domingos y festivos para la Misa conventual. El presbiterio es muy amplio, con altares talerales y una gran mesa de altar en el centro. Está presidido por un espléndido retablo de madera policromada, de estilo renacentista, con escenas de la vida de la Virgen, obra de los entalladores Juan Martínez y Lucas Giraldo, ambos de Ávila. Coronado por un expresivo Calvario, lo presiden, en hornacinas superpuestas, una bellísima imagen de la Virgen, Nuestra Señora del Parral, con el Niño entre sus brazos y sostenido sobre su seno. El rostro de María es de una belleza excepcional y el Niño Jesús posee una gracia sin par, sonriente y casi juguetón.  En la hornacina central del cuerpo inferior se halla una magnífica escultura de San Jerónimo en oración, con el torso desnudo. A los lados del retablo se elevan dos en piedra centrados por arcosolios funerarios donde aparecen las esculturas orantes del  Marqués de Villana y su esposa, patronos del monasterio.



          La recitación sosegada de la salmodia litúrgica a lo largo del día y la Eucaristía, cuidadosamente celebrada, con altar y celebrantes revestidos de bellos paramentos, así como numerosas candelas encendidas, todo ello imprime a la celebración un carácter de unción que impregna el espíritu del que asiste con una honda sensación de presencia divina, que, si cabe, llega a su punto culminante, los días festivos, durante el acto de adoración al Santísimo Sacramento al final del Oficio de Vísperas. Este clima de recogimiento se mantiene a lo largo del día, desde la temprana hora de laudes, y no lo interrumpe, por ejemplo, el tiempo de las comidas, que merece un comentario más detallado, ante todo relativo a cómo se accede al mismo, pues no se entra de cualquier manera. A las que siguen a una celebración litúrgica (desayuno y almuerzo) camina la Comunidad y huéspedes en fila, pegados a los muros del claustro mayor, desde la capilla interior, y ocupa cada cual su puesto en el refectorio.
           
                  Nos queda presentar el ámbito paradisíaco del monasterio, el jardín. Pero nos hemos extendido mucho, y merece una buena extensión. Lo dejamos para otra entrega. 

domingo, 31 de enero de 2016

PRODIGIOS DE LA NATURALEZA



CREPÚSCULOS DE INVIERNO

Crepúsculo: Claridad que hay al amanecer o al atardecer, cuando el sol no ha salido todavía o se ha ocultado ya. Concepto explicado por el Diccionario de Julio Casares.

Este bloguero tiene el regalo de habitar en un piso ático, situado en la provincia de Jaén, sin obstáculos que oculten el horizonte, lo que permite ver el paisaje en un semicírculo de 180º, desde cuya terraza se  abarca desde la sierra de Cazorla, a oriente, hasta los llanos de Bailén, a occidente. Panorama fascinante, sobre todo de montañas, algunas de gran altitud, como Sierra Mágina, en cuyas laderas se recuestan pueblos de dimensiones pequeñas y medianas, que en las noches claras rebrillan espléndidamente y también ponen su contrapunto de luz en atardeceres y amaneceres. En uno de los puntos más distantes, bajo la noble mole pétrea de Jabalcuz, la capital aparece iluminada en una extensa franja, sobre la cual luce el castillo de Santa Catalina, destacado por su iluminación artística. Con un buen teleobjetivo se pueden obtener espectaculares fotografías, como si tuviéramos a Jaén delante mismo de la casa, en los terrenos deportivos inmediatos. Y ello a los diversos momentos del día, pero sobre todo a la luz del crepúsculo.


Jaén visto en la lejanía, en un atardecer. Arriba, el castillo de Santa Catalina y Parador 

Ello es posible porque este entorno ambiental es natural 'escenario' de increíbles fenómenos en los que la luz juega un papel decisivo a cualquier hora del día o de la noche. Como ejemplo destacado, se pueden contemplar las elevadas montañas, si el año lo propicia con abundantes nevadas, revestidas de blanco velo brillante, manto que es bañado por la luz rosácea del crepúsculo matinal o vespertino, que les imprime un color admirable.


Sierras Mágina y Aznaitín, nevadas, al amanecer, con un pueblo al pie

Pero hay un fenómeno atmosférico que, por excelencia de cuantos puedan darse en estos paisajes, proporciona al contemplador ocasiones innumerables (así es, sin exageración) de extasiarse ante el espectáculo, incomparable con cualquier otro logrado por artificio humano, de la luz del crepúsculo, en la naciente mañana o el atardecer, algo que puede extenderse hasta la salida o la puesta de sol, que ya no es crepúsculo en sentido exacto. La luz del amanecer, o al atardecer, en sus cambiantes momentos, a veces de duración increíblemente breve, ofrece tal cúmulo de ocasiones de sublime belleza, que ya las quisieran para sí los más diestros pintores impresionistas.


Cambiantes colores del amanecer sobre la ciudad

 Mas, sobre todas las ocasiones en que estos fenómenos se producen, hay un periodo del año en que tales espectáculos naturales alcanzan las cotas de mayor esplendor y más variadas formas de presentarse: es en invierno, o, para ampliar un poco el lapso de tiempo, el otoño-invierno. Desde los ya declinantes días de noviembre hasta un avanzado febrero, las mañanas y tardes en que nos sorprende la cambiante coloración del cielo, abundan mucho más que en otros periodos, aunque nunca hay que descartar ocasiones memorables por su maravilloso aspecto. 


Crepúsculo al atardecer con nubes desflecadas

Y, una observación importante: las posibilidades de contemplar uno de estos fastuosos despliegues de luz requieren un elemento atmosférico que casi podemos calificar de imprescindible: las nubes. Sin formaciones nubosas, no de cielos cerrados sino de formas más o menos sueltas, aborregadas, en franjas alargadas, en cúmulos algodonosos, en desflecadas rachas de nubosidad, es prácticamente imposible que pueda darse un crepúsculo de singular hermosura. Aunque también se dan prodigios de luz en días de nubosidad densa, si se abre a retazos la masa nubosa y se derraman los haces de sol entre los rompientes cúmulos.


Haces de sol en un próximo atardecer

De lo que no hay duda es de que con el cielo raso, limpio de nubes, aunque pueda tener una luminosidad deslumbrante, nunca la luz se detendrá, por así decir, en bañar de amarillos, rojos y morados destellantes algo que no se encuentra en el cielo. Por el contrario, las mañanas y tardes de variable y suelta nubosidad ofrecen una propicia ocasión a la luz solar que va avanzando en el amanecer o retirándose tras la puesta sol, para que sus oblicuos reflejos bañen esas formaciones nubosas aludidas. Es entonces cuando, recién levantados o al estar trabajando ante la puerta acristalada de la terraza, somos sorprendidos por el fenómeno lumínico de incomparable belleza y grandiosidad, que, aparte de la admiración que suscita, hace surgir de lo profundo de la interioridad el recuerdo inevitable del Autor de estas maravillas, que pone la maestría de su mano en juego para crear este momento irrepetible (cada crepúsculo es único, aunque puedan parecerse) de plenitud estética  que ninguna mano humana puede conseguir.


Fascinante colorido del cielo al amanecer

Hay una variedad pasmosa de crepúsculos, que, en su mayor parte, vienen determinados por la configuración de las nubes, como antes he dicho, nubes que cubren todo el espacio celeste o sólo se arraciman en una parte. No es posible describir tanta variedad. Un excelente amigo me ha enviado una fotografía de amanecer, de colorido bellísimo, que tiene mucha semejanza con los que se contemplan desde mi terraza.       


Amanecer sobre el monasterio de Buenafuente del Sistal (Guadalajara)

En tales ocasiones se despierta el recuerdo de textos que hacen alusión a esos fenómenos naturales y de gratitud hacia su Autor. Los salmos abundan en expresiones de ese estilo, como el comienzo del 18: "El cielo proclama la gloria de Dios, /el firmamento pregona la obra de sus manos./ El día al día le pasa el mensaje,/ la noche a la noche se lo susurra" (El último verso alude a otro fenómeno fascinante: la noche estrellada, que en atmósfera clara de altas montañas, destella en innumerable luminaria). También el gran salmo a Dios creador, el 103, hace alusiones a la belleza del cielo.

Es tarea imposible el intentar hacer una descripción de estos fenómenos de excepcional belleza, que, por otro lado, poseen una enorme fugacidad. A veces bastan segundos para que un arrebol portentoso 'degenere', por así decir, en una nubosidad más o menos grisácea, aunque, en general, el crepúsculo presenta un proceso de colorido variante, que puede variar desde un incipiente añil hasta el rojo intenso, para irse apagando en tonos violáceos hasta perder el color por completo.


Del oro al gris sobre las torres de la ciudad

Gracias a Dios, sin embargo, contamos con la excelente técnica fotográfica para retener esos momentos irrepetibles en su progresiva varianza y poderlos disfrutar, por ejemplo como fondo de escritorio del ordenador o un sencillo repaso de los que tengamos archivados, o bien ofrecerlos a los amigos, que los suelen agradecer. Es una contemplación que relaja el ánimo, lo ensancha y lo renueva, al percibir la maravilla de la creación. Y pueden ocurrir coincidencias singulares, como un sencillo colorido al amanecer, pero con la luna en salida muy tardía.


Suave luz de amanecida, con luna llena.

O bien, se nos regalan auténticos espectáculos luminosos, si al declinar el sol por la tarde se encuentran acumulaciones nubosas que aparecen ribeteadas de luz radiante y componen un fenómeno de asombroso luminar, inimaginable por la fantasía más febril, hasta que se nos ofrece su veraz contemplación, dejándonos sumidos en la admiración más elevada.


Puesta de sol invernal con nubes ribeteadas de luz

Todo esto nos hace exclamar, poseídos de renovada y nunca agotada admiración, el verso con el que comienza el aludido salmo-himno 103: "DIOS MÍO, ¡QUÉ GRANDE ERES!. TE VISTES DE BELLEZA Y MAJESTAD, LA LUZ TE ENVUELVE COMO UN MANTO".

sábado, 9 de enero de 2016

DE LA FIESTA DE NAVIDAD Y SUS PARADOJAS

MANIPULACIÓN Y AUTENTICIDAD: LOS MAGOS.

Las complicaciones propias de las fiestas navideñas (poner 'nacimientos' en casa, algunas compras, encuentros familiares y otras), dejan poco margen para ocuparse de 'escapadas literarias'. Así, este blog ha quedado en un segundo plano de la atención. 





'Nacimiento', o 'Belén' familiar

Pero cuando ya se termina este tiempo de especial significado y denso contenido, el día mismo de la Epifanía, de Reyes, nos encontramos con uno de los aspectos más atractivos y la vez más degenerados de los que se contemplan en el gran escenario de la Navidad. Y esa degeneración es debida, en buena parte, a la pérdida del sentido auténtico de estas festividades, de lo que la publicidad y la parafernalia comercial son muestra muy expresiva. Me refiero a una faceta de las más bellas y de la mayor trascendencia humana, teológica y litúrgica (para los cristianos orientales de raíz griega, la festividad más importante y central): es la ya citada fiesta de la Epifanía del Señor, que viene dada por una celebración original, la adoración de los Magos al Niño Jesús. En la Iglesia griega es la festividad principal de Navidad; la fiesta del 25 de diciembre (con la idílica adoración de los pastores, tras el anuncio angélico) pertenece a la


El Greco. Adoración de los pastores


Iglesia latina, occidental. 

Pues bien: si existe una festividad de origen cristiano más aviesamente maltratada es esta de la Epifanía, y si se dan unas figuras más tergiversadas, manipuladas y hasta podríamos decir ridiculizadas entre las que aparecen en el panorama cristino, son las de los Magos de Oriente, que encarnan la búsqueda y el encuentro de los pueblos gentiles, o sea, paganos, con el Dios vivo revelado al pueblo de Israel y extendido, tras la muerte y resurrección de Jesús, a los propios pueblos extranjeros al de la primitiva Alianza (los gentiles, en lenguaje bíblico). La promesa de salvación dirigida al pueblo judío tiene como figura culminante, en el cenit de la historia, a Jesús de Nazaret, el Mesías anunciado por los profetas; pero ese Salvador es rechazado por los dirigentes del pueblo hasta hacerlo matar en una cruz (la forma de muerte más infamante de aquella época), y siguen manteniendo su rechazo durante los siglos siguientes hasta hoy, salvo casos particulares de conversión; mas como pueblo, en conjunto, lo sigue rechazando.

Los Magos (en ningún momento se habla de 'reyes' en el texto evangélico mateano, sino que ese término implica ya una transformación que arranca de algunos salmos -el 71 sobre todo- y profecías, hasta el extremo de haberse afirmado por algunos que los Reyes Magos -figura ya deformada- procedían de Tarsis, el Tartesos ibérico, situado en el extremo de la península más occidental conocida en la antigüedad), son sabios orientales, probablemente persas, que se dedican a la astrología. 



Los magos, en comitiva nocturna, camino de Belén

Es impresionante y conmovedora la figura venerable de aquellos sabios, que se dejaron guiar por una misteriosa estrella (no entremos en las cábalas de las investigación astronómica e histórica), hasta la Jerusalén judaica, y preguntan por un "nacido rey de los judíos, del que hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo", indagación que conmueve hasta la raíz al perverso Herodes el Grande (uno de los mayores criminales de la historia), y con él a toda Jerusalén, incluidos los sabios escribas y doctores de la Ley, que dan el dato exacto, pero no mueven un dedo para ir a adorar a ese rey anunciado por los profetas.

Las personas de estos magos, que, efectivamente, se dirigen a la Belén indicada por la profecía y adoran al Niño Jesús, al que ofrecen los espléndidos dones, que se han interpretado como signos de su triple condición: oro, como Rey, incienso, como Dios, y mirra (el perfume que se emplea para embalsamar el cuerpo difunto), como Redentor. Estas figuras y su gesto de donación de regalos ha sufrido la aludida tergiversación y manipulación a lo largo de la historia, desde muchos siglos atrás; y comienza por la 'conversión' de sus personas de sabios inquietos que buscan un 'Alguien' que tiene sentido y significado absoluto, en unos monarcas cuya imagen 'política', aunque piadosa -con toda la parafernalia de comitivas regias con que la han revestido los artistas, desde los miniaturistas medievales a los insignes barrocos, como Tiziano o Rubens-.



Comienza el 'cambio' de Magos a Reyes: Miniatura de un libro de Horas (s. XV)


Confirmación del cambio: Adoración de los Reyes. Cornelis de Vos (s. XVI)

Esta tergiversación alcanza en la época moderna un grado tal de estupidez y ridiculez que llena de asombro a quien contempla este fenómeno. No ya el manejo interesado de convertir la fiesta de la Epifanía en un reclamo para hacer regalos a niños y mayores, hasta el indecente consumismo azuzado por la perversa publicidad que nos aturde. Los 'Reyes Magos', aparte de cabalgatas y otros jaleos, han llegado a convertirse con frecuencia en muñequillos de aspecto infantiloide -algo semejante a la figura también falseada del nórdico y anglosajón Papá Noel-, manejados en caricaturas y reclamos comerciales.

La deformación de los Magos ha llegado hasta la canción popular, los villancicos, no sabemos en qué momento, pero hace muchos años: "Ya vienen los Reyes Magos caminito de Belén, cargaditos de juguetes, para al Niño entretener"... ¡Qué tergiversación más penosa del acto de adoración y ofrenda al Mesías!... Juguetes para entretener al Niño... Y lo cantamos con toda naturalidad, como si fuera ese el objetivo de los regalos regios...  En este año de 2016, en Madrid, la fobia anticristiana de una impresentable alcaldesa ha transformado la imagen de los Magos, para la cabalgata tradicional (ya que no se ha atrevido a suprimirla, como hubiera preferido), en unos fantoches carnavalescos de vestiduras falsamente festivas...

En resumen, es digno de notar el proceso, digamos, 'destructivo', por deformador, de lo que se mueve en torno a estas figuras venerables del mundo navideño, que en su momento hicieron temblar con su pregunta ("¿Dónde ha nacido el Rey de los Judios?") al implacable déspota oriental, Herodes, siempre en actitud de sospecha hacia cuantos pudieran constituir un peligro, real o imaginario para su ansia de poder exclusivo, aunque fueran sus hijos (mandó matar a tres de ellos, y desencadenará la matanza de los niños inocentes de Belén y su comarca). Si de la Navidad se ha hecho un objeto de 'uso y abuso', de consumo, en nombre de una alegría que ha llegado, en innumerables casos, a desvincularse de su base referencial del nacimiento del Salvador, la imagen de los Magos es, tal vez, la más deformada de cuantas existen en torno a ese acontecimiento capital, que divide en dos la historia humana. Pero, en fin, dejémoslo, en cuanto a sus personas, en Reyes, como los representa muy ampliamente, el arte cristiano: La adoración de los Reyes Magos. 



Adoración de los Reyes. Retablo del monasterio de El Paular (s. XV)

Sin embargo, aprendamos de su sabiduría científica verdadera la inquietud para no quedarse en su cómodo 'observatorio astronómico', sino que, como ellos dejemonos guiar por la Estrella anunciadora de la gran noticia, la mayor de toda la historia cósmica y humana, como anunciaron los ángeles a los humildes pastores:"Os traigo una gran noticia: en Belén de Judá os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor".


  

miércoles, 16 de diciembre de 2015

MENSAJEROS DE LO DIVINO

TIEMPO DE ÁNGELES

            No es cosa de seguir con la escatología y sus acentos 'tremendistas' en pleno mes de diciembre, a tres días del 18, la fiesta de la Expectación del parto de Nuestra Señora la Virgen María, o sea, la Virgen de la Esperanza, la Virgen de la O (por las antífonas de las Vísperas de esa semana, hasta el día 24, que comienzan con la exclamación admirativa: ¡Oh... ! y evocan los nombres del esperado Redentor). Dejemos la escatología para la Cuaresma, con su llamada al recogimiento y el recitado del 'Miserere' penitencial.

            Es tiempo de ángeles, ángeles y arcángeles que pueblan los aires y traen mensajes misteriosos, incomprensibles para el pobre caletre del ser humano sumido en la postración de sus limitaciones..., aunque presuma de lo contrario. 


Ángeles que se dejan ver y oír, que acuden a visitar en la casa humilde de una muchacha nazaretana y le anuncian algo absolutamente insólito (¿será posible?): "Alégrate, agraciada... No tema, María, concebirás y darás a luz un hijo, que llamarás Jesús... Es Hijo del Altísimo y salvará a su pueblo...Para Dios nada hay imposible".


Ángeles misteriosos, que se dejan adivinar en el sueño de un varón sencillo, un joven enamorado sumido en la confusión y el desencanto... "Pero, ¿es posible..., ella, María, la casi intocable...? ¿Qué hacer... ?. No, no voy a denunciarla y ponerla en evidencia, como adúltera, ante el pueblo..., que la apedreará hasta morir. No. La dejaré en secreto..., me alejo, me voy de Nazaret, si es preciso..., pero denunciarla, eso no...Ya está... ¡Qué sueño tengo, Señor, qué cansancio!..." Y la voz sugerente, el aviso del ángel invisible: "No temas, José, hijo de David..., lo que hay en María viene del Espíritu Santo... Te la puedes llevar tranquilo a casa". El alivio en la fe, porque este hombre justo no entiende nada, pero acepta a su esposa, a María, encinta.



            Tiempo de ángeles. Ángeles mensajeros: "No temáis; os traigo una buena noticia. En la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías el Señor... Un niño acostado en un pesebre...". Ángeles, legión de ángeles músicos... "¡¡¡ Gloria a Dios en el cielo...!!!". Ángeles que tañen vihuelas, clavicémbalos, violas de gamba, arpas, flautas.., brincando revoloteando entre nubes, imaginados por artistas soñadores, sondeadores del misterio.


            Ángeles protectores, vigilantes, aunque otra vez en el sueño: "Levántate, toma al niño y a su madre y vete a Egipto hasta que yo te avise". Y José se levantó, de noche y marchó a Egipto.

            Tiempo de seres que evocan los cantos litúrgicos y piadosos:

"Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal"



            "Pero, bueno, oiga: ¿en qué quedamos?", nos dice el sesudo pensador, el hombre de ciencia experimental...¿Ángeles?...¿No es eso una reminiscencia de las culturas mesopotámicas, de Babilonia, Asiria, Persia... ¡Ángeles..., querubines...! ¿no eran los animales alados, con caras de hombre y altas coronas, que guardaban las avenidas y puertas regias en las capitales de esos reinos..., e imponían respeto y hasta terror?... Es verdad que pasaron a libros proféticos del Antiguo Testamento y de ahí incluso al Nuevo... Pero, ¡a estas alturas!. Y esto se ha difundido entre creyentes que se estiman fieles serios, hasta entre clérigos y ¡teólogos!. los 'científicos de los divino'. Así está 'la cosa'.

            Sin embargo, el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado antesdeayer, como quien dice, el 11 de octubre de 1992, en cumplimiento del mandato del Concilio Vaticano II, con la firma de un papa penúltimo, hoy canonizado, San Juan Pablo II, este texto que se considera la 'doctrina oficial de la fe católica' de su Iglesia, y que por tanto, debe ser creído por lo fieles de la misma, nos habla de los ángeles en un montón de apartados (basta consultar el índice temático del Catecismo en su epígrafe "Ángel" para ver la abundancia de referencias). Baste sólo un breve punto, el 328: "La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición". las dos fuentes de la revelación divina, Escritura y Tradición, están, por tanto de acuerdo 'unánimemente'.... Para saber la seriedad, la 'gravedad' del asunto, de cómo hay que acoger esta afirmación, consúltese el punto 150 del mismo Catecismo.


            Tiempo de ángeles, tiempo fascinante, en el que, en cierto modo, Dios se desborda y se vuelca sobre el mundo hechura suya, sobre el cosmos, las criaturas astrales y terrestres, y lo hace por medio de sus mensajeros, lo ángeles, millares de seres a sus órdenes. Su visión es irresistible para el hombre, de modo que generalmente el propio ángel da la capacidad de soportarlo con la frase "No temas. Sin embargo, en las legiones de ángeles que anuncian la Navidad a los pastores cercanos a Belén y cantan alabanzas a Dios, no hay señal de pasmo ni terror, sino de felicidad. Y los pastores lo creen enseguida y salen corriendo a Belén: "Vamos a ver esto que nos ha dicho el Señor".


            Tiempo de maravillas, en el que Dios, inexplicablemente, se hace niño desvalido, cercano a nosotros. ¿Estamos en condiciones de recibirlo, o, acaso, tan distraídos preparando cenas y convites, con langostinos, pavos trufados, dulces cavas y licores, que ni nos enteramos de qué va ese anuncio? ¿Tendrá que aplicársenos la frase profética de Isaías en la que tiene su origen la tradicional presencia del asno y el buey en el Portal de Belén?: "Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no entiende" (Is 1, 3)




            Que los santos ángeles nos guarden y traigan con sus cánticos el mensaje de la Sabiduría, que se encarna parta los sencillos de corazón y se oculta a los sabios y entendidos de este mundo.  

sábado, 5 de diciembre de 2015

LA ESCATOLOGÍA EN LAS ARTES PLÁSTICAS

TIEMPO ESCATOLÓGICO Y PROYECCIÓN EN EL ARTE

Escatología: "Conjunto de creencias y doctrina referentes a la vida de ultratumba". Es el sentido originario, derivado del término griego 'eskhaton' o 'eschaton' , que significa 'ultimidad', 'vida futura del ultramundo'. Tiene, además, una derivación vulgar y retorcida, que también recoge el diccionario ideológico de Julio Casares, que refiere el término a las 'cosas excrementicias', sin duda por su relación con la podredumbre del cuerpo muerto. Aquí vamos a utilizar el vocablo en su sentido auténtico, referido a la ultimidad de la existencia y su tránsito, es decir, el paso o 'pascua', al más allá, a la 'vida después de la vida' (¿la hay realmente?... La fe cristiana y la 'intuición' humana casi universal dicen que sí) y al tiempo que la precede en el más acá, que incluye ese momento terrible, aunque otros lo llamen 'esperanzado', que es el juicio, la comparecencia ante el Juez, que valorará las obras de cada uno según la medida que, de diversas maneras y con la imagen de algunas parábolas, recoge el Evangelio. Es el momento que evoca ese himno impresionante, utilizado antes en la liturgia de difuntos, hasta las reformas del Concilio Vaticano II, que es conocido con sus dos palabras iniciales, "Dies irae" (Día de la ira), y que la concepción más actual de ese momento subsiguiente a la muerte, como un encuentro con Cristo redentor o con Dios y Padre misericordioso, ha desplazado de la liturgia actual el uso del himno, que subyugó a los compositores desde el clasicismo mozartiano, y más aún a los románticos, que compusieron obras de un acento estremecedor (con excesiva carga 'tremendista' en su mayor parte, algo muy comprensible según el trágico sentimiento de la existencia y su final desenlace que tuvieron en esa época cultural)

            ¿Se puede ofrecer  en un blog algo tan trascendente y, diríamos, 'imponente' como es todo lo que se refiere a la escatología, a la ultimidad de la existencia, y los  interrogantes que suscita (irresolubles con los recursos humanos), como son las expectativas ultraterrenas? Lo vamos a intentar con un enfoque un tanto 'lateral', referido a la influencia ejercida en la cultura.


Un sereno atardecer de la existencia en el mar de la vida

            Tras celebrar la fiesta de Todos los Santos y el recuerdo orante de los fieles difuntos, hemos concluido el año litúrgico cristiano. El final cronológico del año viejo y comienzo del nuevo, según el calendario civil, ese 'montaje' como fiesta de la inconsciencia y el júbilo (jolgorio más bien) iluso, nada tienen que ver con la vida litúrgica cristiana, que mira el tiempo desde la realidad de la necesidad de redención del hombre caído, que se verifica en la Encarnación del Verbo. Es lo que vamos a celebrar y contemplar a partir del tiempo de Adviento, recién comenzado, y de corta duración, sólo cuatro semanas, pero que tiene un indudable acento escatológico, pues no se propone celebrar tan sólo la venida en carne mortal del Verbo de Dios, el Hijo, como sucedió hace más de veinte siglos, sino de esperar también la segunda venida, la definitiva, y esto es pura escatología.

            Tiempo escatológico, tiempo de incisivas cuestiones, que pueden preocupar (y ocupar) el interés y la memoria de las personas, incluso de no creyentes religiosos, aunque también pueda derivarse hoy una tendencia a la trivialización, fruto probable del miedo y hasta pavor suscitados por el misterio impenetrable de esas realidades que el ser humano es incapaz de penetrar y que se resiste a aceptar de buen grado. Baste mencionar todo el amplio panorama estúpidamente festivo y con acentos comerciales que constituye esa 'fantasmada', en gran parte ridícula, de la fiesta de Halloween. Es la 'comedia del miedo' la que desarrolla su 'danza cómico-tétrica' en esa necia celebración.

            El tema escatológico ocupa en la teología un lugar importante. Y ha ejercido una innegable proyección en el mundo de la cultura. El misterio sobrecogedor que se abre hacia un futuro post mortem, ha poblado la imaginación de artistas plásticos, escritores y músicos. Pero no es nuestra intención entrar en tan intrincadas disquisiciones; quede tarea de tanta enjundia para el academicismo intelectual. Nos vamos a mover en un plano más asequible, aunque apuntando hacia lo alto. El inmenso ámbito de la creatividad artística es el que vamos a surcar, sin intención (ni posibilidad) de agotarlo. Baste sólo tocar algunos aspectos que nos suscitan interés.

            Para comenzar, la representación del sentido último de la vida, el paso al encuentro con Dios Padre o con Jesucristo, Juez supremo, tiene su imagen más antigua en el arte románico y bizantino, con una figura nada 'terrible', aunque sí 'imponente', por el tema en sí y por el lugar donde solía situarse. Es la imagen del Pantocrator, Dios y Señor de la existencia, como Juez supremo, que ocupa el centro de la bóveda de los ábsides en los templos, mediante fascinantes composiciones en mosaico y en frescos de pintura. En España tenemos algunas de las más espléndidas imágenes pintadas, como la de San Clemente, de Tahull, hoy en el museo de Arte de Cataluña.


Pantocrator de San Clemente, de Tahull (Museo de Arte de Cataluña).
Cristo, en actitud mayestática, aparece rodeado de ángeles 
y los símbolos de los cuatro evangelistas 

           La imagen del Pantocrátor, en escultura, es la que preside los tímpanos de las grandes catedrales y abadías románicas, como en el Pórtico de la Gloria compostelano, pero también en otras portadas, como la de la iglesia de San Juan, en Moarves de Ojeda (Palencia).


Cristo Pantocrator (det). Iglesia de San Juan. Moarves de Ojeda (Palencia)

            La imponente revelación apocalíptica y sus vicisitudes ha sido representada en figuras sorprendentes, que desbordan toda fantasía, por los anónimos autores de los Beatos mozárabes hispánicos, para ilustrar los comentarios del monje del siglo VIII Beato de Liébana que da nombre a esos códices miniados, sobre el texto del Apocalipsis, un texto no de terror sino de esperanza, aunque muchos lo ignoren o tergiversen.


Visión del Cordero rodeado de bienventurados y ángeles músicos
(Beato de Valcavado)

            En la Baja Edad Media, sobre todo en los finales del siglo XIII y todo el XIV, como consecuencia de los terrores despertados por las epidemias de peste, que asolaron Europa y redujeron drásticamente las poblaciones de todas las urbes, surgió un movimiento de compulsiva penitencia y se difundieron entre el pueblo las danzas de la muerte, que destacaban los aspectos más tétricos de aquel ambiente sumido en el espanto. Más tarde, en plena eclosión del arte renacentista, el Apocalipsis fue ilustrado por el genio insuperable de Alberto Durero, en sus grabados sobre las más fascinantes páginas del mismo libro sagrado. La realidad escatológica se nos muestra en ambas obras de arte con una intensidad, un valor gráfico y un fascinante poder expresivo que hacen insoslayable su contemplación e incitan a volver una vez y otra a mirarlas con asombro.


Alberto Durero: Los jinetes del Apocalipsis cabalgan avasalladores.
(Grabado para el Apocalipsis)

            En el mundo de la pintura se ha logrado, diríamos, la 'creación' (si es que eso se puede decir del hombre) de una obra absolutamente genial, única, que podemos calificar como el modelo de ese mundo ultramundano: el inmenso fresco del Juicio Final, pintado por Miguel Ángel Buonarroti para cubrir el enorme espacio de la pared frontal de la Capilla Sixtina, en el Vaticano. Algunas de la escenas de la bóveda de aquel magno recinto, de la misma mano genial, tienen igualmente claro sentido escatológico. La Tentación de Adán y Eva y su expulsión del Paraíso, como la dinámica aterrada del Diluvio universal, poseen un innegable 'mensaje' que desemboca en la escatología. Pero es el gran fresco que preside la Capilla el que concentra todo un mundo interrelacionado, que se mueva arrebatada y febrilmente en torno a la figura poderosísima del Cristo, Juez supremo.


El Juicio Final. Det de Cristo Juez y santos. Miguel Angel: Capilla Sixtina. Roma.

             En la imponente escena aparecen las imágenes de los santos, que, dominados por el asombro y, diríamos, hasta cierto pavor, pugnan por mostrar los símbolos de su identidad a modo de 'cédulas' que aseguren su salvación, en medio de la vorágine suscitada por las trompetas que esgrimen los ángeles apocalípticos, así como los rostros en parte serenos pero llenos de ímpetu ascensional de los demás elegidos. Todo ello refleja una pasión y un temblor que sobrecogen al contemplarlos. Baste, como figura resumen, la imagen de María, la Virgen Madre de Cristo, a su derecha, recogida (¿y 'encogida'?), con la cabeza vuelta hacia el lado opuesto a su Hijo, con gesto de sorpresa y hasta de cierto temor, para hacernos idea de lo que el genio florentino quiso mostrar en cuanto a la 'terribilitá' de la inmensa vorágine conclusiva del tiempo terrenal. Es la insuperable plasmación del "Dies irae".


Imagen de la Virgen en el fresco del Juicio Final. Miguel Ángel.

           La doctrina católica posterior, sobre todo tras el Concilio Vaticano II, ha subrayado aspectos más amables de la idea del Juicio, con la figura de Cristo como Juez misericordioso. Pero son innegables los párrafos de los evangelios de Mateo y Lucas, donde se expone el final del mundo con tintes que inspiran temor. Así se patentiza en las zonas inferiores del gran fresco de la Sixtina. Frente a la fuerza ascensional de los elegidos, impulsado y atraídos por ángeles algunos de ellos, hallamos el pavor de los rostros de los condenados, a los que los demonios arrastran y hunden en el inferior mundo espantoso (donde hay que dejar toda esperanza, según el letrero que Dante coloca sobre la puerta del Infierno). Todo este conjunto de imágenes, que palpitan con dinamismo sobrecogedor,  constituye un expresivo tratado de magnitud colosal acerca de las realidades escatológicas.

 Un condenado arrastrado por un demonio. Det del Juicio Final.  Migeul Ángel.

            En el periodo barroco la doctrina sobre las ultimidades alcanzó una relevancia destacada, como exhortación a la conversión, centrándose en aquellas las realidades. En España tuvimos un artista, el pintor Juan de Valdés Leal, que, por encargo del fundador del hospital de la Santa Caridad, en Sevilla, don Miguel de Mañara, dejó dos lienzos sobrecogedores, con una expresiva representación simbólica de la finitud del tiempo y de todas las grandezas de este mundo, pinturas que pueden admirarse en el lugar para el que fueron realizadas, la iglesia de ese hospital. El primero, con el título "In icto oculi"  (En un abrir y cerrar de ojos) muestra la rapidez con que el tiempo arrastra todos los honores de este mundo, saberes, arte, ciencia.. El segundo, más 'espantable' aún, nos muestra, en los cadáveres corruptos de un  obispo y un noble caballero, la finitud de las glorias de esta vida, y se titula "Sic transit gloriae mundi" (Así pasa la gloria del mundo). Pura escatología, terrible fuerza de las postrimerías: "Todo se pasa", dirá Santa Teresa de Jesús en su famosa exhortación a confiar definitivamente sólo en Dios: "Sólo Dios basta".  


"In icto oculi". Valdés Leal. Iglesia de la Caridad. Sevilla

"Sic transit gloriae mundi". Valdés Leal.
 Iglesia de la Caridad . Sevilla 

            Para concluir nuestra visión del mundo de las artes plásticas en relación con la escatología no podemos omitir el nombre de otro de los grandes genios del siglo XVI, el llamado 'pintor de lo invisible', Doménico Greco, que concibe una obra espléndida de neta inspiración escatológica, la indebidamente denominada 'Gloria de Felipe II', cuando el rey prudente no aparece en este lienzo sino en actitud de rendida adoración. La denominación real es "Adoración del nombre de Jesús", y se inspira en la segunda parte del conocido como 'himno kenótico' de la carta paulina a los Filipenses: "Ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo": Ángeles, santos, el rey más poderoso de la tierra en aquel momento, y los que se debaten en el tormento del abismo (dentro de las abiertas fauces del dragón) adoran el anagrama de Cristo (J H S), que centra el rompimiento de gloria de la mitad superior del lienzo. Aquí se excluyen los aspectos terribles del gran fresco miguelangelesco para exaltar otros más gratos del supramundo, con características que abren el ánimo a la esperanza.


Adoración del Nombre de Jesús. El Greco. El Escorial

            Así pues, las artes plásticas, durante muchos siglos, se ponen al servicio de los conceptos trascendentes para hacer una fuerte llamada hacia esos ignotos ámbitos que constituyen la materia de la que se ocupa la escatología. Mas no es tan sólo este campo en el que tan radicales asuntos llenan el mundo de las bellas artes. Hay otra de ellas, la más 'espiritual' o inmaterial, la música, en la que el influjo del mundo trascendente ultraterrenal ha dejado huella. Pero dejemos esto para otra ocasión.    


domingo, 1 de noviembre de 2015

LUZ EN LAS NUBES

PRESENCIA Y MISTERIO DE LA LUZ EN LAS NUBES


¿Que hay detrás o dentro de este título algo 'cabalístico' y aparentemente fantasioso?. Después del 'atracón' de arte de las últimas entradas, bien puede uno permitirse una digresión orientada a otros niveles y motivada por otros ámbitos de realidad, aunque podría suceder al final que nos encontráramos abocados a los altos niveles que hemos percibido en lo antes comentado.

"Estar en las nubes", una expresión bastante común para referirla, sobre todo,. a personas que tienden a despreocuparse de la inmediatez cotidiana y 'pedestre' para 'escaparse', huir o situarse en un mundo imaginario, abstracto, un tanto onírico, en cualquier caso alejado en más o menos medida de la realidad 'real', tangible y manejable, que constituye el objeto de la ocupación y hasta preocupación del común de los mortales.

Pues no va por ahí el tema. No vamos a desplegar una panoplia de razonamientos en apoyo o descalificación de lo que acabamos de decir. Nuestras apreciaciones, ideas o consideraciones van a centrarse del modo más directo sobre esas dos realidades físicas que indica el título más arriba; vamos a hablar, sencillamente, de la luz y las nubes.

Dos 'entes' físicos, uno tan esencial para la vida que sin él no cabe pensar en la existencia de seres vivos. "Hágase la luz", dice el Génesis al principio al contarnos con imágenes de gran simbolismo, el fenómeno de la creación... "Y la luz se hizo", continúa el relato. Después, viene lo demás, tierra, mar, plantas, animales y el hombre (varón y mujer), pero esto ocurre 'después', tras la aparición fulgurante de la luz, condición esencial de vida...


Por cierto, y esto es una digresión en la digresión que nos ocupa: Si hay algún aficionado a la música, la gran música por supuesto, tal vez conozca una de las obras cumbres del clasicismo musical: el oratorio "La Creación", de Joseph Haydn, el gran maestro al servicio del príncipe Esterhazy. En los pasajes iniciales, que siguen el texto del Génesis, se narra la creación de la luz. Y en el momento en que el barítono exclama: "Y la luz se hizo", un fortísimo acorde en crescendo, pero extraordinariamente armónico, en el que predomina toda la cuerda de la orquesta, irrumpe prodigiosamente y llena por completo el ambiente, el aire diríamos, sumergiendo al oyente en una plenitud de sobrecogedor asombro, pero carente de cualquier acento terrible. Todo es hondura, altura y profundidad, que embargan el ánimo del oyente en una vivencia que no puede menos de calificarse como 'luminosa'. 


Joseph Haydn

Es uno de los supremos prodigios que se pueden experimentar en la gran música... Y es sólo un acorde, prolongado, denso, absoluto.: ¡EXISTE LA LUZ!, ¡PUEDE COMENZAR LA VIDA!. Para encontrar una imagen visual de este prodigio, que nos llevaría al plano más alto de lo trascendente, hay que recurrir a otro genio universal, el máximo, éste de las artes plásticas, Miguel Ángel Buonarrotti, y su inmensa, increíble obra pictórica suprema: la Capilla Sixtina del Vaticano. En su bóveda despliega el artista los sucesos primeros del Génesis, ante todo, la creación. Una de las escenas formidables que pintó, la segunda, es la creación de la luz, allí representada, no por el sol, que es otra cosa, sino por una expansión lunínica, en circulo que podemos imaginar creciente, que surge al gesto imperioso del potentísimo y dominador anciano, que sería el Creador. Algo también formidable para ilustrar el acorde haydiniano de su oratorio.


Y la luz se hizo. Miguel Ángel: Boveda de la Capilla Sixtina

Pues bien, la luz tiene un como elemento de contraste, que tomado en sentido absoluto sería la tiniebla... Y viene aquí bien la cita de San Juan en su primera carta: "Dios es luz sin tiniebla alguna". Cuando aparece Dios, la tiniebla se esfuma, se deshace. Así también la representa Miguel Ángel en el mismo espacio de la bóveda sixtinense: la tiniebla, que ha cubierto la superficie de las aguas, huye de espaldas ante la creciente expansividad de la luz recién aparecida (imagen magnífica, en escorzo).

Sin embargo, hay un elemento natural que pudiera asemejarse a la tiniebla, que tiene como algo de tiniebla, que son las nubes. Pero no es tiniebla. Las nubes conviven, 'dialogan', con la luz, aunque pueden ocultarla casi del todo, o por completo en ocasiones. Nubes de infinita variedad y dibujo, nubes espesas como mantas, arremolinadas, o leves, como velos sutiles, desflecadas. Las nubes son un elemento fascinante en el cielo, sobre todo en dos momentos del día, amanecer y atardecer. En ellas se proyecta, se filtra y se desliza la luz y puede llegar a formar auténticos prodigios de belleza que ningún hombre es capaz de crear... Son, por así decir, expresión de la suprema pericia y el insuperable poder creador del Creador de la luz y la belleza.


Nubes en la temprana mañana


Este 'peregrino del silencio' tiene su vivienda en un piso ático de no mucha altura (es sólo un 4º piso), pero sin que enfrente haya construcciones que puedan ocultar el horizonte que se divisa (y disfruta) desde la terraza de la vivienda... Y, ¡qué horizonte!. En un semicírculo de 180 grados puede verse un panorama de valles y montañas con alturas diversas, entre las cuales se atisban las pequeñas masas de los pueblos más o menos cercanos; sobre ellas el cielo abierto y, a un lado, las torres de los edificios monumentales... En este pasmoso escenario se producen a menudo, al amanecer y al crepúsculo vespertino, fenómenos de luz y nubes absolutamente indescriptibles... 


Amanecer

No hay lenguaje adecuado para describir la cambiante sucesión de arreboles que el inicio o la terminación del día va produciendo. Al atardecer es cuando, por la mayor magnitud del paisaje y las montañas que lo llenan, se dan los fenómenos de puesta de sol más asombrosos. Pero hay amaneceres, hasta la salida del astro rey, que nada tienen que envidiar a la luminosidad vespertina, al inundar con sus reflejos las cambiantes nubes, que pueden adquirir, en sucesión expandida por la bóveda celeste, el aspecto de grandes rebaños de corderos que, en lugar de blanca lana, visten de rosicler, de anaranjado o rojiza la veste de los animales. O son nubes desflecadas que tiñen de luz rosada la sutileza de su velo.

Otras veces, en días de nubosidad cerrada, cargada de cúmulos, se produce el prodigio de abrirse el encapotado cielo por algún sitio y deja pasar haces de luz que proyectan sus rayos sobre la tierra. Es algo así como, en pintura, presenta el artista fenómenos de visiones celestiales sobre una imagen en la tierra. Se denomina esto técnicamente "rompimiento de gloria". Pues bien, estos fenómenos de la luz descendente en haces sobre la tierra pueden estimarse como 'divinos rompimientos de gloria'.




En las frías mañanas de otoño e invierno es frecuente que se formen nubes muy sutiles, como de algodón deshilachado, que descienden y se posan a jirones sobre el haz de los valles y dejan por encima las altas montañas. Es una visión bellísima, cautivadora, y más si el sol naciente las baña con luz tornasolada, que puede hasta suscitar versos admirados:

En el amanecer del nuevo día,
con la luz estrenada,
bajan las nubes como mantas cósmicas
y se recuestan  sobre las montañas,
acariciándolas,
como un húmedo chal cubre la hierba,
que surge, estremecida de rocío,
en vibración rendida ante su beso.
Como hadas o sílfides,
sutilmente cubiertas de sus velos,
de casi inmaterial tejido etéreo,
así descienden las flotantes nubes,
en la fresca mañana, 
sobre suelo verdoso de los valles.


Nubes bajas sobre el valle

Al atardecer, reiteramos, es, desde luego, cuando se suceden los fenómenos de luz más fascinantes que puedo contemplar, mientras el sol desciende hasta perderse en la línea del lejano horizonte. A lo largo del año se va desplazando el punto por donde el astro se oculta, y esto influye en la cualidad del fenómeno generado. Y sucede con frecuencia que, pasado un largo rato de la desaparición del sol, aparecen tonalidades de un rojo intenso que va derivando al violáceo cada vez más oscuro, hasta convertirse en un gris uniforme.




A lo lejos, como tendida a lo largo de las faldas de un alto monte, se encuentra una ciudad importante, que en la noche resplandece con la luz de su recinto urbano y la más brillante de la iluminación artística del castillo a cuyos pies se recuesta la urbe. Utilizando un potente teleobjetivo y con la precaución de un trípode, pueden obtenerse fotografías fascinantes de la ciudad al atardecer y comienzo de la noche, tanto con el cielo despejado, en el que todavía lucen los últimos reflejos del crepúsculo, como en ocasiones en que las nubes se ciernen sobre montaña y ciudad, ofreciendo un espectáculo natural de belleza sólo estimable mediante la contemplación del maravilloso fenómeno. Extasiarse en tales ocasiones, cuando la luz y las nubes ofrecen tan inimaginable prodigio, es un momento (a veces breve, dada la cambiante duración de estos fenómenos) en que la palabra 'contemplación' adquiere su auténtico significado. 


Crepúsculo sobre la ciudad iluminada

Y estas experiencias de luz y nubes traen a la memoria del peregrino (que aquí queda sumido en el más asombrado silencio) algunos versos de uno de los salmos más hermosos del salterio, el 103, que canta y alaba la grandiosidad de la creación y de su Autor:

"¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto...
Las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento."

                     
                
Miguel Ángel: Dios creador llevado por ángeles (det.) Bóveda de la C. Sixtina


¡Caramba!. Al fin hemos venido a pasar de lo humanamente perceptible, a su dimensión divina... Y vuelve la memoria a recordar la portentosa obra miguelangelesca de la Capilla Sixtina. No me cabe duda de que el gran artista conoció y tuvo en cuenta en su genial proceso expresivo estos versos del salmista, porque aquella nobilísima figura de Dios creador, está realmente envuelta en el manto de la luz y avanza en su carroza de nubes sobre las alas del viento, figurado en imágenes angélicas.